Alejandra dejó de hablar, de comer, de mirar a los ojos. Su cuerpo se volvió una estatua en una cama del hospital. Sebastián, en cambio, hablaba demasiado, pero nunca sobre lo que realmente le dolía. Dos adolescentes, dos formas de encierro, una misma llave: la familia.
En 2025, los trastornos psicóticos aumentaron en el grupo etario infanto-juvenil en Villa Clara, un fenómeno que los especialistas del hospital pediátrico José Luis Miranda siguen con atención, saben que detrás de cada diagnóstico hay un hogar que aprende a reconfigurarse.
La doctora Addys Pérez Fernández, jefa del servicio de salud mental, explicó a la Agencia Cubana de Noticias que los trastornos psicóticos se han convertido en la segunda causa de ingreso de la entidad.
“Específicamente, psicosis breve, trastornos esquizofreniformes, esquizofrenia infantil o de la adolescencia. No era algo usual hace una década, hoy es bastante frecuente”, precisó.
El servicio registró 364 ingresos en el calendario precedente, de los cuales más del 30% correspondió a estos cuadros.
Alejandra, la quietud que aterraba
Alejandra tenía 15 años de edad cuando su cuerpo decidió desaparecer. Llegó al cuerpo de guardia en estado de estupor catatónico: inmóvil, poco colaborativa, con la mirada fija en un punto que nadie más podía ver. No comía. No hablaba. No respondía.

Su madre, una campesina de Manicaragua, de manos ásperas y ternura infinita, la acompañaba en silencio, sin soltar su mano, aunque esa mano no devolviera el apretón.
“Un estupor catatónico es un estado de gravedad marcado con negativismo importante, negativa a la alimentación, y una desconexión marcada de la realidad”, narró la especialista.
El tratamiento implicó apoyo nutricional, colocación de sonda nasogástrica, hidratación, antipsicóticos.
Pero los medicamentos de primera generación escaseaban por el recrudecimiento del bloqueo de los Estados Unidos a Cuba.
“Gracias al apoyo del gobierno provincial, se pudo ubicar el medicamento de elección y pudimos rescatar esa vida”, afirmó con la emoción que aún le produce el recuerdo.
El equipo multidisciplinario trabajó durante semanas: pediatras, psiquiatras, enfermeros.
La madre de Alejandra, que nunca había oído hablar de la catatonia, aprendió a colocar la sonda, a reconocer síntomas, a tener paciencia.
Y un día, Alejandra volvió a parpadear. Luego, giró la cabeza. Después, susurró algo. “Era una familia bien humilde, pero bien apegada a esta paciente”, celebró Pérez Fernández.
Hoy, Alejandra tiene 16 años. Estudia Bibliotecología en su municipio, asiste a clases, se reúne con amigos. Su progenitora cuenta, entre lágrimas que ya no son de angustia sino de orgullo, que su hija volvió a la vida gracias a un equipo que nunca dejó de creer.
“Continúa una vida como adolescente en conjunto con su familia”, resume la jefa del servicio con la satisfacción de quien sabe que algunos milagros se construyen con ciencia y humanidad.
Sebastián, el nombre que no se atrevía a decir
El adolescente tenía 17 años de edad cuando llegó al servicio con una mochila cargada de síntomas: ansiedad, insomnio, pensamientos recurrentes de muerte.
Nadie entendía la razón. Su familia, trabajadora y unida, no encontraba explicación. Él tampoco se la daba. Pero en las sesiones con los psicólogos, en la confianza que construyen las paredes celestes del servicio, Sebastián empezó a desarmar su propio rompecabezas.
La doctora Aimé Fornier Erizondo, especialista de segundo grado en psiquiatría infantil, recuerda el caso con la delicadeza de quien maneja secretos sagrados.
“Hemos tenido pacientes que han llegado con conducta suicida o trastornos de ansiedad o depresión porque tienen un conflicto en la esfera sexual. No se atreven a confiarse a la familia”, explicó.
Sebastián había vivido años con un nombre que no sentía suyo, con una identidad que le dolía en silencio.
El servicio creó un ambiente de confianza. “Levantamos el medio para ayudarlos desde esta posición. El paciente confía en nosotros. Trabajamos con la familia, decimos: ya por hoy, esto es lo que tiene el adolescente. Lo ventilamos aquí, en un medio protegido”, relató la especialista. Los padres de Sebastián, al principio desconcertados, recibieron orientación.
La Casa de Orientación a la Mujer y la Familia también los apoyó. “La clave para mantener una salud mental adecuada, especialmente en edad pediátrica, siempre es la familia; cuando hay amor, cuando hay comprensión, cuando la base es el bienestar colectivo, siempre se encuentran soluciones”, concluyó.
Sebastián evolucionó satisfactoriamente. Hoy, meses después de su egreso, mantiene seguimiento en su área de salud. Su madre, en una conversación informal con el equipo, confesó: “Ahora entiendo. Antes no sabía cómo ayudarlo. Aquí nos enseñaron a todos”.
El joven, que un día quiso desaparecer, hoy planea su futuro con una claridad que antes le resultaba esquiva.
La doctora Xenia Victoria Reyes Morejón, especialista en psiquiatría infanto-juvenil, amplió sobre la filosofía del equipo que acompañó a Sebastián y a tantos otros.
“A veces nos enfrentamos a casos que nos impactan, que nos llegan muy de cerca por las problemáticas familiares que traslucen, y tenemos que ir más allá de lo puramente asistencial, adentrarnos en lo profundo para tratar de modificar sistemas de creencias y conductas difíciles”, afirmó.
Con 32 años de experiencia, subrayó la satisfacción de recibir el agradecimiento de las familias. “Al final, cuando vemos el resultado conclusivo, dándole al paciente y a la familia la seguridad de un diagnóstico y una orientación adecuada… eso nos impulsa a seguir trabajando”.
El aumento de los trastornos psicóticos en la infancia y la adolescencia deviene tendencia registrada en todo el mundo.
En Villa Clara, el servicio provincial cuenta con un equipo de seis especialistas en psiquiatría infanto-juvenil, un pediatra, cuatro psicólogos, una psicopedagoga, una terapeuta ocupacional y la única Clínica del Adolescente en activo del país que ofrece psicoterapia individual, familiar y grupal con estadías promedio de entre tres a cuatro meses, todo ello como muestra del interés del país en contribuir al desarrollo pleno de los más pequeños.
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