Hay algo en su andar —una mezcla de cansancio, orgullo y desafío— que atrapa las miradas, que despierta murmullos, que invita a preguntarse ¿quién es este ser que lleva el fuego en su nombre y la lucha en su piel?
Juanita —con inscripción foliada en la década de 1960 bajo el nombre de Juan Francisco Delgado Alba, descendiente de un canario de mirada nostálgica y una gitana con la espiritualidad ardiendo en las venas— siempre supo que su alma no cabía en el nombre que le dieron.

--Tu nombre, Juana, suena a incendio, a algo que no se puede ignorar. Pero antes de ser "la Candela", fuiste Juan Francisco; si pudieras viajar en el tiempo y encontrarte con ese niño en las calles polvorientas de la Santa Clara de los años 60, ¿qué le dirías al oído para que no tuviera tanto miedo?
Le diría: "No bajes la cabeza, mi niño”, ese fuego que siente en el pecho no es un pecado, aunque se lo griten en la casa y en la calle; le diría que va a doler, que los moretones van a florecer como rosas oscuras en su cuerpo, pero que al final, ese nombre que le impusieron se va a derretir como cera y solo quedará Juana; le diría que resista, porque su vida va a ser el mapa para que otras no se pierdan.
--Ser la primera suele ser un honor en los libros de historia, pero en la vida real, ser la primera transexual de Villa Clara que se vistió de mujer fue una condena. ¿Cómo se sobrevive a una época de tanta incomprensión?

Se sobrevive con orgullo, que es el escudo de los pobres. En los 70, caminar por Santa Clara vestida de mujer, siendo identificado como hombre, era como ir a la guerra sin fusil, me veían como una enferma, como una delincuente.
Hasta la prisión llegué y la cárcel te quita la libertad de movimiento, pero no la de la piel. Yo salía de los calabozos más Juana que nunca, sobreviví porque tenía la sangre de mi madre gitana; esa espiritualidad que me decía que el mundo estaba equivocado, no yo.
--Has mencionado un episodio estremecedor: el momento en que fuiste arrojada de un puente como queriendo ser desechada por muchos. ¿Qué pensaste en ese segundo de caída, y qué sentiste cuando te diste cuenta de que seguías aquí, haciendo el cuento?
En ese segundo no hay tiempo para pensar, solo hay frío. Cuando me tiraron, pensaron que borraban una mancha. Pero el destino es caprichoso.
Despertar después de eso fue entender que yo no estaba aquí por gusto. Si la caída no me mató, fue porque todavía tenía que ver el día en que pudiera caminar por el Parque Vidal de Santa Clara sin que nadie me tirara una piedra.
Hoy vivo de una chequera de asistencia social, con los huesos resentidos de aquel golpe, pero camino con la frente alta, estoy aquí por obra de todo lo que existe, para ser el testigo de que no pudieron con "la Candela".
--El Mejunje de Silverio ha sido tu refugio, tu trinchera, allí te llaman la "Reina Madre". ¿Qué significa para ti ese lugar donde las paredes parecen abrazar en lugar de juzgar?
Es el único lugar donde nunca tuve que explicar quién era, allí, entre los escombros y la poesía, nació la verdadera libertad de esta ciudad.
Ser la "Reina Madre" no es un título de belleza, es un título de resistencia. Significa que he visto a muchos hijos e hijas llegar con el alma rota y los he visto sanar aquí, es mi casa porque es el lugar donde Cuba empezó a ser, de verdad, para todos.
--En 2022, Cuba aprobó el Código de las Familias. Matrimonio igualitario, derechos, visibilidad... cosas que en los 70 eran ciencia ficción, al ver estos cambios, ¿sientes alivio o una pizca de melancolía por los años en que te tocó sufrir el látigo?
Siento un nudo en la garganta, alegría por las muchachas de ahora que pueden ir de la mano, que pueden operarse, que tienen una ley que las cuida, pero no te miento, a veces miro hacia atrás y me pregunto cuántas amigas se quedaron en el camino, cuántas quedaron en la sombra, solas, sin ver este sol.
Mi lucha fue para que ellas no sufrieran lo que yo, pero mi cuerpo no olvida los golpes, esta es una victoria con cicatrices, al final el amor por fin engendró la maravilla, pero la maravilla costó mucho.
--Juana, dices que no guardas rencor; después de tanta incomprensión, ¿de dónde sacas esa capacidad de perdonar a una sociedad que fue tan cruel contigo?
El rencor es una piedra que no te deja bailar, y yo nací para bailar bajo las estrellas de Santa Clara. ¿Para qué odiar? El odio es de los que tienen el alma chiquita; yo soy grande, soy Juana, la Candela; el perdón es mi última rebelión, Cuba abrió su corazón y yo siempre lo esperé.
--Finalmente, cuando la noche cae sobre Santa Clara y caminas de regreso a casa, con tu andar que mezcla cansancio y desafío... ¿qué le dices a la luna?
Le digo: "Mírame bien, que aquí sigo, soy la que no pudieron apagar". Y le doy gracias a la vida, porque a pesar de los puentes, de las cárceles y de los gritos, sigo siendo fuego.
¡Soy Juana, la Candela, la Reina Madre!
