El Bolo: azucarero de oficio y maestro de vocación (+Fotos)

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ACN - Cuba
Damián Betanzos Hernández | Fotos: Autor
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21 Diciembre 2025

  José Martín Suárez Álvarez, conocido como El Bolo, transformó su pasión por Martí y la historia local en una vida dedicada a rescatar la identidad cultural de Ciego de Ávila. Desde los bateyes azucareros hasta las redes sociales, este investigador de 75 años demuestra que la vocación por enseñar no tiene edad ni fronteras digitales.

   José Martín Suárez Álvarez hoy conserva intacta la pasión que lo llevó de jefe de tacho en el extinto central Venezuela a historiador del patrimonio avileño. El Bolo, como lo conocen en la provincia, es prueba viviente de que la perseverancia convierte los sueños en legado.

   Su apodo nació de una ironía del destino: pesó apenas cuatro libras al nacer, pero la vida lo haría crecer en todos los sentidos. Actualmente, con siete libros publicados y 80 mil seguidores en redes sociales, este licenciado en Estudios Socioculturales —título que obtuvo en 1993 con más de 40 años— continúa siendo maestro de vocación.

   “Me inicié en este mundo cultural en los seminarios de estudios martianos”, recuerda El Bolo, cuya voz aún se entusiasma al evocar aquellos encuentros nacionales donde compartió con prominentes figuras como Armando Hart, Carlos Rafael Rodríguez y Sara Pascual, profesora emérita de la Universidad de La Habana y amiga de Julio Antonio Mella.

   Cuatro de sus trabajos fueron recomendados a publicación en esos seminarios. Fue el primer joven avileño en recibir la placa dorada que otorgaban el Seminario Nacional y la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), y fundador de estos estudios en Ciego de Ávila.

Del batey a la investigación

   La vida en el central Venezuela no solo le dio empleo como tecnólogo azucarero, también le entregó una perspectiva única. “La vida del central también lo marca a uno”, reconoce. Esa experiencia alimenta hoy sus investigaciones sobre la cultura que aportó el azúcar a la identidad cubana.

   Entre sus siete libros, El Che y los que abrieron la senda, sobre la presencia de Ernesto Guevara de la Serna en la provincia, obtuvo el premio del Centro Pablo de la Torriente Brau y forma parte de la colección Puertas de Papel del Instituto Cubano del Libro. “Es el que más admiro y respeto por todo lo que significó”, confiesa.

   Desde el Centro Provincial de Patrimonio, donde ejerce como historiador, El Bolo mantiene activa la página digital En la Memoria Avileña. 

   En ese espacio comparte investigaciones sobre el deterioro del patrimonio arquitectónico, como el antiguo palacio del administrador del central Stewart (luego nombrado Venezuela), construido por la empresa norteamericana Purddy & Hederson con materiales importados desde Italia.

   “Juan Almeida Bosque, que trabajó en el central en los años 40 del siglo anterior, nos insistió mucho: cuiden esta casa. Hoy está destruida, lamentablemente”, y comenta sobre ese edificio que tuvo jardines de más de una caballería con 30 especies de flora de diferentes países.

Maestro en la era digital

   Lejos de quedarse en el pasado, El Bolo abrazó las nuevas tecnologías con entusiasmo. Sus reels en redes sociales alcanzan entre 40 mil y 80 mil seguidores. 

   “Utilizo esa vía porque la experiencia me ha enseñado que es lo más significativo. La gente no lee mucho los grandes textos por razones de tiempo”, explica con pragmatismo.

   En la Memoria Avileña publica a diario contenidos para las nuevas generaciones que no vivieron ciertas épocas y para quienes las vivieron y “me lo agradecen”.

   “Nuestra historia, nuestra cultura no es ficción ni una ilustración prestada”, sentencia. “Hay que profundizar en aquello que nos enseña quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos”.

   El Bolo ha recibido numerosas condecoraciones, entre ellas la de la Cultura Cubana, otorgada en el sitio histórico Lázaro López por el viceministro de Cultura, y la medalla de la Unión de Periodistas de Cuba. 

   Sus premios nacionales en eventos sobre el Che Guevara y Fidel Castro se acumulan en un fondo que está creando en el Archivo Histórico Provincial.

   “Lo que me entusiasmó fue la posibilidad de educar y formar valores”, reflexiona este maestro de vocación que nunca dejó de serlo, que cambió el batey por el archivo y el aula tradicional por las redes sociales, pero que mantiene intacta su misión: enseñar a las nuevas generaciones el valor de conocer sus raíces.

   En tiempos de inmediatez digital, El Bolo demuestra que la vocación pedagógica se adapta sin perder esencia, que la perseverancia vence cualquier obstáculo y que nunca es tarde para graduarse, publicar o aprender a usar un teléfono inteligente. 

   A sus siete décadas y media de vida, sigue siendo el joven azucarero que participaba antaño en los seminarios martianos, convencido de que la verdad histórica siempre merece ser defendida y difundida.


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