El 16 de abril de 1961 fue para Cuba un día de profunda conmoción. Duelo y coraje se mezclaban en la expresión de cada rostro. El peligro de una invasión se cernía como amenaza cierta tras el intento por parte del enemigo, con el bombardeo simultáneo a tres aeropuertos la jornada anterior de destruir en tierra las pocas aeronaves de combate de que el país disponía.
En medio de estas circunstancias, una multitud se había concentrado en las cercanías del Cementerio de Colón para rendir tributo a los caídos en el ataque a Ciudad Libertad. Entre los congregados circulaba la noticia estremecedora: En acto supremo de compromiso patriótico el miliciano Eduardo García Delgado había dejado escrito con su sangre el nombre de Fidel antes de morir abatido por la metralla.
Pero, sin dudas, el significado de mayor trascendencia de esa jornada definitoria fue la declaración realizada por Fidel, seguida de gritos de victoria y compromiso patriótico, de que la Revolución asumía el Socialismo como soporte de su existencia y desarrollo.
Miles de milicianos que con sus fusiles en alto refrendaban ante el líder indiscutible del proceso transformador que había hecho de Cuba el primer territorio libre de la hegemonía ejercida por Estados Unidos en América, partían al combate con plena conciencia de que iban a defender la Revolución Socialista.
La manifestación de compromiso popular encabezada por quienes vestían la mezclilla azul y el pantalón verde olivo marcó así aquel 16 de abril un hito en el torbellino de estremecedoras transformaciones de la realidad nacional. Desde ese momento, como un tácito acuerdo de honor, la fecha fue declarada como Día del Miliciano.
El discurso pronunciado por Fidel, además de representar un sentido homenaje a los caídos la víspera, significaron el punto de partida para la existencia del primer país en el hemisferio occidental que sustentaba la doctrina liberadora y profundamente humana del marxismo-leninismo como guía de la existencia social.
Al concluir, el líder de la Revolución con su excelsa claridad política dejaba sentada en una breve frase la posición de Cuba para todos los tiempos:
"Compañeros obreros y campesinos, esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes, y por esta Revolución estamos dispuestos a dar la vida”.
Apenas 24 horas después, cuando aún resonaba el eco de esas palabras premonitorias en la intersección de las calles capitalinas 23 y 12, la brigada mercenaria que Washington había prohijado, armado y financiado irrumpía en las arenas de Playa Girón con su carga de odio y muerte.
La victoria aplastante del agresor en menos de 72 horas representó la primera gran derrota militar del Imperialismo en América y dejó claro ante el mundo que la invencibilidad de la Revolución es una realidad con la que se estrellará siempre quien intente apoderarse de Cuba por la fuerza.
A 65 años de la hazaña, el pueblo cubano continúa firme y resuelto, en la convicción de que ninguna amenaza podrá hacer mella en el filo acerrado de esa resolución de lucha que ha sido bandera y orgullo de una sociedad de estabilidad y soberanía, que se ha construido en medio de la agresión y el cerco económico más largo de la historia.
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