De Camilito a maestro

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ACN - Cuba
Henry Omar Pérez | Foto del autor
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23 Septiembre 2026

   Hay instituciones docentes donde la historia no se mide por la frialdad de los calendarios, sino por la lealtad con que cada generación custodia la memoria de la anterior.

   En los predios de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, fundada al calor de las ideas del Comandante en Jefe Fidel Castro y del General de Ejército Raúl Castro, para forjar el alma y la disciplina de la juventud cubana, el verdadero triunfo formativo radica en la continuidad de sus esencias

   A propósito de celebrarse un nuevo aniversario de la fundación de estos emblemáticos planteles de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), el mayor homenaje no habita en las consignas de ocasión, sino en el rostro de quienes encarnan el relevo pedagógico y militar.

   Entre sus pasillos labora hoy un docente cuya historia personal resume la grandeza del proyecto: un joven que años atrás vistió con orgullo el uniforme verde olivo como estudiante ("Camilito"), sintió el desgarro de la distancia familiar y aprendió el valor sagrado del deber, y que hoy regresa al mismo escenario, ya no para recibir lecciones, sino para moldear con paciencia y rigor a las nuevas hornadas.

   En este diálogo profundo, testimonial e íntimo, el profesor Juan Grabiel Izquierdo González, reflexiona sobre el peso de la responsabilidad, los códigos de la juventud contemporánea y ese sello moral e imperecedero que distingue para siempre a quienes se forman bajo la égida y la sonrisa del Señor de la Vanguardia.

   --¿Qué sentiste al pararte por primera vez frente al aula, no ya con el pupitre del estudiante, sino con la responsabilidad de educar en la misma escuela que te formó?

   Sentí una mezcla de vértigo y gratitud que aún no sé describir del todo. 

   Ese primer día, cuando cerré la puerta del aula y me volteé hacia los muchachos, por un segundo me vi a mí mismo sentado en uno de esos asientos, con el uniforme recién planchado y el corazón dividido entre el miedo y las ganas de pertenecer.

    Pero el espejo se rompió rápido: ya no era yo el que esperaba ser formado, sino el que tenía la responsabilidad de formar.

   Es una sensación extraña, casi sagrada: caminar por los mismos pasillos que te vieron crecer, pero ahora con la autoridad que antes admirabas en tus profesores. 

   Sentí que la escuela me estaba dando una segunda oportunidad, no para aprender, sino para devolver lo que me dio. Y eso pesa, pero también impulsa.

   —¿Cómo te ayuda haber sido "Camilito" a entender las dudas, los miedos y las rebeldías de los alumnos que hoy tienes frente a ti?

   Me ayuda muchísimo, porque yo fui ese alumno. Sé lo que se siente cuando el toque de diana te arranca de la cama y el cuerpo todavía no responde; sé lo que es extrañar la casa.

   Esa memoria viva me permite mirar a mis alumnos no como soldados en formación, sino como adolescentes que están aprendiendo a ser hombres y mujeres de bien.

   Cuando veo a uno con la mirada perdida o con esa rebeldía que parece desafío, no me apresuro a corregir: primero escucho, porque yo también tuve esas dudas. 

   La diferencia es que ahora sé que detrás de cada rebeldía hay una pregunta sin responder, y detrás de cada miedo, un valor esperando ser descubierto.

   Ser exalumno me da la llave para entrar en su mundo sin invadirlo.

   —Los jóvenes de hoy crecen con códigos y tecnologías muy diferentes a los de tu época de estudiante. ¿Cómo logras transmitir la misma disciplina y valores sin perder la cercanía con ellos?

   Ese es el reto más grande, y no voy a mentir: a veces se falla. Pero he aprendido que la disciplina no está reñida con la cercanía; lo que está reñido es el autoritarismo con la confianza.

   Yo no intento borrar la tecnología de sus vidas ni fingir que soy un joven más. Lo que hago es tender puentes: les hablo en su lenguaje cuando puedo, me intereso por lo que les llama la atención. 

   Y desde ahí, sin imponer, les voy mostrando que los valores que defendemos aquí —el honor, la responsabilidad, el compañerismo— no son reliquias de otro siglo, sino herramientas que les sirven para la vida real, incluso para moverse en ese mundo digital que tanto les importa. La disciplina no se impone desde el grito; se contagia desde el ejemplo. 

   Si ellos ven que un profesor llega temprano, cumple lo que promete y los respeta, empiezan a entender que la verdadera autoridad no necesita alzar la voz.

   —¿Qué valores indispensables que te inculcaron tus antiguos profesores te empeñas en sembrar hoy en esta nueva hornada de estudiantes?

   Hay tres que no negocio jamás. Primero, la honestidad: mis profesores me enseñaron que un militar sin palabra no es nada, y que la mentira, por pequeña que sea, corroe la confianza.

   Segundo, el sentido del deber: no hacer las cosas solo por lo que nos corresponde, sino porque uno entiende que su esfuerzo sostiene a los demás; que si uno falla, falla el colectivo.

   Y tercero, el amor a la Patria, no como consigna vacía, sino como compromiso concreto con los que vendrán. Mis profesores no daban discursos: te miraban a los ojos y te hacían sentir que valías, que podías, que el país contaba contigo. Eso es lo que intento sembrar cada día, a veces con una palabra, a veces con una exigencia firme, a veces simplemente estando presente cuando más me necesitan.

   —Si tuvieras que definir el "sello" o la identidad inconfundible que distingue a un graduado de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, ¿cuál sería?

   El sello es la entereza serena. 

   No sé cómo explicarlo mejor: un graduado de esta escuela no es el que más grita ni el que más presume, sino el que en medio del caos mantiene la calma, el que no se dobla ante la adversidad, el que cumple su deber sin esperar aplausos.

   Es alguien que aprendió a mandar obedeciendo, a exigir dando el ejemplo, a querer a su Patria con hechos y no con palabras. 

   Y hay algo más: dondequiera que vaya, un egresado lleva el uniforme por dentro. 

   No necesita que le digan que se formó aquí; se le nota en la forma de pararse, de hablar, de asumir responsabilidades. 

   Es un hombre o una mujer que sabe que el honor no es un adorno, sino una forma de vivir. 

   Ese es el sello: ser firmes como la ceiba y humildes como el soldado que nunca olvida de dónde viene.

   Al sonar el toque de silencio y apagarse las luces de los dormitorios, la escuela descansa bajo la serenidad de la noche cubana.

   En las aulas vacías queda la certeza de que la obra revolucionaria es indestructible mientras existan educadores capaces de consagrar su vida a templar el acero moral de las nuevas generaciones. 

   En el aniversario de los «Camilitos», la marcha no se detiene: continúa firme en cada joven que aprende a llevar a Camilo Cienfuegos y a la Patria como un juramento cosido al corazón.


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