Antes de que los remedianos fundaran Santa Clara en 1689, antes de que el Che Guevara librara su batalla decisiva, estas tierras ya tenían nombre y dueño: Cubanacán, cuya leyenda aún late en los ríos, cerros y calles de la urbe.
El más poderoso cacicazgo del centro de la isla dominaba un vasto territorio que hoy ocupan Villa Clara, Matanzas, Cienfuegos y Sancti Spíritus, con su centro justo donde hoy se levanta la ciudad.
Las primeras referencias a Cubanacán aparecen en el “Diario de a bordo de Cristóbal Colón”; el 30 de octubre de 1492, cuando los aborígenes hablaron al almirante de una tierra que se encontraba a cuatro jornadas más allá del Río de Mares.
Colón creyó erróneamente que aquel lugar era la capital del Gran Can, una confusión que el Padre Bartolomé de las Casas aclararía después: Cubanacán significaba en lengua taína “tierra o provincia que está en medio o cuasi en medio de toda la isla de Cuba”.
El historiador Judiel Reyes Aguilar declaró a la Agencia Cubana de Noticias que el cacicazgo era de los más ricos en maderas preciosas, con ríos navegables que comunicaban las aldeas.
“Cuando los rumores sobre la llegada de los europeos llegaron a oídos de Cubanacán —cuya leyenda cuenta que era un hombre de cuerpo inmenso y poderoso—, este se dispuso a la resistencia”; la tradición oral ha conservado su nombre como el de un líder que defendió lo suyo con fiereza.
El intelectual villaclareño Manuel Garófalo Mesa, en su libro “Leyendas y tradiciones santaclareñas”, recogió el relato transmitido por generaciones: el cacique Cubanacán y su esposa Caonabá protagonizaron un romance con final trágico a consecuencia del arribo de los conquistadores.
“Los bohíos ardieron en medio del sol de la mañana; los aborígenes siguieron el liderazgo de Cubanacán y cayeron en medio de la batalla defendiendo lo suyo”, relata el texto.
Según Reyes Aguilar, la leyenda sitúa sus tumbas en Cerro Calvo y Peña Blanca, montañas cercanas a la urbe a las que se le atribuyen apariciones y sucesos sobrenaturales. Desde entonces, una figura subía periódicamente hasta dichos aposentos y dejaba una ofrenda, luego bajaba y se perdía en las calles.
Como decía Garófalo, las leyendas son una forma de conocer la memoria de los mayores y de rememorar cómo se pensaba hace siglos.
El río Cubanicay, que atraviesa Santa Clara, debe su nombre a aquel asentamiento indígena.
En un primer momento se llamó río del Monte, pero según contaba el patriota independentista Manuel Dionisio González Yanes, “de poco para acá, uno de nuestros poetas le ha dado el nombre de Cubanicay, derivativo de Cubanacán, en memoria de esta población indígena”.
Una poza en sus aguas, conocida como el Caney, era según el imaginario popular la residencia del Güije, otro personaje mitológico que habitaba el territorio.
El impacto de la cultura aborigen en la identidad santaclareña fue tan profundo que en 1872, en plena Guerra de los Diez Años, el patriota Eduardo Machado propuso a la Cámara de Representantes cambiar el apelativo de Santa Clara por el de Cubanacán, una vez triunfara la revolución.
Sugirió también renombrar la Plaza del Carmen como Plaza de Ornofai, la Plaza del Buenviaje como Plaza de Siboney y la Plaza de la Pastora como Plaza de Hatuey, ajustándose a la toponimia autóctona de la región.
Hallazgos arqueológicos han validado la presencia aborigen en los dominios que hoy ocupa la localidad santaclareña.
En la década de 1950, el profesor José Álvarez Conde encontró piezas aborígenes en el antiguo Colegio Teresiano; mientras que, en los años 80 y 90 del siglo XX, miembros de la Sociedad Espeleológica de Cuba y del Grupo Arqueológico Arimao descubrieron 15 sitios en la cuenca del río Ochoa, el mayor reportado hasta hoy en el municipio.
Más recientemente, en 2013, investigadores hallaron una punta de proyectil en sílex y fragmentos de cerámica en las márgenes del Cubanicay, aseguró Reyes Aguilar.
“Desentrañar este misterio requiere de investigaciones arqueológicas más profundas en el área”, advierte el joven historiador.
Mientras tanto, el nombre de Cubanacán sobrevive en las leyendas que los abuelos cuentan a sus nietos, en la literatura local que lo evoca y en el río que atraviesa la ciudad, testigo silencioso de un pasado que no termina de desaparecer del todo.
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