Aún parecen escucharse los ecos de bomba y metralla que ensombrecieron el amanecer del 15 de abril de 1961, cuando la apacible serenidad del cielo cubano al romper el alba se quebró de súbito por aves de acero y muerte, que irrumpieron desde el norte en preludio de la acción militar con la cual se pretendía destruir la Revolución.
Tres aeropuertos cubanos eran atacados simultáneamente.
Cuando se produce esta agresión solo han transcurrido seis meses desde el momento en que el ministro Raúl Roa había denunciado en Naciones Unidas la trama que se urdía contra la nación antillana.
Con su claridad política, el “Canciller de la Dignidad” sacó a la luz en ese momento cómo se entrenaban fuerzas militares para invadir a Cuba:
"Desde fines de agosto y principios de septiembre se han venido concentrando tropas y barcazas del ejército de Guatemala en la costa Atlántica del país, (…) y están recibiendo entrenamiento especial numerosos exiliados y aventureros, bajo el mando de militares norteamericanos", expresaba Roa.
Este peligro anticipado por el titular de Relaciones Exteriores cubano se confirmaría muy pronto: Como preludio de la invasión, el bombardeo a los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba pretendía no solo sembrar confusión y miedo, sino también destruir los pocos aviones de que disponía entonces la naciente Fuerza Aérea Cubana (FAC) y con ello eliminar así los posibles riesgos de ataques desde el aire a la tropa invasora.
El periodista Pedro Ruiseco López-Trigo detalla particularidades poco conocidas de las acciones aéreas enemigas en artículo publicado por el periódico Granma a propósito del aniversario 63 del bombardeo:

"El 15 de abril ocho bombarderos B-26 alzaban vuelo desde Puerto Cabezas en Nicaragua y al aproximarse a Cuba tomaron tres rumbos diferentes (…) "Los aviones iban camuflados con las insignias de la fuerza aérea antillana. Un noveno bombardero B-26 voló directamente de Nicaragua a Miami para dar la versión pública de una supuesta deserción y rebeldía de los pilotos de la FAC.
“De aquellos B-26, solo cinco pudieron regresar a Nicaragua. Uno fue derribado por las fuerzas revolucionarias; otro fue impactado por la artillería rebelde y se vio obligado a aterrizar en Cayo Hueso, mientras un tercero, también baleado, tuvo que aterrizar de emergencia en la isla Gran Caimán", concluye.
Tiempo después del ataque a los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba y de la invasión consumada en las arenas de Playa Girón, la revista Life, en un reconocimiento explícito a la eficacia y el valor de los pilotos cubanos, detallaba en un reportaje bajo el título En la Bahía de Cochinos, Histórica Derrota:
"Del 75 al 80% de la aviación de Castro había sido destruida (el 15 de abril). (...) Las fuerzas cubanas todavía contaba con tres reactores T-33, dos Sea Fury y dos bombarderos B-26. Estos pocos aviones fueron de una importancia decisiva. Los ataques aéreos que con ellos realizó Castro posteriormente destruyeron dos de los transportes de tropas invasoras con los cuales se hundieron provisiones esenciales, incluso municiones".
En el sepelio de las víctimas del bombardeo a Ciudad Libertad, el Comandante en Jefe Fidel Castro proclama el carácter socialista de la Revolución y convoca a los miles de milicianos y el pueblo reunido en la esquina de 12 y 23 del Vedado capitalino a enfrentar y derrotar las tropas mercenarias bajo ese estandarte de justicia social enarbolado junto a la tumba de los caídos.
El coraje del joven miliciano Eduardo García Delgado, abatido en Ciudad Libertad, y quien antes de morir escribió con su sangre el nombre de Fidel, acompañó la bravura con que las huestes cubanas aplastaron la invasión en menos de setenta y dos horas y legó un ejemplo de fortaleza indestructible para enfrentar las amenazas del presente.
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