Enseguida que el avión descansó sus alas en Cabinda, una de las 18 provincias de Angola, la vista se llenó de verde. Era como si se quisiera devorar los paisajes que por las artes del clima resultaban una perfecta réplica de los que abundan en Cuba.
Si en Luanda el verde era una casualidad, allí se podía disfrutar en todos los tonos y hasta la más insulsa hierba se tornaba una bella obra de la naturaleza.
Para muchos cubanos internacionalistas, Cabinda supuso la segunda Habana, y en correspondencia con la añoranza por la lejana patria, en la Brigada de Tanques 10 (BT-10) que allí se encontraba, había una pista de baile denominada Cabinda bajo las estrellas o una modesta imitación de la Bodeguita del Medio.
Los siete mil 200 kilómetros cuadrados de este importante sitio están marcados por gran cantidad de ríos y afluentes, entre ellos, el caudaloso Chiloango, el cual divide el territorio en dos regiones; al norte la cordillera de Mayombe, reconocida por sus altas cumbres y espesa vegetación, y al sur la llanura, serpenteada de áreas cenagosas.
La provincia es privilegiada por la fertilidad de sus suelos. A menudo llueve y los cultivos agradecen esa bondad; todo lo que se siembra, se da. Pueden encontrarse enormes plátanos, frutabombas y jugosas y grandes piñas.
Pero sin dudas, uno de los mayores atractivos de este pedazo de terruño angolano son las noches. Es como si por todas partes aparecieran mechones capaces de convertir la oscuridad en día. Son los reflejos de las torres petroleras que circundan Cabinda y la hacen una de las regiones más ricas del país.
Cabinda fue un regalo para los cansados ojos de tanto ocre. Hasta los quimbos resultaban más limpios. Llueve mucho y por donde quiera corre un pequeño riachuelo o zanja y los naturales de allí la pueden dedicar al baño.
Entre la bondad de los hombres de la brigada nos sentimos a gusto. La llegada de los reporteros los entusiasmó e hicieron todo lo posible porque estuviéramos complacidos, sobre todo, a la hora de comer, cuando nos presentaban las exquisitas malangas, pasadas por aceite y ajo, y que tanto placer daban al paladar.
A la par de mantener la disposición combativa, algunos soldados sembraban la tierra y se obtenían plátanos de casi dos cuartas de largo, enormes malangas, melones gigantes… es como si la tierra en agradecimiento por el primer laboreo, pariera doble o triple.
Por su parte, los combatientes empezaron a indagar de dónde éramos, por si conocían a algún amigo o familiar. Así ocurría con todo el que llegaba. Y ya por ahí venían las asociaciones: “¿Tú conoces a fulanito, ese estudió conmigo?”. De manera que al final, siempre terminaban recordando a algún conocido o por lo menos alguien que vivía en ese lugar.
Resultaba curioso cómo se reducía la distancia entre lugares conocidos en la lejana Cuba. Así, eran del “mismo barrio” los residentes en Boyeros y Habana del Este, los que vivían en Morón y Ciego de Ávila, los de Pinar del Río y la Palma, o Songo y Santiago. En fin, todos eran uno.
Existía en Cabinda una pequeña industria de producción de muebles para las unidades. Realizaban hasta “decoraciones” por encargo. Así, la caseta del correo quedó convertida en una agradable instalación. Dormitorios, comedores… por doquier el trabajo de los artesanos con una planta que crecía en el lugar, con lo que se lograba mejorar las condiciones de vida.
Allí recibimos nuestra primera missanga, especie de collar de semillitas al que se le atribuían poderes esotéricos, amuleto que nos acompañaría durante la estancia en Angola. Aquellos hombres empleaban su tiempo libre en la confección de artículos de artesanía: pulsos de todo tipo, tejidos con cablecitos eléctricos a colores que formaban banderas cubanas y angolanas o cualquier detalle que uno le pidiera.
En unos constituyó una manera más de esquivar la nostalgia, y en otros, el descubrimiento de sus dotes de artista. De seguro, aún deben estar guardados, entre tantos recuerdos que marcaron sus vidas.
© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial
