El sol invernal de las cuatro de la tarde ya casi no calienta; es una moneda pálida que se hunde en el horizonte, tiñendo de añil y gris el cielo sobre Santa Clara. Un frío cortante, el de las tardes de enero, se instala en los huesos de quienes permanecen.
Ahora el majestuoso desfile, columna vertebral del homenaje a los 32 cubanos caídos en Venezuela, ha concluido. Sus ecos de pasos firmes y consignas vibrantes se transforman en silencio sobrecogedor.

Todavía permanece, en esa posición en que fue colocado con precisión milimétrica, el altar homenaje ahora custodiado por la guardia de honor.
Las máximas autoridades del Partido y el Gobierno en el territorio —Susely Morfa González y Milaxy Yanet Sánchez Armas, respectivamente— permanecen inmóviles, rigurosas en su postura, como velando el sueño de aquellos 32 hombres. Sus rostros, iluminados por la luz tenue del ocaso, no muestran solo el peso del protocolo, sino también la gravedad de una pérdida colectiva. Es la imagen del Estado que llora a sus hijos.

En este marco de solemne recogimiento, el equipo de prensa joven de Villa Clara ejecuta la parte más delicada del final de su cobertura. Yunier Sifonte Díaz, de Telecubanacán, repasa quizás el último pase en vivo para la señal nacional con la voz grave, casi un susurro, adaptando su tono a la sacralidad del momento.
Desde la radio provincial CMHW, las voces de Mailé Hernández Grave de Peralta y Lisdey Rega López asumieron el desafío sonoro mayor: describir lo que casi no tiene sonido. Sus reportes detallan el suspiro multitudinario que se escapa, el leve rumor del viento invernal entre las banderas.

Al frente del equipo de la Editora Vanguardia, desde la mañana, Mónica Sardiña Molina ha estado coordinando el trabajo con la serenidad de una profesora que sabe que sus pupilos pueden escribir en tiempo real. En alguna calle cercana, Amalia Ramírez Rodríguez anotaba cada declaración significativa del pueblo reunido. Yaisa Beatriz Coronado Gutiérrez apunta lo que escucha, lo que observa. Para Yaisa, a veces, ante lo monumental de lo humano, las palabras se retraen; su silencio profesional, su incapacidad de comentar sobre la barbarie, son en sí mismos una declaración elocuente del peso del momento.
En un intervalo, entre el gentío y la apelación constante a la muerte, puede descubrirse a Lety Mary Álvarez Águila, aún en la flor de la juventud. Su agenda y grabadora están llenas, pero su mirada sigue puesta en la escena, procesando lo humano para transformarlo en palabra perdurable.

—Periodista, ¿cuál es el mayor desafío en este tipo de coberturas sobre la conmoción y el dolor sobrecogedores de una nación entera?
El desafío no ha cambiado, solo se profundiza, responde. Es tratar de no romperse en esa delgada línea que separa la sensibilidad humana y el cumplimiento de nuestro deber. Podemos y debemos comunicar desde la empatía y el dolor, pero con la ética que exige una temática tan desgarradora. Aquí, un error duele el doble.
—¿Y cómo traducir esto a una crónica que llegue a la fibra del villaclareño?
Informando desde la realidad misma. Desde esta herida abierta que, aún sangrando, ya empieza a mostrar el tejido de la admiración y la gloria. Estamos registrando una página triste, sí, pero también un episodio más de heroicidad que la historia sumará a la biografía de la isla. Nuestra tarea es contarlo con esa dualidad: el peso de la pérdida y el relieve de la entrega.

—En el año del centenario de Fidel, ¿qué significa cubrir esto?
Es nuestra encomienda más directa con su legado, afirma con convicción. Fidel fue periodista. Él sabía el poder de la palabra. Hoy, en un contexto internacional tan brutal, ser consecuentes con su legado es revisitar su pensamiento, su visión del futuro y de la dignidad. Él nos enseñó a mirar estos hechos no como una derrota, sino como un sacrificio que enaltece la causa. Nuestra prensa tiene el deber de transmitir eso: el porqué trascendente del dolor.
—Por último, ¿cuál es su pensamiento más íntimo para los familiares y amigos cubanos que hoy lloran a sus muertos del 3 de enero a manos de militares estadounidenses?
Un largo silencio precede su respuesta, cargado de emoción contenida. Un abrazo, dice. Un abrazo desde el alma. Y la certeza de que un pueblo entero se duele con ellos y se enorgullece con ellos. Que esos hombres, a leguas de distancia, fueron titanes. Y que no hay nada que intimide más a la muerte que una vida entregada así, de manera tan prolífica y consagrada.
La ceremonia llega a su fin en Santa Clara. Las últimas flores son retiradas. Las autoridades, una a una, se alejan con inclinación de cabeza frente a la memoria de los 32 caídos. El pueblo, lentamente, comienza a dispersarse, llevándose consigo el frío de la tarde y el calor de una convicción reforzada.
Los periodistas jóvenes de Villa Clara apagan cámaras, desconectan micrófonos, cierran agendas. Su cobertura ha terminado. Fueron testigos y narradores del dolor, de la dignidad colectiva y del adiós solemne. Mariley, Yunier, Mailé, Lisdey, Mónica, Amalia, Yaisa, Lety Mary y tantos otros no solo informaron, también ejercieron con profesionalismo y corazón, el oficio de darle forma y permanencia al sentimiento de un país.
Pasadas las cuatro de la tarde, la bitácora de esta jornada se cierra, pero la historia que ayudaron a escribir —la de un pueblo que llora con orgullo a sus héroes— está, desde ya, abierta para siempre. La noche se anuncia sobre Villa Clara. La noticia del día ha pasado; pero la memoria, trabajada por estas jóvenes plumas, acaba de confirmar la convicción de continuidad necesaria.
