Historias de postemporada: Cuando el azúcar se volvió fuego

Compartir

ACN - Cuba
Boris Luis Cabrera | Fotos: Ángel Luis Batista
665
22 Enero 2026

La Habana, 22 ene (ACN) Los Leopardos de Villa Clara aprendieron a caminar otra vez sobre brasas. Lo hicieron en silencio, sin fanfarrias, con la humildad de los que llegan último a la mesa de la postemporada del béisbol cubano y aun así se atreven a pedir pan.

Nueve victorias consecutivas fueron su contraseña secreta para colarse en los cuartos de final de la 64.ª Serie Nacional, arrebatándole el último pasaje a los Vegueros de Pinar del Río cuando ya parecía no haber trenes en la estación.

Muchos no creyeron en ellos. Dijeron que vencieron a equipos sin alma, que las cifras eran espejismos, que la racha tenía más de calendario que de coraje. Incluso cuando derrotaron dos veces a los Leñadores de Las Tunas en esa recta final, se habló de ensayos, de rotaciones, de campeones jugando a medio gas. Pero la historia no suele respetar las excusas: solo recuerda a los que se atreven, y Villa Clara se atrevió.

El sorteo del destino fue cruel y poético a la vez: los vigentes monarcas como rivales, el Julio Antonio Mella como escenario, una serie al mejor de siete para medir la fe contra la jerarquía. El primer golpe naranja sacudió la isla; el segundo, este, ya huele a leyenda. Porque lo de hoy no fue un partido, fue una escena de cine.

Cuando Yassel Izaguirre disparó el jonrón con un hombre en base y puso el 4-1 para Las Tunas, el estadio estalló como un volcán satisfecho. La remontada parecía una fantasía reservada para románticos. En la grada, las banderas verdirrojas se agitaban con la seguridad de quien ya saborea la venganza.

Entonces apareció Alberto Pablo Civil, uno de los cerradores más temidos del país, con la pelota en la mano y la certeza en el rostro. Todo estaba listo para el final feliz de los campeones. Pero el béisbol, como la vida, tiene la costumbre de traicionar los guiones.

Cristian Moré conectó un sencillo y empujó la segunda carrera naranja. Fue un murmullo apenas, una grieta en el muro. Civil permitió otro hit, regaló una base, y de pronto las almohadillas se llenaron de dudas. La multitud, que minutos antes cantaba victoria, empezó a masticar silencio, y entonces, como en las viejas epopeyas, surgió el héroe improbable.

Leonardo Montero respiró hondo, miró al cielo invisible de la tarde tunera y conectó un doblete a terreno de nadie. La pelota cayó como una revelación. Tres corredores cruzaron el plato, tres gritos se clavaron en la historia. Villa Clara pasó de la resignación al delirio en un parpadeo.

Ya no hubo forma de detenerlos. Raider Alfonso cerró la puerta desde el montículo con la serenidad de quien sabe que está defendiendo algo más que un resultado. Y Yoasnier Pérez, con una atrapada de oro en los jardines, firmó el último plano de la película: cuerpo suspendido en el aire, guante extendido, tiempo detenido.

Así ganaron los Leopardos, así están ganando los Azucareros. Contra la lógica, contra los pronósticos, contra la comodidad de los poderosos. No llegaron a los playoffs para participar, llegaron para incendiar la memoria del torneo.

Y ahora, mientras el azúcar se vuelve fuego y el rugido naranja recorre la isla, Villa Clara ya no pide permiso: escribe su hazaña con tinta de coraje y deja claro que, en esta Serie Nacional, los sueños también se cumplen.