¡A mí me gusta, compay!
Eduardo Sosa nunca dejaba de sonreír. Fueron pasando los años y aquel joven risueño de tamaña voz, de sincera pasión por la trova y por su terruño, se fue convirtiendo en el gran trovador que siempre estaba dispuesto a salir, guitarra en ristre, destaca hoy el periódico Juventud Rebelde.
Autor: Redacción ACN | Foto: Tomada de juventudrebelde.cu
