Hombre en todo el sentido de la palabra, en su corta vida Ñico López dio sobradas pruebas de valor y participó en relevantes acontecimientos de la historia Patria. Y, por si fuera poco, propició el encuentro de Fidel Castro con Ernesto Che Guevara.
Ese fue Antonio Ñico López Fernández (1932-1956). Leal a Fidel siempre y activo en las luchas de la Universidad sin compartir sus aulas, asaltante el 26 de julio de 1953 del cuartel de Bayamo, integrante del M-26-7, y expedicionario del yate Granma.
El también revolucionario, martiano y al frente de varias instituciones cubanas tras el triunfo de 1959, Armando Hart Dávalos, lo describió como una figura muy esbelta, porque era extremadamente alto y delgado, de ojos claros, sonrisa abierta, mano extendida y de un fuego interior que lo convertía en un formidable agitador político y social.
En un artículo reflejó no solo su prestancia personal, sino también otros datos de enorme valor:
"Aquella inteligencia clarísima de Ñico, de profunda cubanía, y en la que se habían enraizado ya convicciones socialistas, veía en el encuentro entre Fidel y el Che un elemento esencial para el éxito de nuestros proyectos revolucionarios".
De cómo a los 15 años se hizo revolucionario
Antonio López Fernández, más conocido por Ñico López, nació en La Lisa, Marianao, el 2 de octubre de 1932, y falleció con solo 24 años el 8 de diciembre de 1956, asesinado en Boca del Río Toro, Pilón, Oriente (hoy provincia de Granma), por sicarios de la dictadura batistiana, luego del desembarco del Granma.
De pequeño fue un niño inquieto y generoso. A los 10 años tuvo que dejar la escuela y solo cursó hasta tercer grado para colaborar con el sostenimiento del hogar.
Es así como realiza múltiples trabajos: venta de billetes de lotería, limpieza de pisos, ayudante de albañilería y después laboró con el padre en el Mercado Único, de La Habana. También se desempeñó en un puesto de la tienda El Machetazo, el cual abandonó por inconformidad con el trato de los dueños a sus empleados.
Por eso no es de extrañar que cuando se fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), se incorporó a la juventud ortodoxa con solo tres lustros de existencia. Acometió ingentes faenas en las secciones obreras y estudiantiles de la ortodoxia y se opuso siempre a los elementos más conservadores que trataban de ocupar el liderazgo de la organización con posterioridad a la muerte de Eduardo Chibás.
Para enfrentarse a ellos creó una fracción dentro del partido que se denominó Los de Abajo y así se transforma en revolucionario a los 15 años, edad en la que su mente y su corazón se vincularon a tal filiación.
En medio de ese accionar conoció a Fidel Castro y tras el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, se le unió estrechamente en todas las actividades y concurrió a las primeras manifestaciones contra aquel zarpazo dictatorial.
A partir de ese encuentro lo siguió con entusiasmo. Se encargó de la distribución del boletín El Acusador, que el líder de la Generación del Centenario redactaba.
En camino hacia el 26 de julio
Estuvo cuando él habló en la tumba de Chibás. Asistió al velorio y entierro simbólico de la Constitución del 40 en la Universidad. Integró la manifestación organizada por la FEU hacia el cementerio de Colón, para el acto en la tumba de Antonio Guiteras. Cayó preso por repartir manifiestos y fue recluido en el Castillo del Príncipe.
También acudió a la peregrinación de La Punta. Estuvo presente en la protesta donde cayó mortalmente herido Rubén Batista Rubio.
Representó por ende lo más puro de la masa combatiente surgida de las filas del Partido Ortodoxo. Pese a su extracción muy humilde, demostró condiciones naturales de dirigente y sobresalía por sus dotes de orador, con gran poder de convencimiento y de aglutinar a la gente para fines políticos. Fue autodidacto y más de uno se sorprendió al ver su caudal de conocimientos y criterios.
Esa apreciación la compartió en un artículo la periodista Daily Sánchez Lemus, de la Oficina de Asuntos Históricos, en el cual destacó su juventud, el ser humano irreductible e incorruptible que fue y su lealtad a la causa patriótica. Un justo homenaje a "Siete Pisos", como le decían algunos de sus amigos.
Con la llegada de enero de 1953, Ñico López tomó parte en el Desfile de las Antorchas junto a Fidel y los 500 jóvenes organizados. Al día siguiente -el 28- estuvo en otra manifestación estudiantil que se enfrentó a la policía.
En esa vorágine revolucionaria formó parte del grupo que a partir de posiciones más radicales se organizó para el asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. El principal artífice de tal operación decidió que Raúl Martínez y Ñico fueran al frente de los hombres que atacarían esa última fortaleza.
En la noche del viernes 24 de julio de ese año partió hacia la región oriental con Juan Manuel Ameijeiras, Elpidio Sosa y Gerardo Álvarez.
Tras el fracaso, el exilio
Al fallar el ataque al cuartel bayamés, Ñico logra escapar de la persecución que desatan los esbirros, llega a La Habana y se asila en la embajada de Guatemala. Parte para ese país -en el que permanece un año- hasta el 12 de agosto de 1953. Luego viajaría a México.
Por esa época le presentaron al médico argentino Ernesto Guevara de la Serna.
Al dictarse la amnistía política en marzo de 1955 regresó a Cuba, para después meterse de lleno en la tarea de trabajar en la organización del Movimiento 26 de Julio.
A tierra mexicana retornó para el alistamiento de la expedición del Granma, ocasión en que pudo poner de frente a quienes luego pasaron a la historia como el Comandante en Jefe y el Guerrillero Heroico.
De su labor y actitud en aquellos años, expresó su amigo y compañero de lucha, el hoy General de Ejército Raúl Castro Ruz, líder al frente de la Revolución: “(...) basta recordar cómo lo vimos en una oportunidad con 200 pesos del Movimiento incipiente en los bolsillos y verlo caminar cuadras y cuadras, por ahorrarle los seis centavos del pasaje al Movimiento; (...) basta recordarlo emprendiendo dentro de cualquier reunión una crítica firme y fraterna contra todos los errores y debilidades que los demás pudiésemos cometer; y basta recordarlo irreductible, incorruptible, en la postura que mantuvo hasta el día de su muerte (...)"
Desembarco, dispersión y asesinato
Fue uno de los 82 expedicionarios que desembarcaron el 2 de diciembre de 1956 por Los Cayuelos, muy cerca de la playa Las Coloradas.
En Alegría de Pío, el primer encontronazo con los casquitos, disparó su arma incesantemente; luego se retiró hacia los farallones y quedó con 14 camaradas. Algunos días después hubo un cambio de impresiones sobre el rumbo a tomar, y no se pusieron de acuerdo. Se dividieron en dos grupos.
Después de jornadas de fatigoso andar, una persona nativa del lugar se ofreció y comprometió a buscarles un guía para llevarlos a la Sierra Maestra, pero los denunció al Ejército.
Ñico y sus compañeros cayeron en la trampa del traidor, y el 8 de diciembre resultó asesinado, en unión de sus hermanos de trinchera: Miguel Cabañas, José Smith, Tomás Royo y Cándido González.
La dispersión sufrida y la traición los llevó hasta la Boca del río Toro, en la costa a 12 km al suroeste de la sureña localidad de Pilón, donde en la referida fecha la Patria perdió a otros cinco valientes.
En este año, los cubanos todos tendremos aún más presente a Antonio Ñico López Fernández, cuando a principios del mes entrante recordaremos el aniversario 94 de su nacimiento; y en el último mes del calendario, los 70 de su caída en combate.
No olvidaremos nunca al hombre, al joven, que descolló por su extraordinaria capacidad de influir y convencer a sus interlocutores. Al mismo, cuya cubanía, lo distinguía más allá del mero hecho de usar con prestancia las típicas guayaberas blancas.
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