Como el hombre de la unidad definieron sus contemporáneos a Alfredo López Arencibia (1894-1926), un recio líder sindicalista cubano, asesinado hace un siglo por mandato del tirano Gerardo Machado.
Nació el 2 de agosto, hace 132 años, y en similar mes -- el día 24-- pero de 1933 aparecieron sus restos, tras casi 7 años de su desaparición física el 20 de julio de 1926.
En esa fecha cuando se dirigía al Centro Obrero lo interceptó una jauría policiaca que lo atacó a bastonazos. Sus puños sucumbieron ante la superioridad numérica y lo llevaron al Castillo de Atarés, donde fue torturado y brutalmente ultimado antes de cumplir 32 años.
Presintiendo el trágico fin de su amigo, en el mismo agosto de 1926, el destacado revolucionario Julio Antonio Mella escribió sobre Alfredo: “Guerrero, nadie conoce tu paradero, ¿acaso nos es dado a los revolucionarios escoger la forma de nuestra muerte? Caemos como soldados, donde la bala enemiga nos encuentre…Cuando nos llegue a la clase oprimida la hora de nuestro triunfo, la obtendremos en gran parte por lo que tú iniciaste. No tendrás avenidas de ciudades burguesas ni estatuas en los parques públicos. Pero cada proletario sabrá que las organizaciones que tú fundaste son los mejores monumentos a tu memoria”.
A propósito de su tamaña pérdida, también Mella lo describió así: "Como un eterno buscador de información de cualquier tipo, se había convertido en un hombre de elevada cultura general y, sobre todo, de elevado sentido conceptual y práctico acerca de lo que significaba la explotación capitalista, la importancia de la organización unitaria y la necesidad indispensable de que los trabajadores adquiriesen la cultura general y política que necesitaban para la comprensión y el éxito de sus luchas, junto al significado del dominio norteamericano para la nación cubana".
Inicios de un ser incorruptible
Vio la luz primera López Arencibia en Sagua La Grande, hoy Villa Clara, en la región central.
Desde muy temprana edad comenzó a trabajar en un taller tipográfico para ayudar a su familia. Más tarde se traslada a vivir y laborar en Camagüey y después enrumbó hacia la ciudad de La Habana, donde consiguió empleo en la imprenta La Mercantil y conoció de las luchas sindicales de los obreros por mejorar sus condiciones laborales.
Sin llegar a las dos décadas de existencia, ya era uno de los fundadores y dirigentes de la Asociación de Tipógrafos. Luego devino vicepresidente y presidente del sindicato de sus colegas y a finales de 1919 organizó una gran huelga en su ramo; tres meses después sus demandas fueron cumplidas.
Participó en el congreso obrero convocado por la Federación de Torcedores de La Habana y Pinar del Río, en abril de 1920, con representantes de 102 organizaciones obreras, donde propuso la creación de federaciones provinciales, como paso previo a la convocatoria de otro congreso obrero para unificar a todos los trabajadores del país en una sola organización.
Los asistentes a esa reunión acordaron realizar ese proceso unificador, iniciado de inmediato bajo la conducción de Alfredo López, con apoyo de los representantes del pensamiento socialista cubano.
Especialmente se sumó Carlos Baliño, líder de las ideas marxistas en el país, colaborador de José Martí en el exilio y fundador del primer Partido Comunista de Cuba, quien apoyó resueltamente a López en el propósito de alcanzar la unidad entre los trabajadores de los diversos gremios y conseguir la organización sindical nacional que contemplara ese ideal.
Como fruto de ese empeño surgió, el 4 de octubre de 1921, la Federación Obrera de La Habana (FOH), que significó un importante avance en el desarrollo de la conciencia revolucionaria del movimiento obrero cubano.
Joven éste de pensamiento profundo, más tarde fundó, junto a un grupo de compañeros, la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), hoy Central de Trabajadores de Cuba (CTC).
Otra de sus principales iniciativas consistió en la creación de federaciones locales (en el nivel provincial) como paso previo al Primer Congreso Nacional Obrero en La Habana, lo cual se adoptó como acuerdo. Se destacó entre las figuras más relevantes de ese evento, durante el cual fue portavoz de la demanda por la jornada laboral de ocho horas y el enfrentamiento a la explotación capitalista.
Conoció a Julio Antonio Mella a principios de 1923, en plena lucha por la Reforma Universitaria. Casi al cierre de 1925, Alfredo es llevado a prisión por los machadistas y entonces comparte celda con Mella. Ambos fueron falsamente acusados de un acto dinamitero.
La Universidad Popular José Martí, fundada por Julio Antonio en noviembre del 23, lo tuvo entre sus más fervientes colaboradores, junto a Rubén Martínez Villena, José Zacarías Tallet, Juan Marinello y otros intelectuales.
Cuando Machado tuvo que replegarse ante el clamor popular y suspender la arbitraria causa judicial contra Julio Antonio Mella, quien realizaba una huelga de hambre, éste se vio obligado a marchar al extranjero, en enero de 1926, mientras Alfredo permaneció en Cuba al frente del movimiento obrero.
A propósito de su incansable accionar, el propio Mella, su compañero de luchas, lo recordó como pequeño de estatura, pero un gigante desde las tribunas de agitación y al frente de cada acción de los trabajadores contra los desmanes del gobierno de Alfredo Zayas y, después, contra la tiranía de Gerardo Machado.
Según él, tenía "un dinamismo asombroso" y su obra, salida de un ejemplar magisterio, había que terminarla.
Alfredo López fue, sin dudas, una personalidad de elevado prestigio entre las masas trabajadoras por sus muchas cualidades, entre las que destacaron la honestidad y combatividad. Se mantuvo firme e incorruptible, y estos valores morales lo erigieron en un obstáculo para el gobierno de Machado, que ordenó y ejecutó su asesinato.
Sus restos se localizaron finalmente el 24 de agosto de 1933, en las caballerizas del mencionado Castillo, junto con los de otras víctimas de la corrupta administración de entonces.
La profecía de Mella se cumplió y los obreros cubanos rememoran siempre como uno de sus precursores al recio sindicalista gráfico.
No en balde se le considera el máximo dirigente del movimiento obrero cubano en la década del 20 del siglo XX, brutalmente eliminado por las fuerzas represivas del dictador Gerardo Machado el 20 de julio de 1926.
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