La Habana, Domingo 15 de Septiembre de 2019 10:54 pm

La tríada de la doctora avileña Silvia ( +Fotos)

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  En la contemporaneidad, y más en Cuba, también nacen Hipócrates. Y es que en esta isla no es difícil relatar grandes anécdotas, e incluso, si fuera necesario, cincelar sobre piedras historias que en el futuro pudieran convertirse en leyendas.   
   En esta pequeña porción de tierra antillana nacen otros padres para la medicina, o hijos, dignos hijos, merecedores del legado de los primeros.
   Muchos son los herederos cubanos de la constancia, perspicacia, observación y descripción detallada de aquel antiguo médico griego. Uno de ellos lleva por nombre Silvia Retureta Milán, merecedora del premio de Ciencias Biomédicas, que otorga la Academia de Ciencias en Ciego de Ávila.
   Silvia es Doctora en Ciencias Médicas, además de especialista de segundo grado en Medicina General Integral y profesora auxiliar. Ella, la siempre sonriente galena, estuvo ocho años robándole sueños al sueño y emborronando cuartillas.
   “Tener un premio de la Academia de Ciencias es bien significativo y hacerse Doctora en Ciencias es demasiado difícil. Ambas cuestiones requieren de mucho, mucho sacrificio”, alega.
   Eran las madrugadas perfectas para investigar, hasta que hace cerca de un año floreció, entre las primeras luces del alba, una reveladora investigación.
   La propuesta de Silvia proyecta una escala de riesgo de parto prematuro para las gestantes en la Atención Primaria de Salud. He ahí una herramienta necesaria para  enfrentar situaciones que inciden en la tasa anual de mortalidad infantil en el territorio.
   Hoy esta avileña se prepara para “lactar” y “procrear” las futuras indagaciones médicas en Ciego de Ávila, pues asumirá, en breve, la presidencia de las sociedades científicas dentro del sector de la salud pública en la provincia, sin abandonar su compromiso asistencial.

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   Su nombre es repetido entre sus colegas, pero lo es más en el hogar materno Manuel Piti Fajardo, de la capital avileña, perteneciente al Policlínico Norte. Allí trabaja desde hace 13 años, pero antes bregó entre consultorios y policlínicos.
   Recuerda la avileña, de 49 años, que estuvo ingresada en ese centro al que actualmente se consagra. “Estuve cinco meses aquí como paciente, durante mi embarazo gemelar; y cuando me incorporé al quehacer médico decidí hacerlo en este mismo lugar”, refiere orgullosa.
    “Para ese entonces mis hijas tenían tres años. Empecé como médico y después hice un curso de verticalización en Obstetricia. Aquí fue, además, donde se dieron los primeros pasos para la investigación doctoral”, explica.  
    Silvia, la del apellido extraño, es de esos miles y miles de cubanos que, proviniendo de una familia humilde, se ha hecho alguien en la vida, tal y como anheló su mamá.
    “Mi madre fue costurera y mi papá maestro agrícola. Siempre educaron y condujeron hacia el estudio a sus tres hijas”, evoca, como quien ambicionara vivir en ese instante lo que ellos sentirían, de estar vivos.
    Sus jimaguas adolescentes, Naisa y Naesis, de 16 años, parecen acaparar toda su atención, quizás porque lleva consigo las huellas perfectas de una cesárea. Ellas, las hermosas chicas, no perdieron la primicia, ese ventarrón de éxito, ese momento en que mamá daba a luz su cuarto hijo: la tesis doctoral.
   Lo impresionante es que para Silvia parece no existir algo más allá de la superación, la familia y el hogar materno, incluso cuenta que hace cinco o más años tiene una serie policíaca en la computadora y no la ha visto. Por otra parte, una operación de columna le impide practicar deportes. “Lo que no encaje en esa rutina debe esperar por chances”, indica la entrevistada.

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   Al terminar la conversación, dice: “y no he cumplido misión internacionalista, porque mi empeño ahora está en guiar y cuidar de mis jimaguas; ¡ellas son mi prioridad!”. Ante tanta repetición del tema de la crianza de las muchachas, sólo se me ocurrió cerrar el diálogo con un estribillo de una canción  popular: “oye Silvia, te cogieron las jimaguas”.  
   Hipócrates contempló que quien quiera adquirir un conocimiento competente de la medicina, debe poseer las siguientes cualidades: una disposición natural, instrucción en un lugar favorable para el estudio, un estudio temprano, amor por el trabajo y ocio. Posiblemente no en todos sea así, ¿verdad Silvia?