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Recientemente, mientras hacía cola para adquirir un producto en una de las tiendas “insignes” de la ciudad, pudimos enterarnos todos los que esperábamos de las decepciones amorosas de la empleada, los problemas con el padre de su hijo y la mala opinión sobre los hombres, que la mantenían decidida a no casarse nunca más, todo ello en tanto cobraba y entregaba los comprobantes, sin pronunciar jamás un “gracias por su visita” o “vuelva pronto.”

Cuando por primera vez escuché: “¿Qué pa’ dónde voy? ¡Pues pa’ viejo!”, solté la carcajada. Era joven y la ancianidad no estaba en mi horizonte. Hoy sé que lo que creí chiste es cosa seria y que el sayo nos sirve a todos, pues en el viaje de la vida cada paso nos acerca a la vejez, última parada antes de que el tren llegue a su destino.

Hay quienes ven la calle y todo lo situado fuera de su casa como algo ajeno, y por ese motivo asumen conductas indiferentes al entorno, sin pensar en las consecuencias.

Llevar las riendas de una familia no es hoy un fácil desafío, más cuando en ella conviven niños, ancianos, y se atienden otras cuestiones que al final del día suman a la cuenta total.

A muchas personas les ha ido de maravillas en su afán de adelgazar, sin hacer dietas extremas. Conozco a un amigo que en lugar de subir al séptimo en ascensor, donde está su piso, sube por las escaleras, y tiene una báscula en el baño donde se pesa antes de ducharse luego de correr una hora diariamente.

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