La COVID-19 se puede vencer, pero…

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La disminución cotidianamente de los casos de COVID-19 en Cuba hace pensar a muchos que esta letal enfermedad “va barranca abajo”, pero ese razonamiento casi lógico puede revertirse si la confianza se apodera de la población y por lo tanto, decrece la percepción de riesgo.

Los altibajos en la detección de personas confirmadas con la dolencia durante el último año y siete meses de epidemia en el archipiélago alertan que la batalla NO está ganada, y pudiera reaparecer con vehemencia en cualquier lugar y fecha.

Aunque son innegables los efectos de la campaña de vacunación que se lleva a cabo en el país, NO todo “es coser y cantar” porque existen varios elementos que pudieran revertir la tendencia a la mejoría de la situación epidemiológica.
Nadie debe llamarse a engaños, la COVID-19 sigue presente, latente, máxime cuando la denominada cepa Delta incrementó, sobremanera, la transmisión, y tanto fue así que antes de esta se contagiaban unos cuatro seres humanos por cada paciente que portaba la enfermedad, pero al aparecer esa variante los infectados por un paciente sumaban entre ocho y 12 personas, según publicaciones de varias naciones.

En disímiles ocasiones autoridades del sistema sanitario cubano han advertido que los prototipos de vacunas ayudan a disminuir el riesgo de gravedad y, por ende, el del fallecimiento, pero NO logran una inmunidad total; entonces las medidas de bioseguridad, repetidas hasta la saciedad, siguen estando a la orden del día.

La experiencia ha demostrado que cuando se ha bajado la guardia ha existido un incremento exponencial del virus SARS CoV-2, por consiguiente resulta imprescindible continuar usando las mascarillas o nasobucos, mantener el distanciamiento físico en sitios de aglomeraciones de personas y la desinfección de las manos, entre otras acciones higiénico-sanitarias.

Son demasiadas evidentes las cifras que exhibe esta peligrosa y traicionera enfermedad; basta decir que en el mundo los seres humanos contagiados con esta sobrepasan la cifra de 243 millones 700 mil, y de ellos unos cinco millones han fallecido.

Según registros oficiales, en Cuba el número de enfermos se aproxima al millón, y se acumulan más de 8 mil 200 personas que han perdido la vida.

NO solo se trata de la pérdida irreparable de familiares, amigos o conocidos sino, además, de las secuelas que puedan quedar como consecuencia del SARS COV-2, y que en algunos casos deja discapacidad, quizás para toda la vida.

Ahora, cuando la dolencia declina, el sistema sanitario y el resto de las instituciones junto a la población (las familias y ciudadanos individualmente) tienen la responsabilidad de cumplir el protocolo de bioseguridad para evitar un nuevo rebrote; solo así se puede ganar esta batalla por la vida, y aunque haya que convivir con el virus, la enfermedad que él provoca puede atenuarse y llevarla a cifras que NO resulten alarmantes.

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