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Ese molesto ring ring…

Le pongo un ejemplo. Está usted en una cómoda butaca, transportado a un plano superior gracias a los pulmones prodigiosos de un coro que hace maravillas con una partitura del maestro Roberto Valera y de pronto vuelve a la realidad por culpa de una insistente Laura Pausini que pide desde la bocina del móvil de su compañero de asiento que escuchemos atentos el mensaje.

   Otro: el orador que fue a ver lo ha dejado pasmado. Está hablando de la pelusa y sus múltiples derivados, algo de extrema importante y de lo que usted siempre ha querido saber un poco más, pero el aparato de alguien sentado dos filas a la derecha se empecina en que usted pierda a intervalos la voz del conferencista y la paciencia.

  El último: al fin entra al cine después de una cola interminable, y se dispone a sumergirse en el escenario helado de una cruenta batalla medieval entre el bien y el mal (a lo que mucho ayuda el poderoso aire acondicionado de la sala), cuando un empedernido cinéfilo se empeña en demostrarle a los demás su amor por el séptimo arte con tonos diferentes de llamada, que van desde la Cabalgata de las Valkirias, hasta el sonido monocorde que avisaba a Roy Scheider que el Tiburón estaba cerca.

   Y es que ya no es posible asistir a una reunión, ver una película, disfrutar de un concierto, un estreno de ballet o hasta de un simple cumpleaños colectivo sin que suenen fuera de control esos aparaticos que poco a poco se nos han convertido en verdaderos apéndices modernos.

   Fuera de toda diatriba aleccionadora, reaccionemos, porque es muy molesto y a la vez tan fácil de evitar, sólo hace falta poner en práctica un poquito de esa urbanidad que debemos haber aprendido en la escuela, y tener en cuenta a su pobre prójimo, que imaginamos que para escuchar regueatón o a alguien gritando que lo saquen del bolsillo, mejor se hubiera ido al malecón, que por ser espacio de todos, quizá sea escenario más propicio (aunque si se pone a pensar, ya ni enamorar tranquilo dejan a uno en ese pedacito “tan proletario” de la capital de todos los cubanos).

   Así que repita conmigo: Yo puedo, y ponga su teléfono en vibrar, que le ahorrará un disgusto a su vecino, y quien sabe, se librará de un atentado de algún amante de las elevadas artes cansado de tanto atentado al oído y con ganas de estrangular al próximo que deje sonar un ring ring durante la mejor parte de la obra de teatro. (AIN)

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