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Comunicando un buen mensaje de responsabilidad

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No es la primera vez que comento sobre actitudes y no creo que sea la última, porque son esas maneras de movilizar al sentido común y la responsabilidad las que inexorablemente mueven la balanza a favor o en contra de estadísticas, sosiegos y esperanzas.

La COVID-19 nos ha mostrado cuánto se puede trabajar por un bien común global, más allá de las doctrinas, los gobiernos, los partidos, las religiones, y los razonamientos ecológicos, filantrópicos o geopolíticos.


Cuba, para ser más específico, diseñó una estrategia de comunicación para que todos tuvieran claras las formas de actuar frente a la pandemia: medidas higiénico-sanitarias, características del virus, etc.

Sin embargo, a nivel sociológico muchos se preguntan y estudian en marcos más científicos, en qué reside la conciencia ciudadana o la percepción de riesgo. En primera instancia se trata de abordajes que necesitan herramientas y algoritmos legitimados en la psicología, e incluso en las matemáticas.

¿Es irracional quien no adopte todas las medidas para no infectar al anciano o al infante que convive con él? ¿Es suicida quien se amontona en aglomeraciones de instalaciones comerciales o en un ómnibus? ¿Son irresponsables las madres que acuden a lugares de mucho tránsito de personas con su bebé en brazos?

El análisis del mapa de las circunstancias que pasan por aspectos éticos y morales, no siempre tienen el enfoque necesario; ni mucho menos el examen adecuado para actuar con efectividad. De ahí que surjan frases como “no tiene por qué pasarme a mí” o “si no lo hago así cómo llego a mi trabajo”, “cómo compro el pollo para mi hijo”.

Todos conocemos que estar en la calle resulta a veces imprescindible para cubrir necesidades básicas como procurar los alimentos, marcar la tarjeta para tener ingresos el día del cobro, y producir para que siga existiendo oferta o ayudar al desarrollo del país.

Es legítimo en casi todos los casos el hecho de no permanecer en casa todo el tiempo que se debería ante la amenaza de la enfermedad; lo que no lo es, es la inadecuada actuación en situaciones límite o de exposición al virus.


Por eso, independientemente de nuestros continuos bombardeos de mensajes educativos tanto en la radio, como en la televisión, e incluso en redes sociales institucionales, lo más urgente es insistir en la peligrosidad.

No se alarme. No abogo por lanzar señales patéticas del día final y la agonía, como vi en cierto canal foráneo de televisión. Allí, una anciana en una cama de hospital, con todo tipo de conexiones respiratorias y catéteres, respiraba con dificultad.

Segundos más tarde el monitor comenzó a lanzar rápidos pitidos, hasta que falleció. Luego, una voz grave de locutor decía: “Otra víctima de tu irresponsabilidad”.

A los realizadores, al parecer, les gustó la idea de reflejar la muerte sin cortapisas ni filtros, pero abusaron del sensacionalismo in extremis, sin tener en cuenta que los objetos y los sujetos de su mensaje deben moverse en conceptos de compromiso, y nunca de culpabilidad.

Veamos, según mi opinión, cómo varía el nivel de eficiencia tomando como referencia la misma locación y protagonista: Interior de una sala de cuidados intensivos. Imagen en blanco y negro. Una anciana intubada y medicada por vía endovenosa, duerme y respira con dificultad. Un largo suspiro la hace despertar y regresa el color a la estancia.

La protagonista intenta saber dónde está, girando el cuello hacia ambos lados, mientras una enfermera se acerca y la acaricia. Más allá del cristal el rostro feliz del resto de la familia. Luego, una voz en off dice: “Cuida a tus ancianos. Ellos también son tu responsabilidad”.

Cambiar el enfoque negativo por el positivo es más eficaz que el fatalismo y el establecimiento de chivos expiatorios. Por eso la publicidad, por ejemplo, ha permeado la mente de millones durante tantos años. Su éxito radica muchas veces en la sutileza.


Ahora, pensemos, desde nuestra perspectiva cubana, altruista y revolucionaria, cuáles son los paradigmas comunicacionales de bien público que podemos instrumentar más allá de los spots animados, las necesarias gráficas de confirmados, fallecidos, sospechosos y altas médicas.


Nos queda mucho por hacer. Podemos empezar por reconocernos como seres humanos vulnerables, bloqueados por un imperio, asistidos gratuitamente en todo centro hospitalario, amparados; pero también responsables, combativos, solidarios y con la certeza de no rendirnos jamás.

 

 

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