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03
Junio Miércoles

La COVID y sus lecciones

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Vamos ya para dos meses de que en un mismo día, el 11 de marzo, la COVID-19 fue declarada pandemia y puso a Cuba en su mapa y, aunque esto no acaba hasta que se acabe, hora es de ir buscando la moraleja de esta historia, o mejor, las moralejas, que lecciones hay como para abarrotar la parrilla de las teleclases.

La primera es que el capitalismo nada tiene para ofrecer a los seres humanos. Al menos nada que realmente importe. Estupor, indignación, impotencia… ¿Quién no ha sentido algo de esto al saber de ancianos sacrificados, al ver la tragedia en Guayaquil o escuchar de gente tan enajenada o desesperada como para tragar o inhalar cloro, solo porque a un orate con investidura presidencial se le ocurrió decir que podría servir de antídoto?

Que de Europa hayan solicitado a esta pequeña, pobre y sitiada nación caribeña el envío de brigadas médicas, confirma cuán patas arriba está el mundo y el enorme costo -especialmente en el orden social- de esas políticas neoliberales aplicadas a diestra y siniestra y “pintadas” como poción milagrosa, cura para todos los males que, sin embargo, no han hecho sino aumentar, extenderse y agravarse.

Un mundo, sí, al revés, urgido de solidaridad y donde, paradójicamente, quienes la practican son blanco constante de las más infames calumnias, lanzadas por las transnacionales de la mentira al servicio de un capital que no reconoce esa palabra y al cual las personas solo interesan para que produzcan, consuman y multipliquen lo único que le importa: las ganancias.

¡Que el planeta se cure!, escuché pedir a un niño y, qué más quisiera que ese deseo suyo y de tantos se cumpla, poder curarlo de esta y muchas otras pandemias, y que la próxima sea de puro amor y esperanza.

Está por ver cómo será el mundo post COVID, pero lo cierto es que no han cesado las guerras y los conflictos, los bloqueos y sanciones, lejos de ser levantados o suavizados, se han reforzado. Se habla ya de recesión, las cifras de desempleados y desalojados crecen como la espuma, los índices de pobreza se han disparado y la riqueza se concentra cada vez más en menos manos.

¿Soportarán los pueblos esa pesadilla todavía peor que la que estamos viviendo, o harán de la actual crisis una oportunidad para cambiar cuanto debe ser cambiado y poner el mundo al derecho? El tiempo dirá.

En lo que a Cuba respecta, estos casi dos meses de incesante batallar han sido una formidable escuela, y de cada lección hemos tomado debida nota, para ahora mismo y, más aún, para después.

Situaciones incluso menos complicadas, dramáticas y extremas, suelen sacar lo mejor y lo peor de los seres humanos. Pruebas durísimas de todo tipo ha enfrentado Cuba, especialmente en estos 60 años de Revolución. Baste recordar el tornado que 15 meses atrás se ensañó con La Habana, aunque una hay que a las demás gana, y es el perenne acoso del Imperio y su bloqueo genocida.

En todas han brillado las virtudes que hacen inmenso a este pueblo e invencible su Revolución. Crisol han sido. Esta también, quizás hasta más, por la magnitud del reto y el peligro, y ejemplos, historias y razones hay para enorgullecernos. Al menos yo, tengo como mi mayor fortuna la de haber nacido y vivir en esta tierra, y ser parte de un proyecto humanista como ningún otro.

Orgullosa estoy e igual -¿por qué no decirlo?- algo sorprendida, por tanto voluntariado, incluyendo cuentapropistas, que han puesto su negocio al servicio de esta batalla de todos, y al ver a vecinos que siempre consideré apáticos, salir cada noche a su puerta y aplaudir con las manos y el alma por la vida, por Cuba, los trabajadores de la Salud y cuantos desde cualquier trinchera combaten la pandemia.

Pero, además de luces, sombras hay, algunas ciertamente tenebrosas. Fortalezas y, también, debilidades. En la más reciente reunión del Consejo de Ministros el Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, habló de insuficiencias, vulnerabilidades, que en estos meses -afirmó- se han expresado en toda su dimensión.

La indisciplina social nos ha pasado factura. En julio de 2013, en la clausura del Primer Periodo Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el General de Ejército Raúl Castro hizo un crudo retrato del ambiente de desorden, impunidad, pérdida de valores éticos, quebrantamiento de las más elementales normas cívicas y otros males presentes en la sociedad cubana. Casi siete años después, a su llegada, el SARS-CoV- 2 encontró el “cuartico” igual, si no peor.

Convengamos en que, incluso ahora mismo, palabras como urbanidad, contención, respeto, civismo, responsabilidad, nada significan para muchos de nuestros conciudadanos; tampoco los llamados a entender y rectificar, los razonamientos, las apelaciones al sentido común, la sensibilidad, la conciencia, el amor.

A diario los vemos haciendo exactamente lo contrario a lo orientado por las autoridades sanitarias, burlando toda disposición del Gobierno, vigilando a la policía, tratando de escabullirse para no ponerse el nasobuco, como si usarlo fuese capricho o exageración de alguien y no necesidad.

Con increíble tozudez, a pesar de las multas y otras sanciones más severas aplicadas ya y de público conocimiento, continúan viviendo a su aire, obrando a su antojo, aunque eso suponga un inminente y serio riesgo para la salud y hasta la vida propias y las de familiares, amigos, vecinos y de todos.

En la reunión del Consejo de Ministros a principios de semana, Díaz-Canel aludió a experiencias que han de quedarse. La acción enérgica y sistemática de los agentes del orden y demás órganos estatales y de gobierno competentes; el combate para restaurar la disciplina y, también, para pararle los pies a delincuentes, coleros, acaparadores, revendedores y tantos otros y para que la Ley impere en todo y para todos, han de seguir, más allá de la pandemia. Ni un milímetro del terreno ganado en estos meses puede perderse. Esos tumores han de ser extirpados de raíz, definitivamente.

La labor de Comunales, realmente encomiable, es otra cosa que no admite retrocesos e, igual, en la Cuba post COVID habrá que continuar insistiendo en la educación cívica, la promoción de salud, el cumplimiento de las medidas higiénico-sanitarias y, tal como lo veo, tareas como la lucha antivectorial, a la cual se destinan cada año cuantiosos recursos humanos y de todo tipo, necesariamente tendrán que ser revisadas y experimentar un vuelco total.

Ideas nuevas, pidió el Presidente de la República. Lo mismo hizo el Comandante en Jefe Fidel Castro cuando el 17 de noviembre de 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, convocó al pueblo y sobre todo a los jóvenes, no solo a otra carga como la que pedía Rubén en su poema Mensaje lírico civil, sino a pensar y analizar, a generar y aportar ideas claras, a buscar nuevas vías, a cuestionar y replantárselo todo, a reinventarnos y hacer de nuevo la Revolución, si es preciso, pues cómo construir el Socialismo es algo que hemos de descubrir sobre la marcha, en el día a día.

De Albert Einstein son estas palabras: “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo”. A atrevernos, a encontrar nuevas maneras y hacer cosas diferentes, a pensar, a crear, a innovar -que nada tiene que ver con improvisar-, convida Díaz-Canel, y a enfrentar resueltamente la rutina, el burocratismo, la inercia, la chapucería y cuanto lastre dificulta nuestra marcha. Para todo eso y más cuenta con su pueblo. Lo estamos viendo.

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