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03
Junio Miércoles

Cuba: ¿preparada para la vejez? (+Videos)

 

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Cuando por primera vez escuché: “¿Qué pa’ dónde voy? ¡Pues pa’ viejo!”, solté la carcajada. Era joven y la ancianidad no estaba en mi horizonte. Hoy sé que lo que creí chiste es cosa seria y que el sayo nos sirve a todos, pues en el viaje de la vida cada paso nos acerca a la vejez, última parada antes de que el tren llegue a su destino.

Sí, todos vamos para viejos y, en lo que a nuestro país respecta, hay que decir que no es algo que pasará, sino una realidad. No es que la población cubana va camino a envejecer, está ya envejecida.

Los números no mienten. En 2012, cuando el último Censo de Población y Viviendas en Cuba, las personas con 60 o más años de edad representaban el 18,3 por ciento del total de habitantes; hoy constituyen el 20,7 y para 2030 serán el 30 por ciento, casi un tercio de la población.

Bien está que así sea. La longevidad es un triunfo de la vida. Que las personas vivan más años no constituye un problema. Lo que causa “ruido” en el sistema es la combinación de ese aumento de la expectativa de vida con la baja natalidad, una tasa de fecundidad hace ya tiempo por debajo del nivel de reemplazo, y una emigración creciente.

Las tendencias demográficas resultan difíciles de revertir, así que la pregunta del millón no es si la población cubana continuará en los próximos años decreciendo, con un envejecimiento sostenido, sino ¿está preparada Cuba para encarar este fenómeno como lo que es, un tremendo desafío, una transformación con implicaciones de todo tipo y que obliga a replantearse muchísimas cosas?

Creo que no, como no lo está casi ningún país -el casi es para no pecar de absoluta- en un mundo que igual envejece con celeridad. En 2018, por primera vez en la historia, las personas de 65 años o más superaron en número a los niños menores de cinco años y, de acuerdo con estimados, el total de habitantes con 80 o más años de edad se triplicará, de 143 millones en 2019 a 426 millones, en 2050.

Digo NO, pero eso para nada supone desconocer o minimizar el interés, preocupación, comprensión y sensibilidad de la máxima dirección del Partido, el Estado y el Gobierno, y cuanto se ha hecho y hace en condiciones terriblemente adversas y en medio de urgencias tan inaplazables, como la de preservar la vitalidad de un país al que el imperio más poderoso, depredador y letal de todos los tiempos se ha propuesto aniquilar. Hay voluntad política y ese es un punto a favor que puede hacer la diferencia.

De la prioridad concedida al asunto da fe su inclusión en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución y en la Constitución de la República, como también el programa de atención a la dinámica demográfica que, como política, lleva adelante el Estado, y para el cual fue creada una comisión gubernamental, cuya labor sigue muy de cerca el Presidente de la República.

Ahí están las cátedras del adulto mayor, los hogares de ancianos, los círculos y casas de abuelos, los gimnasios biosaludables, las erogaciones para el financiamiento y producción de prótesis estomatológicas y auditivas, bastones, sillas de ruedas, servicios ópticos… Abundan acuerdos, medidas y acciones en materia de salud, seguridad social, protección y cuidados para la tercera edad. Pero, con todo y ser mucho, hace falta mucho más que todo eso.

Pregunté y, para quienes también lo creen, entre los principales obstáculos están esas tribulaciones nuestras en el día a día, a las cuales los ancianos son particularmente vulnerables: colas y más colas -farmacia incluida-; la guagua, que cuando pasa viene repleta y para dondequiera menos en la parada; el desabastecimiento, el acaparamiento y la especulación; el burocratismo, que convierte en suplicio hasta el trámite en apariencia más sencillo.

Ninguno olvidó mencionar el mal estado de calles y aceras -y, en general, las barreras arquitectónicas-, las pensiones insuficientes y esos semáforos peatonales, que a velocidad supersónica cambian de verde a rojo. Al inventario sumaron algo que juzgan incongruente y es la compra de ómnibus con los estribos cada vez más altos.

Semáforos y estribos me llevan a lo que, pienso, es la dificultad mayor y que no será resuelta con acuerdos, medidas, comisiones, leyes ni políticas públicas, sencillamente porque está en la conciencia y sensibilidad de cada quien y en la psiquis y conducta colectivas.

Por las razones que sean, ni quienes programan los unos ni los que adquirieron los otros han tenido en mente el envejecimiento poblacional y las necesidades y limitaciones de ese número creciente de personas, que por edad y hasta por enfermedad, no tienen ya los bríos y reflejos de antaño, pero sí el mismo derecho que cualquiera a salir de casa.

Y conste que los mentados estribos suelen resultar todavía más altos de lo que son, porque casi ningún chofer detiene el ómnibus pegado a la acera. Para montar hay que estirarse o bajar, y a más de un anciano he visto hacer desesperados esfuerzos para subir y terminar cayendo de bruces en el piso de la guagua, ante la mirada imperturbable de aquel que está para servir y debería ser el primero en socorrerlo.

Indiferencia, menosprecio, negligencia, irrespeto, abandono, mitos, estereotipos, prejuicios, maltrato... Mucho de esto abunda hoy en el mundo y también –reconozcámoslo por más que duela- en la sociedad cubana, en la familia, respecto a los ancianos.

Lo vemos a diario: cómo hay quienes terminan sus días solos o en manos de extraños -y no porque hayan sido “el viejo Andrés”-; cómo se les despoja de todo patrimonio (ahorros, objetos de valor, su cuarto, la casa); cómo son ignorados, relegados, excluidos en el hogar, privados de su autonomía y participación en la vida familiar. Y aunque no medien golpes, insultos, amenazas, esto no tiene otro nombre sino abuso, discriminación, violencia.

Sobre la senectud, existen en el imaginario social ideas nada acertadas, pero sí arraigadas: que si es sinónimo de enfermedad, incapacidad e improductividad, que los viejos no asimilan lo nuevo, que son retrógrados, que su tiempo pasó y ya no “generan”. Es una imagen desvalorizada, que los descalifica como sujetos de acción y reubica en la pirámide social como objetos de cuidados.

Relegados a una relación de subordinación, no es extraño que haya quienes los vean como una carga más o menos pesada, y que pragmáticos y desalmados lleguen al punto de considerarlos, no ya un residuo, sino lastre, estorbo, e intenten “escurrir el bulto” y responsabilizar a otros, preferiblemente el Estado. Gerontofobia: así lo llama una amiga.

Además de crueles, los que así piensan -y en consecuencia actúan- son estúpidos. Labran su propio infortunio al despojar, no solo de toda dignidad, sino también de su significación social, una etapa de la vida a la que, en el mejor de los casos, todos llegaremos.

Cuando se excluye a los ancianos se les está privando de su derecho a recibir, como justa retribución a una vida de trabajo, esfuerzo, amor, sacrificios, desvelos, y lo que es aún peor, de su facultad y la oportunidad de dar, de aportar.

Mucho se ha hablado de Manuel, el protagonista de la recién finalizada novela cubana Entrega, pero tan interesantes como ese modélico profesor de Historia de Cuba, me parecen los personajes interpretados por Verónica Lynn y Manuel Porto.

Por distintos caminos, ambos van a parar al “asilo”: Orlando, llevado por su hijo, que lo destierra allí en venganza por sus errores como padre; Amelia, que al recuperar la visión así lo decide, para que sus hijos y nieta tengan más espacio en casa y puedan hacer sus vidas.

Ninguno de los dos se deja ganar por el desaliento ni piensa que todo acabó. La vida continúa y merece ser vivida, y ambos tratan de hallar nuevos horizontes y emprender proyectos que les sean gratos y permitan ser y sentirse útiles.

Con el apoyo de su nieta Samantha, él se convierte en promotor cultural dentro del hogar de ancianos y descubre un mundo de posibilidades en eso de elaborar guiones para un público invidente. Amelia, en tanto, tiene como luchadora clandestina un sinfín de historias que compartir y lo hace, primero verbalmente, en el aula del profe Manuel, y luego en esas memorias que escribirá Orlando.

Una y otro nos dicen que, como cualquier otra edad, la vejez puede y debe ser una etapa positiva, de crecimiento y desarrollo individual y social. Nos dicen más. Pobre de aquellos incapaces de entender el mensaje, y pobre de la sociedad que no respete y venere a sus ancianos, no por lo que fueron, sino por lo que son, fuente y compendio de la memoria, experiencias y sabiduría.

Sí, tenemos que replantearnos muchas cosas, por ejemplo, qué hacer -especialmente después de la jubilación- con la longevidad conquistada y todo ese saber acumulado. Sería improductivo, irracional, imperdonable desaprovecharlos. Ya sumamos años a la vida, ahora, entre todos, pongamos vida, ilusión, alegrías, razones y amor a esos años.

Comentarios   

0 #1 Ana Virginia GLez. 13-03-2020 10:18
La "visión o imagen " que tiene el cubano del asilo u hogar para ancianos debe cambiar.No es que se lleve al anciano allí por no quererlo , es que con una población envejecida cuando el anciano tiene 85 años sus hijos están casi en edad de jubilación ¿ quién cuida a quién ?Esto es algo que debe tratarse más en nuestros medios .
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