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La disciplina es clave para la prosperidad y la sostenibilidad

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       Hace falta más repudio de la población hacia los indisciplinados  y desobedientes en la sociedad, para que se sientan rechazados y despreciados por el daño que hacen, escuché decir cuando en un ómnibus vacío jóvenes y niños se introducían por las ventanillas con la anuencia de  padres y otros adultos presentes.
         Y es que la disciplina conquista todo y constituye clave para el éxito y la organización de la sociedad próspera y sostenible a que aspiran y construyen los cubanos sobre su nuevo modelo económico.
       Las transformaciones para que florezca un comportamiento disciplinario, no son solo en el orden económico que a voces se demanda, corresponde un actuar individual y colectivo sobre la base de alzar los mejores valores, así como acciones para hacer cumplir lo establecido, porque ninguna obra humana perdura sin normas ni reglas.
        Indisciplinas sociales y otras malas maneras devoran los resultados en la producción, servicios, entretenimiento, cultura y coadyuvan al  irrespeto, ignorancia y mediocridad. No es aceptable que en espacios donde conviven familias, o en esquinas del trazado citadino, se improvisen ventas de cerveza u otras bebidas espirituosas acompañadas de bocinas estrepitosas.
        De más está decir que no surgen espontáneamente estos fenómenos, por lo general se asocian a la falta de exigencia, descontrol, desinterés, apatía y otras manifestaciones que dejan espacio para que afloren y se establezcan, sin ser reprimidas por nadie.
       A estas alturas, con una cultura de higiene y calidad en el servicio formada en la comunidad, en  centros que expenden productos alimenticios en ocasiones hay dependientes que atienden a los clientes con cigarros en la boca, violan el gramaje en el despacho o infringen las medidas contra incendios en lugares vulnerables. Esos casos hay que rechazarlos con firmeza y denunciarlos.
       La prosperidad permite el bienestar material y espiritual, pero para producir lo que reconforta el espíritu y suple necesidades, primero hay que tener regulaciones que permitan crear más y mejor en el surco y en las fábricas, en el cuidado y control de los recursos; y eso se logra con disciplina.
        Perfeccionar ese valor cada día corresponde a los individuos en todas sus actividades y véalo así,  personalmente, porque la indisciplina de uno solo, puede acarrear nefastas consecuencias para muchos.
        Por ejemplo:  una pizarra informativa en una terminal provincial advierte a los choferes de peligros en la vía como problemas en tramos de la carretera, animales sueltos, sendas en mal estado, circulación de tractores, curva peligrosa, o pavimento resbaladizo por las lluvias.
        Pero es inevitable pensar si no sería más eficaz que el aviso, que se detuvieran los animales en la vía o se impidiera a los tractores el acceso a carreteras principales, es decir, imponer la disciplina, que se ve menoscabada por la falta de control, exigencia e iniciativa, que en estos casos pueden ocasionar y ocasionan hechos lamentables.
         Sigue sucediendo que en lugares vulnerables como almacenes, servicentros y otros, las personas fuman y han iniciado incendios, que muchas veces se logra controlar, pero que entrañan el riesgo de pérdidas millonarias y el peligro para la vida, entonces por qué no prevenir y adoptar medidas severas con los irresponsables.
        El Estado hace grandes esfuerzos para mantener la salud y la higiene, sin embargo,  persisten personas que fomentan vertederos, con la consabida hediondez, o lanzan desperdicios por doquier, esos también son indisciplinados, violadores de las más elementales normas de convivencia.
        En esto, con frecuencia la causa no es falta de recursos, sino falta de interiorizar que la prosperidad y sostenibilidad de cualquier obra pasa por la disciplina en todas sus aristas, esa que se debe enseñar en los hogares por la familia, y que de no lograrse, hace preciso aplicar otras medidas de control y multas.
         A nadie se le ha de permitir que ponga en peligro la salud y la vida de los demás cuando por su propia comodidad y abulia permite que sus mascotas dejen sus desechos en la vía pública, por donde circulamos los demás, incluidos niños y ancianos.
        No se puede seguir apelando a cambios en la forma de pensar, tienen que hacerse realidad las transformaciones en la manera de actuar y no paso a paso, ya hubo tiempo para la gradualidad. Ahora corresponde exigir y demostrar con hechos.

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