La Habana, Lunes 21 de Enero de 2019 10:48 pm

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¡¿Hasta dónde?! ¡¿Hasta cuándo?!

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  Como si no bastase cuanto ya “adorna”  nuestro paisaje cotidiano, ahora se ha vuelto común ver mujeres tomando cervezas o tragos  a cualquier hora, en cualquier lugar -incluida la vía pública- y tan “sueltas” y ufanas como el más empedernido bebedor masculino.
   Opiniones nunca faltan. Para unos, es cosa de estos tiempos, un signo de lo moderno y toca acostumbrarse. Otros, aplauden. Instan a abrir la mente y echar a un lado los prejuicios. Si los hombres lo hacen, por qué ellas no. A lo sumo, es una forma poco ortodoxa de reivindicar derechos y luchar por la igualdad de la mujer.
   Valdría la pena preguntarles: ¿igualdad cuesta abajo? Por suerte, no somos pocos los que pensamos que esto nada tiene que ver con modernidad, justicia, progreso. Involución sí que es, y también más de lo mismo, otra pizca de lodo en ese fétido pantano de vulgaridad, irrespeto, impunidad, desfachatez, marginalidad, pérdida de valores éticos, desorden y quebrantamiento de las más elementales normas cívicas, que a punto está de devorarnos.
   Son palabras fuertes, pero no mías, ni las únicas empleadas por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, cuando el siete de julio de 2013, en la clausura del Primer Periodo Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, hizo un crudo retrato del ambiente de indisciplina que ha echado raíces en la sociedad cubana, y de sus incontables secuelas.
   En aquel inventario que sonrojó muchos rostros y estremeció conciencias, el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba no olvidó incluir, entre los comportamientos y acciones otrora inadmisibles y hoy aceptados o cuando menos tolerados, la ingestión de bebidas alcohólicas en lugares públicos inadecuados.
   Hagamos memoria. A pocas mujeres servía entonces ese sayo, de modo que, por más que duela, hay que decir que, pasados cinco años y medio, el cuartico está peor; que no ha habido radioterapia ni cirugía y que, lejos de lograr reducirlo y extirparlo, el tumor se ha extendido.
   ¡Y si fuera solo eso! Pero, es que igual sucede con las demás (o casi todas, para no pecar de absoluta) cuentas de ese larguísimo rosario de “horrores” que desgranó Raúl aquel día.
   Desde entonces -es apenas un ejemplo-, los medios de difusión vienen librando una batalla contra el ruido. Información sobre daños y peligros, exhortaciones y argumentos no han faltado en la prensa escrita, la radio y la televisión. La situación, empero, no ha hecho sino agravarse. Vecinos, choferes, empresas estatales, negocios privados, instituciones, órganos locales de gobierno… cada quien sigue haciendo lo que le parece y, para colmo, nos ha caído una plaga de bocinas estruendosas, trasmisoras de obscenidades.
  ¿Qué hacer? Cinco años y medio después, esa continúa siendo la pregunta. Está claro que los buenos modales y costumbres, el respeto a las leyes, a cuantos nos rodean y a nosotros mismos, no surgen por generación espontánea ni simplemente porque lo deseemos. Han de cultivarse, enraizarse, robustecerse y preservarse.
   A la educación  debemos seguir apostando, ante todo en el hogar. La familia, sí, que ha de ocuparse, lo mismo de llevar comida al plato, que de enseñar cómo sentarse a la mesa. Igual la escuela, los maestros, que han de ser modelo de corrección. Y en muchos otros espacios, que educar convierte todo en forja y a todos en sujeto, y por cuanta vía sea posible hemos de sembrar conciencia, valores.
   La educación, sin embargo, no es el único mecanismo regulador de la conducta humana. Sonrío al escuchar a un compatriota recién llegado de un viaje, ponderar el orden, la disciplina, la limpieza hallados “afuera”, y acabo siempre preguntándole si probó a tirar un papel o una colilla a la calle. Claro que no. Bien sabía que, de hacerlo, no le alcanzaría el dinero que llevaba para pagar la multa.
   ¿Y aquí? Entre equipos, combustible, trabajadores, insumos, ¿cuánto gasta el país en cada operación de saneamiento de La Habana?, ¿y cuánto tardan en reaparecer los basurales?, ¿qué economía resiste esa sangría, a todas luces inútil, porque la loma de malolientes desechos, tirados en cualquier esquina, no baja?
   Admitámoslo. Hoy por hoy, palabras como urbanidad, contención, pudor, civismo, respeto, nada significan para muchos de nuestros conciudadanos, como tampoco los llamados a entender y rectificar los razonamientos, las apelaciones al sentido común, al decoro, la sensibilidad y la vergüenza. Y, mientras más tiempo pase, más serán, pues nada se parece más al marabú que el mal ejemplo.
   La impunidad ha alentado el desorden. Esas mujeres de las que hablé -y hombres, también-, van por la calle con una botella como quinta extremidad, sencillamente porque nadie les llama la atención, lo mismo que pululan quienes arrojan todo tipo de desechos en lugares públicos, baldean su parte de la acera en días y horarios no establecidos o aligeran la vejiga a pleno sol y a la vista de todos, sin recibir la sanción que merecen y nuestras leyes prevén para esas y muchas otras infracciones y contravenciones.
   Comparto el criterio del General de Ejército, de que “el denominador común de todo este fenómeno ha sido y es la falta de exigencia de los encargados de hacer cumplir lo establecido, la ausencia de sistematicidad en el trabajo en los diferentes niveles de dirección y el irrespeto, en primer lugar, por las entidades estatales de la institucionalidad vigente, lo cual, por otra parte, menoscaba su capacidad y autoridad para exigir a la población que se atenga a las regulaciones existentes”.
   Del imperio de la ley se ha hablado bastante en estos meses, desde la presentación del anteproyecto de reforma constitucional al Parlamento y, luego, durante la consulta popular. Y de eso se trata, de que impere, en todo y para todos. Pero, para hacerla valer y cumplir, no es preciso esperar que entren en vigor la nueva Carta Magna y la legislación complementarla. Con lo que hay podemos hacer muchísimo para restablecer el orden y la disciplina.
   No en ésta, en ninguna sociedad cada quien vive a su aire y obra a su antojo. Reglas y normas existen, están para cumplirlas y hay que hacerlas respetar. El ¿hasta cuándo? y ¿hasta dónde? en el dejar hacer, dejar pasar de tantos años, depende de nosotros.
   En esa parte del tejido social sana, pero doliente, y marginada a golpe de marginalidad, hay suficientes virtudes y reservas morales para revertir la situación, pero, urge la acción enérgica y sistemática de los agentes del orden y demás órganos estatales y de gobierno competentes. Será una clarinada, la muestra de que nadie está por encima de la ley ni puede burlarla o quebrantarla impunemente.
   Ojalá esta vez se cumpla eso de que “a lo mejor, para el año que viene” y no siga siendo esta una asignatura pendiente. No tengo ni que pensarlo: para 2019 es mi más grande anhelo.

Comentarios   

 
0 #1 Nancy 16-01-2019 21:27
Concuerdo con lo planteado en el artículo,pienso que de lo que se trata es que sea perdido la educación cívica, qespero que cuando se elabore el código de familia se establezcan reglas de convivencia ciudadana que regullrl comportamiento de los ciudadanos
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