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Seamos gigantes, no pigmeos

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La calle principal de mi pueblo, o para ser exacta, tramos de esa vía principal -que como la de cualquier otro núcleo urbano similar de Cuba lleva el nombre de Martí- habría dado una excelente historia que contar a los creadores de aquellos “muñes” checoslovacos, muy populares en su época y que Multivisión está desempolvando.
   En sus protagonistas -esos dos torpes amigos, cuya ilimitada capacidad para la chapucería hace al espectador debatirse entre la carcajada y el horror- no pude sino pensar días atrás mientras contemplaba, fascinada e incrédula, el desastre de lo que se suponía arreglo.
   La nueva capa de asfalto elevó la calle casi o a ras mismo de las aceras, y habrá que ver qué pasa cuando diga a llover. Por si no bastara, la subida del pavimento convirtió los registros en temibles baches, que tuvieron al barrio con el alma en vilo hasta que llegó otra brigada, pero no para “bajar” la calle -como dicta la lógica-, sino para traer a la superficie las tapas con un relleno de concreto, que el tiempo dirá si resuelve y aguanta.
   ¡Cuánto recurso mal empleado! ¿Y qué hacer? Por cosas así alguien tendría que responder, y no precisamente con un “mea culpa”, las justificaciones de siempre o alguna que otra sanción administrativa.
   Cuando los responsables -personas jurídicas y naturales- tengan que pagar de su bolsillo los daños y perjuicios derivados de sus incumplimientos, negligencia, improvisación, falta de control y exigencia, violaciones de normas tecnológicas e incompetencia, ese día podrá ser inscrito como el principio del fin de la chapucería.
   Para eso hace falta legislar, crear instancias y, sobre todo, mecanismos que promuevan y aseguren un real, efectivo y cada vez mayor empoderamiento de los ciudadanos, su participación en la vida socioeconómica de cada municipio, en la concepción, aprobación, control, fiscalización y evaluación de lo que allí se hace y deja de hacer, planes e inversiones, destino y manejo de los recursos, gestión y resultados de empresas e instituciones…
   Ojalá fuesen solo esos tramos de calle y dislates. Chapucería es, ni más ni menos, cualquier obra hecha sin arte ni esmero. En nuestras vidas se ha instalado, ¡y de qué manera!
   Nos acostumbramos a prescindir del buen gusto y lo bien hecho, y la convivencia ha terminado por convertir en hábito la chapucería y se han vuelto comunes los pretextos y excusas, con la escasa remuneración como disculpa.
   “Que paguen más, si lo quieren mejor”, alegan impúdicos no pocos chapuceros. “Por ese salario, bastante hacen”, justifica más de una víctima, compasiva y resignada, y pareciera que es Don Dinero quien puede devolverlo todo a su sitio, incluida esa calidad de la que tanto hablamos y que tanto sacrificamos.
   Eso es un espejismo. La chapucería lleva más tiempo con nosotros que los salarios deprimidos. Por otra parte, ¿cuántos chapuceros no hay, también, entre los trabajadores del sector no estatal, que ponen precio a sus productos y servicios?
   ¡Quién no quiere mejor sueldo y, sobre todo, que aumenten sus ingresos reales! Pero, ¿cuánto valen el amor a lo que se hace y el gusto y afán por hacerlo bien, la alegría de saberse útil? ¿Qué precio tienen el orgullo profesional, la vergüenza, el sentido del honor, el deber y la responsabilidad, la dignidad, el respeto a los demás y a uno mismo?
   Hablo de valores invaluables, a los cuales no podemos renunciar, como tampoco esperar por la bonanza económica para reivindicarlos, entre otras cosas, porque sin esos y otros valores resulta inconcebible y no tendría sentido, mérito ni la menor posibilidad de éxito la tarea de construir el Socialismo.
   Urge, pues, afianzarlos y enraizarlos, alentarlos y enaltecerlos en nuestra sociedad, como urge, también, la siembra temprana y el cultivo paciente en los niños y adolescentes de hoy, que serán los trabajadores del mañana.
   Puedo imaginar su confusión. Si miran a su alrededor y ven lo que nosotros, ¿qué pensarán de la máxima martiana El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos, que preside cada año la exposición de círculos de interés del Palacio Central de Pioneros Ernesto Guevara? Probablemente les parezca hermosa, sí, pero inescrutable, ajena, remota.
   Seamos mejores, para enseñarles, con la fuerza del ejemplo, a ser buenos y a distinguir, amar y practicar el bien. Démosle la razón al Maestro, porque la tiene, y elijamos ser gigantes, no pigmeos.

Comentarios   

+1 #1 Felipe Baez Matos 18-09-2014 10:06
Buen dia periodista ¿usted es de Manzanillo?
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