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Sin la rigidez alemana, pero sí velando por dominar el tiempo

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A diario nos enfrentamos a situaciones que nos alteran el ritmo cotidiano, porque planeamos ver a una persona para determinado asunto, o acudimos a una dependencia estatal de trámites y hasta a una consulta médica y sufrimos las consecuencias de la impuntualidad.
La exactitud para llegar en el momento indicado al lugar donde planificamos ir no es exclusiva de los alemanes como algunos afirman, bien puede cualquier persona ser puntual en sus actividades si crea hábitos para dominar el tiempo.
Es cierto que a veces no depende de nosotros llegar a la hora precisa, por problemas con el transporte o porque en el último momento antes de salir de la casa surgió una situación imprevista, pero no siempre existen esas razones.
El ritmo de la vida en la actualidad tiene sus inconvenientes para ir de un lugar a otro, de una gestión a otra, ajustando con precisión los tiempos necesarios. Requiere entonces que hagamos un esfuerzo mayor.
Desde la niñez los padres pueden enseñar a sus hijos a establecer prioridades y crear horarios para sus actividades. La llegada a tiempo a la escuela resulta un aspecto primordial, que a lo largo de la vida de ese individuo repercutirá favorablemente.
No sin razón muchos afirman que quien desde niño llega puntual a su centro de estudios, de adulto también estará en su lugar de trabajo a la hora indicada.
Para los morosos resulta conveniente anotar el día anterior en una hoja de papel las actividades de la jornada siguiente, pedir a quienes les rodean que los alerten sobre la hora a la que deben hacer esas tareas o hasta buscar la compañía de quienes se dirigen al mismo lugar y lo hacen con puntualidad.
El reloj es un elemento de gran apoyo, tanto para levantarnos por la mañana como para guiarnos sobre la hora que está establecida para cada tarea.
Pero para que se cumpla debemos ser todos veladores de ese precepto, porque en ocasiones estamos en el tiempo indicado en una consulta médica, en una entrevista de trabajo o en una gestión en una institución y resulta entonces que quienes debían atendernos llegan tarde.
Otras veces el caso es a la inversa, somos nosotros los que citamos a las personas para una reunión, una recogida en un vehículo o hasta para ir a una actividad recreativa y no medimos bien el tiempo y dejamos a esos individuos en la ansiosa espera, porque somos impuntuales. La puntualidad es un árbitro de las relaciones interpersonales y si somos incumplidores puede menoscabar hasta una amistad.
Estudiosos del tema la consideran como el verdadero árbitro de relaciones humanas que deben estar marcadas por la armonía y el buen hacer, es por ello considerado como un valor muy positivo en la convivencia cotidiana.
La impuntualidad causa daños y perjuicios, a veces morales y otras materiales, y resulta a su vez algo irrespetuoso con los demás porque abusamos de su paciencia y de su tiempo.
Una sociedad equilibrada, que trabaje por el desarrollo y mejoría no solo de la calidad de vida de sus miembros, sino también de la convivencia entre ellos, requiere de individuos que aprendan a dominar el tiempo, a otorgarle a cada tarea la prioridad requerida.

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