De tal palo...tal astilla

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Un ambiente familiar en el cual prevalecen ciertos grados de violencia, irrespeto, hábitos de adicción alcohólica o de otro tipo, resultan propicios para que los menores crezcan  con mala conducta.
  Muchas veces  reflejan esa formación distorsionada del hogar cuando acuden a la escuela o se reúnen para jugar. Quienes conocen a sus progenitores sentencian entonces: De tal palo … tal astilla.
  Así, si los padres son chabacanos, mal hablados, irrespetuosos con los adultos, si hacen oídos sordos al reclamo del vecino porque pone la música alta, tira a la calle la basura o deja correr el agua en perjuicio de otros, entonces sus descendientes tendrán un  alto porcentaje para imitar tales conductas.
  Ocurre lo contrario cuando en el hogar existe armonía, respeto, preocupación porque los niños y jóvenes  estudien, se expresen correctamente, hagan sus deberes escolares, crezcan de forma integral.
  En el seno familiar resulta oportuno sensibilizar a los más pequeños con el hermoso sentimiento de la solidaridad, de la ayuda al prójimo, enseñarles que a enfermos, ancianos, discapacitados, mujeres embarazadas se les debe apoyar en cualquier circunstancia, ya sea al subir o bajar del ómnibus, cargarle un paquete, ayudar a cruzar la calle o cederle el asiento.
  La forma de conducirse socialmente niños y jóvenes está regida mayoritariamente por los patrones de conducta que trata de seguir, de ahí que deba velarse porque sean los adecuados.
   A veces los padres no calculan lo dañino que resultará en la vida de su hijo acostumbrarlo a que le encienda los cigarrillos o a compartir con él un trago de ron. O también a que participe en fiestas con individuos chabacanos y vulgares cuya conducta social no es digna de imitar.
 Lo más eficaz en la formación de los hijos es el ejemplo positivo de quienes les rodean, tanto de la familia como de sus amistades.
  Y aquí viene a colación esa frase popular de “Dime con quién andas, y te diré quién eres”, porque en las edades tempranas hay una marcada tendencia a imitar los comportamientos de aquellos con los cuales comparten el día a día.
  No demerita como algunos piensan, tener un gesto respetuoso y amable, decir por favor, gracias, pase usted primero, buenos días, con su permiso. Al contrario, engrandece ante la vista de quienes saben valorar esas actitudes.
  Los modales para hablar, sentarse a la mesa, dirigirse a una persona mayor y mantener un buen porte y aspecto, entre otros detalles, se van fomentando desde la infancia.
   Antes era muy natural escuchar a las abuelas indicando a las nietas cómo mantener una postura correcta, con las piernas colocadas adecuadamente al sentarse, o la forma de dirigirse a personas que por edad o jerarquía precisan de un trato respetuoso.
  La prisa con que vivimos parece servir de justificación a algunas personas para dejar a la escuela la enseñanza y también la transmisión de buenos hábitos y valores éticos, pero si el niño no recibe en su casa la educación requerida, de poco servirá la instrucción escolar.
  De buena madera ha de ser la familia, para trasmitir valores realmente perdurables, con el fin de que lo que se desprenda de ella no sea una mala astilla.

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