La Habana, Jueves 30 de Marzo de 2017 02:42 am

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Psss… no quiero ser oyente pasivo de tus improperios

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La Habana, 7 mar (ACN) Si hay algo que siempre ha distinguido al cubano es esa manera de ser en la que sobresalen la solidaridad, la alegría que se manifiesta con una sonrisa a flor de labios y su disposición de ver el lado positivo de lo cotidiano, aunque en ocasiones sea complicado.
  Quienes han observado su forma de conducirse coinciden en que se caracteriza por gesticular cuando habla, a veces con un uso excesivo de las manos, o hasta de hombros, y el cuerpo en general.
   También cuenta con ese gracejo de ser oportuno al manifestar uno que otro refrán para calificar algún hecho y encontrar el chiste ideal cuando un momento se torna tenso.
   Todo eso resulta válido y diría mucho más, representa algo digno de reconocer. Los que no clasifican como positivos y tienen un efecto alarmante son esos altavoces con los que vociferan muchos individuos de igual forma en una conversación, que en el centro de trabajo o de estudios y en la calle.
   A diario sufrimos la gritería, la falta de privacidad con la cual
muchos sujetos cuentan de igual forma a voces lo que vino a la bodega, que la relación con su pareja o  lo que le indicó su jefe.
    Si vas en un ómnibus te hacen partícipe de sus historias, aunque no quieras oírlas, no hay límites en narrar lo más insospechado y algunos pienso que hasta sienten un goce interno cuando alardean del dinero ganado en un “bisne” o negocio oscuro, o al decir desprejuiciadamente sus conquistas amorosas.
   En Cuba, donde la convivencia en barriadas o urbanizaciones no dan mucho margen para la privacidad, porque edificios y viviendas están separadas por estrecho margen, ser oyente pasivo de improperios vertidos por esos seres escandalosos, representa un castigo que sufrimos muchos.
  Vamos a abogar todos porque se  restituyan las buenas maneras, la delicadeza y la cortesía en las relaciones interpersonales, porque el cubano en cualquier lugar que esté, dentro o fuera de la Isla, no sea calificado como el escandaloso, el que raya en la vulgaridad por su lenguaje gestual, por el vocabulario soez hasta para referirse a algo bueno.
   Soy de las que llamo a la reflexión a esos que gritan al hablar, bien sea en mi cuadra, o en el lugar donde estoy, y créanme que hasta ahora he logrado que hagan mutis, tal vez porque se sorprenden de que existen formas civilizadas y moderadas de dirigirse a los demás, sin ofender pero siendo firme en la reclamación de tener una actitud educada.

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