Cuba: el declive de las sustancias agotadoras del ozono

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En la impresionante cantidad de foros de negocios e instrumentos jurídicos internacionales que existen sobre medio ambiente sostenible y desarrollo, sobresale el Convenio de Viena para la protección de la Capa de Ozono, suscrito en 1985 en la capital de Austria, a la cual debe su apelativo.
   Hasta ese momento había un problema ambiental global impredecible, debido al creciente consumo y producción de productos químicos industriales, como los clororofluorocarbonos (CFC), empleados en  refrigeradores, acondicionadores de aire, nebulizadores, sobre todo para el tratamiento del asma, espumas aislantes y mobiliarios.
   Entonces, eran consideradas sustancias muy atractivas por ser estables y no tóxicas, aunque en las capas altas de la atmósfera se descomponían bajo la radiación solar e impactaban en la capa de ozono que, a esos niveles, actúa como escudo protector de la tierra.
   La ausencia de esa especie de sombrilla provoca una mayor entrada de la radiación ultravioleta a la superficie de nuestro planeta, lo cual afecta el sistema inmunológico de los seres vivos y provoca trastornos, incluidos los cánceres cutáneos y daños oculares.
   Pero el Convenio de Viena no estableció regulaciones específicas y solo alentaba la investigación, la cooperación entre las naciones y el intercambio de información.
   Solo dos años más tarde, surgió en 1987 el Protocolo de Montreal sobre las SAO, del cual Cuba es signataria al igual que el de Viena.     
   Así se sumó al empeño internacional por eliminar las sustancias agotadoras de la capa de ozono (SAO) y el 16 de septiembre de 1995 creó la Oficina Técnica del Ozono.
   Pese a ser un país pequeño con limitados recursos económicos, aunque sí con una gran vocación ambiental, 20 años después de la fundación de la institución, exhibe resultados llamativos.
   El régimen estatal cubano para la protección del ozono se basa en el establecimiento de cuotas, licencias y permisos de importación y exportación de SAO, equipos, productos y sistemas, perfecciona la cooperación con instituciones y organismos, así como estimula a las entidades que las eliminen.    
   Su aplicación posibilitó la supresión de los (CFC) en los aerosoles farmacéuticos, industriales y de los balones en extintores de incendios, de acuerdo con especialistas de la OTOZ.
   Los almacenes ya no son fumigados con bromuro de metilo, ni se usa en el cultivo del   tabaco, café, flores, plantas ornamentales, tomates y pimientos; y  desapareció el empleo del tetra cloruro de carbono en los laboratorios, así como el metil cloroformo y los CFC   en la refrigeración doméstica y comercial.
   Con su Revolución Energética, Cuba erradicó el consumo de CFC en la refrigeración.

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