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Sobre el uso de las mayúsculas y minúsculas  

 

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Un contenido donde se dan diferentes tendencias en la práctica es el uso de las mayúsculas y minúsculas. En contra de lo que cabría suponer por la distribución y la frecuencia de uso de cada una de estas formas en la actualidad, las letras mayúsculas son muy anteriores en el tiempo a las minúsculas, que hacen su entrada en época relativamente tardía. Así, hasta mediados del siglo II n.e. hizo su aparición la llamada minúscula cursiva como una evolución natural de la mayúscula cursiva.

El uso distintivo de minúsculas y mayúsculas es una convención gráfica, que solo se da en algunos sistemas de escritura y de correlato en el plano fónico. Las letras mayúsculas representan los mismos fonemas que las minúsculas correspondientes. Se trata de variaciones formales de un mismo grafema, por lo que su equivalencia oral es idéntica. Esto no significa, sin embargo, que su empleo sea indistinto y puedan intercambiarse libremente. Todo lo contrario: dado que la mayúscula se ha establecido como el término marcado, restringido, de la oposición, cada lengua ha fijado sus funciones y las normas que condicionan su empleo. Por ello podemos encontrar usos tan diversos de la mayúscula como el maximalista del alemán, lengua en la que se aplica a todos los sustantivos; el intermedio del inglés, que presenta una considerable abundancia de mayúsculas, o el del español, cuya tendencia a la minusculización ha sido notoria en los últimos tiempos.

En ella las líneas de referencia dejan de ser dos y pasan a ser cuatro, ya que las letras presentan trazos tanto ascendentes como descendientes. Estos trazos favorecen el enlace de las letras, lo que conlleva menor esfuerzo y por lo tanto mayor rapidez y comodidad en la escritura, al no hacer una pausa tras la ejecución de cada letra. Este tipo de escritura conserva la forma mayúscula clásica de buena parte de las letras.

En la época del renacimiento carolingio (siglos VIII y IX n.e.) aparece la minúscula carolingia. Se trata de una letra suelta, muy uniforme, redondeada y armónica, que se mantuvo bastante estable hasta la aparición de la imprenta, hecho que favoreció su posterior adopción como modelo tipográfico. A propósito, fue con la carolingia cuando comenzaron a utilizarse de modo sistemático letras de mayor tamaño y realce para destacar tanto los nombres como la primera palabra de la oración, en contraste con las utilizadas en el resto del texto.

Las normas de uso de las mayúsculas, como las de cualquier otro elemento de un sistema, deberían ser idealmente objetivas e inequívocas en su aplicación. Sin embargo, en el uso de las mayúsculas influye, como en tantos otros aspectos de la ortografía, el peso de la tradición e intervienen otros muchos factores, como la intención de quien escribe, el tipo de texto o el contexto de aparición. Por ello, aunque la mayor parte de las normas que en esta sección se ofrecen son de carácter prescriptivo, existen casos en los que no pueden pasar de ser meras recomendaciones. Pese a ello, conviene insistir siempre que la mayúscula es la forma marcada excepcional, por lo que se aconseja, en caso de duda, seguir la recomendación general de utilizar con preferencia la minúscula.

Luego de esta inevitable y necesaria introducción, remitámonos al Diccionario panhispánico de dudas (2005), obra de conjunto entre la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, donde se dan las recomendaciones que el español da en el uso de mayúsculas y minúsculas.

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