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La latinización de España

 

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El Imperio romano se caracterizó por una forma de gobierno autocrática. Nace de la expansión de su capital, Roma, que extendió su control en torno al mar Mediterráneo.

La latinización de España comenzó desde la llegada de Roma en 218 a.n.e., y continuó hasta la conversión oficial de Hispania en parte del Imperio romano en 19 a.n.e. el gobierno de Augusto. Bajo la etapa imperial sus dominios llegaron a abarcar una superficie máxima estimada de unos 6,5 millones de km².

La lengua oficial de este vasto Imperio era el latín, que se impuso como medio de comunicación entre sus habitantes –dígase soldados, comerciantes, gobernantes, administradores y funcionarios–. Se fue así suplantando poco a poco las lenguas indígenas en los países del occidente europeo. Ese latín primitivo, al verse influido por la cultura helénica tras las guerras púnicas, se va depurando hasta adquirir cualidades literarias, lo que conllevaría a una disociación entre la lengua escrita y la hablada, es decir, el latín popular o vulgar, que fue transformándose por la coexistencia de los variados pueblos que formaban la comunidad lingüística del Imperio.

Ello fue el germen que hizo nacer numerosas modalidades dialectales, y que las invasiones de las tribus nómadas del norte de Europa y el consiguiente desmoronamiento en el siglo V del Imperio asistieron inevitablemente a la ruptura de su unidad idiomática, para ir derivando en lenguas diferentes: las neolatinas, romances o románicas. Una de esas variedades es la lengua española, con un nutrido léxico heredado del latín.

Un rasgo distintivo del latín es la no existencia de un signo ortográfico para indicar el acento –tema al que dedicaremos varios espacios–, pero sí el fonológico de intensidad, siendo las palabras llanas o esdrújulas.

Las palabras bisílabas se acentúan en la penúltima sílaba, mientras que en los vocales de tres o más sílabas lo determina la cantidad de la penúltima, que si es larga, lleva el acento, y si es breve, recaerá en la antepenúltima sílaba. En el Diálogo de la lengua, escrito en 1536, Juan de Valdés dice: «Cuando yo escribo alguna cosa con cuidado, en todos los vocablos que tienen el acento lo señalo con una rayuela.

Bien sé que tendrán algunos esta por demasiada y superflua curiosidad, pero yo no me curo, porque la tengo por buena y necesaria».

No es sino hacia la segunda mitad del siglo XVI cuando se hallan textos en español en los que se emplean signos acentuales sobre la vocal de la sílaba tónica en algunas palabras; mas el uso de estos diacríticos no se convierte en un recurso gráfico habitual hasta el siglo siguiente.

En el XVII se generaliza el uso de diacríticos acentuales, y son ya pocas las obras que carecen completamente de ellos. A partir del XVIII la acentuación gráfica se convertirá en una práctica usual.

El acento depende del tono, timbre, cantidad e intensidad, combinados de modo especial en el habla. A él se refiere cuando decimos que hay un acento argentino, mexicano y habanero.

El llamado acento de intensidad se reconoce, en una palabra aislada, observando la elevación de voz que se produce en la pronunciación de cada una de sus sílabas. El acento prosódico puede también en ocasiones adquirir mayor fuerza y pasar a ser un acento enfático, aplicación simultánea de una mayor intensidad y un tono más elevado en voces que deseamos destacar con alguna intención comunicativa. La tilde en ningún caso tiene la función de señalar la pronunciación enfática.

El español, al igual que otras lenguas europeas, adoptó los signos diacríticos que utilizaba el griego para indicar el acento. Los gramáticos griegos alejandrinos idearon en el siglo III a.n.e. un sistema de acentuación gráfica que se valía de tres diacríticos distintos: el acento agudo (´), que indicaba un ascenso del tono, el grave (ˋ), que suponía también una elevación pero menor; y el circunflejo (^), que reflejaba una elevación y un descenso tonal sucesivos.

Los primeros textos en español que emplean signos diacríticos para indicar la sílaba tónica datan de mediados del siglo XVI.

Con la edición en 1741 de la ortografía académica el español adopta con carácter normativo los acentos grave (cuyo trazo es de izquierda a derecha) y agudo (de derecha a izquierda).

El primero de ellos para las preposiciones y conjunciones (è, ò, ù, à). En 1754, con la segunda edición, suprimió el acento grave y acentúa la preposición á con acento agudo, al igual que las conjunciones é, ó, ú y adopta el circunflejo (^), que es la combinación de los dos, desaparecido ya en la edición de 1815, año de mucha relevancia en modificaciones ortográficas. Las reformas posteriores han sido mínimas, limitadas fundamentalmente a la acentuación, como la inclusión en 1880 de la acentuación diacrítica, y en 1911 elimina el acento en a y en las conjunciones e, o, u.

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