Mariana Grajales, madre y estandarte

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A 128 años de su fallecimiento en Kingston, Jamaica, el 27 de noviembre de 1893, la presencia y memoria de Mariana Grajales se yergue con las múltiples virtudes que hicieron de esta mujer, espartana y tierna, a la vez un estandarte imbatible y un símbolo de la combatiente, sin más armas que su moral inmensa y un amor infinito a la libertad y a su tierra natal.

Venerada en los tiempos que corren como Madre de la Patria, no por decreto, sino por consenso general de la conciencia nacional, no sería este un acto de justicia, pues Mariana ha contado siempre con la admiración y el amor de millones de cubanos, que siempre la vieron como formadora del heroico clan de los Maceo.

Hablamos de una acción que refleja el crecimiento interior y la evolución político-social de sus compatriotas, quienes se debían a sí mismos ese gesto entrañable, maduro, introspectivo y profundo traído por el devenir.

Nacida en Santiago de Cuba el 12 de julio de 1815, era hija de emigrantes dominicanos que incluso no conocieron la esclavitud y tenían una posición desahogada dentro del campo cubano, donde residían en las cercanías del poblado de San Luis.

Aunque no hay evidencias de que recibiera instrucción sistemática, algunos especialistas sugieren que al menos no era totalmente iletrada, pues el desarrollo de su pensamiento y raciocinio así lo hacen pensar. No sería de extrañar que aun siendo mujer y negra en un tiempo tan difícil para su género, la solvencia familiar la pusiera en contacto con las primeras letras.

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Esa idea se ve reforzada por su conducta siempre ética, sus luces claras, valores sagrados como el de la paternidad y maternidad, los cuales puso al servicio de los también sagrados deberes patrios, sin que fueran imposiciones violentas para ello, sino frutos de una educación inculcada desde la infancia, junto con el catecismo y la fe en Cristo.

Los valores de la libertad e independencia también eran primordiales para la familia de génesis, y la que después creó en matrimonio, pues aunque nunca conoció la esclavitud directamente vio sus crueldades muy de cerca e igual padeció efectos discriminatorios.

A los 15 años (1831) se casó con Fructuoso Regüeiferos , fundando su primera familia, en la que nacieron cuatro hijos. Pero enviudó a los nueve años de matrimonio.

Conoció a Marcos Maceo y se unió a él en 1843. Decidieron vivir en la finca propiedad de Marcos en Majaguabo, San Luis. Antonio, el primer fruto de esta unión, nació en 1845.

Sucesivamente vieron la luz José, Rafael, Miguel, Julio, Tomás y Marcos Maceo Grajales, además de tres niñas: Baldomera, Dominga y María Dolores. La última falleció al poco tiempo.

La familia Maceo Grajales tenía recursos para disponer de dos propiedades, una en la ciudad de Santiago de Cuba y otra en el campo, pero preferían la vivienda rural, al parecer porque estaba más alejada de los desmanes y efectos de las desigualdades de una sociedad tan marcadamente racista, además de esclavista.

Aun siendo joven Mariana se distinguía por su temple y la manera puntillosa en que imponía rigor y disciplina en la vida familiar, muy a la usanza en las familias patriarcales de la época. No obstante, esto no impedía que se mostrara tierna y cariñosa con su prole numerosa.

Ningún vástago podía llegar tarde en la noche, se debían respetar con la presencia los horarios de las comidas y su casa era una auténtica expresión de la tan mentada “tacita de oro” en que convertían su vivienda las mujeres hacendosas de entonces, por su limpieza y pulcritud.

Dos días después del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes en Demajagua, el 12 de octubre de 1868, Antonio, José y Justo, tres de sus hijos fueron los primeros en incorporarse a la naciente Guerra de los 10 años. Ella los había reunido antes a todos y los había hecho jurar de rodillas que lucharían por liberar a la Patria o morirían si fuera necesario.

Más adelante todos tomaron parte en esa campaña. Su hijo Felipe cayó ante un pelotón de fusilamiento, en tanto Fermín murió en la acción de Cascorro el 18 de abril de 1874. Le siguió Manuel, quien cayó en el combate de Santa Isabel; luego Justo, fue capturado y fusilado cerca de San Luis, Oriente.

Cuentan sin embargo que la primera pérdida dolorosa fue su esposo Marcos, en mayo de 1869, aunque algunos historiadores plantean que su muerte ocurrió meses después en un hospital de campaña de la Sierra Maestra.

Hacia 1878, al concluir la primera guerra de independencia, solo sobrevivían cuatro de los hijos de Mariana: Antonio y José, los cuales vivieron hasta incorporarse a la Guerra Necesaria del 95 y caer en sus combates; así como Tomás y Marcos.

Como sabemos bien, ella no sólo fue una madre genética y siempre muy presente para su hogar. Jamás quedó relegada en su casa, a raíz de los históricos acontecimientos del 68 en los que prácticamente su familia entera estuvo implicada, por voluntad propia, con un enardecido patriotismo.

A pesar de ser una mujer madura y muy curtida por el trabajo y la vida dura del campo, no lo pensó dos veces y partió a la manigua redentora, acompañada por su nuera María Cabrales, la esposa de Antonio, quien fuera también otra patriota ejemplar.

Viajaban junto a las tropas mambisas, con los hospitales de campaña mambises curando heridos sin recursos y con medicina natural. E iban más allá, pues aquellos curados y fortalecidos por sus cuidados como enfermeras de sangre, como se les llamaba, eran exhortados por estas para volver a la lucha en los campos de batalla.

Vivió sin desmayar y sin una queja, todo lo contrario, siempre llamando al combate y renegando de las lágrimas y la lástima, todas las vicisitudes de una guerra muy cruenta para el Ejército Libertador cubano, muy humilde y a veces vestido de harapos.

Muchos reconocieron y vieron el apoyo irrestricto de Mariana y de María, su esposa, al entonces general Antonio Maceo cuando este protagonizó la inclaudicable Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878.

Se impuso el ominoso Pacto del Zanjón y la disposición a continuar la lucha de Antonio y sus seguidores no pudo sostenerse. Este preparó con mucho rigor la partida de su madre y el resto de la familia hacia el exilio, pues los riesgos que corrían en la Isla eran inmensos, después de la guerra.

Mariana y María salieron para Jamaica en mayo de 1879. Allí comenzó a pasar la vejez llena de dignidad, patriotismo y orgullo, hasta que murió a los a los 78 años. A los 30 años de ese triste suceso sus restos pudieron finalmente ser repatriados y sepultados con honores en Santiago de Cuba.

El 10 de octubre de 2017 fue un hito importante en el homenaje a la Madre de todos los cubanos, Mariana Grajales, pues fue la fecha en que fueron inhumados sus restos junto a los de Carlos Manuel de Céspedes.

Se cumplía el propósito de ubicarlos en puntos cercanos en el área patrimonial central del cementerio Santa Ifigenia, muy allegados al Mausoleo del Apóstol Nacional de Cuba José Martí y de donde, posteriormente, se colocaron las cenizas del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro.

Allí la honra un pueblo que, además, tiene la convicción de aunque sus exequias son sagradas, ella vive más allá del camposanto en el combate que hoy libran los cubanos por la vida y por la libertad ganada.

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