Manuel Ascunce Domenech: el dolor que se multiplicó en saberes

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El 26 de noviembre de 1961, la nación cubana se estremeció y enlutó por un bárbaro suceso: el asesinato del joven alfabetizador, de solo 16 años, Manuel Ascunce Domenech, junto a su alumno campesino, Pedro Lantigua, a manos de bandidos pertenecientes a bandas contrarrevolucionarias operantes en la Sierra del Escambray, pertrechadas y pagadas por la CIA.

Pero los bisoños cubanos y cubanas que integraban las filas de las hoy históricas Brigadas Conrado Benítez –el nombre del primer mártir de la Alfabetización, ultimado también salvajemente- trocaron el dolor sin nombre en mayor determinación, y continuaron librando en su recta final la epopeya de llevar el pan de la enseñanza a los más de 700 mil iletrados de la nación, por valles, montañas y ciudades.

A esa decisión pura y cristalina, tan propia de la juventud floreciente, se unió el apoyo irrestricto de las familias, sobre todo el de las sensibles madres que sintieron como hijo al adolescente inmolado de manera tan monstruosa.

Y sucedió una suerte de maravilla en la vida también maravillosa que en Cuba acontecía: el dolor se transmutó poco a poco en saberes, en sabiduría, en enseñanzas, gracias al proceso que por entonces en el país abría sus puertas, contra viento y marea, bajo la inspiración y guía del líder de la Revolución, Fidel Castro.

De muchas maneras los cubanos también le debieron a Manuel Ascunce Domenech y a Pedro Lantigua, como a Conrado Benítez y a los miles de maestros voluntarios de todas las edades, el éxito de la Campaña nacional de Alfabetización que culminó en victoria el 22 de diciembre de ese mismo año. Algo sin parangón en América Latina y el mundo.

Una vida tan corta como la de Manolito, pues era llamado por su diminutivo, estuvo sin embargo repleta de méritos inimaginables si se quiere.

Aquel adolescente patriota y de pueblo humilde vio la luz primera el 25 de enero de 1945 en la localidad de Sagua la Grande, al centro del país, aunque todavía siendo niño pasó a residir con sus padres en La Habana, en la barriada de Luyanó. Allí estudiaba la secundaria básica cuando pensó con afán formar parte de la alfabetización.

Aunque su familia participaba en las tareas revolucionarias, él no tuvo que ser persuadido o motivado por nadie en particular para decir sí y partir a los campos. Fue algo que nació de él mismo, con esa suave firmeza y entereza que lo caracterizaba, a pesar de su talante dulce y sereno.

Y conste que no debió ser fácil para ese chico tranquilo y muchos de sus compañeros determinar aquel cambio drástico en sus condiciones de vida, aunque fuera temporal, y alejarse del hogar, la familia, del mimo materno, de los maestros, escuelas y amiguitos de siempre. A fin de cuenta muchos eran casi niños empeñados en empinarse y crecer con rapidez para dar su aporte, deslumbrados por los cambios revolucionarios.

Manolito, con voluntad y mucho gusto, fue uno más, alegre y con el pecho lleno de orgullo, entre las miles de personas entregadas a la obra con un fervor nunca antes visto.

Quienes lo vieron por entonces afirmaron que jamás tuvo miedo, ni cedió un ápice ni dudó, ni volvió sus pasos cuando comenzaron a cercarlo los riesgos.

El tenía conciencia de los peligros, sin embargo, pues incluso antes de empezar la campaña la contrarrevolución se había cobrado la vida de Benítez y las bandas operaban también en áreas intrincadas de Matanzas, además de la cordillera del Escambray, donde sembraban el terror por dondequiera que pasaban.

Sin embargo, había una enorme valentía en ese amor de jovencito que era, tan afable y noble que no podía evitar querer ayudar siempre en la medida de sus modestas posibilidades, aunque ello significara un sacrificio.

A esto se unía un actuar serio y disciplinado, que incluía la sensibilidad y solidaridad. Compartía con sus amigos o los necesitados cualquier cosa que fuera suya, con un afán increíble de servir y ayudar al prójimo. Admitía su total identificación con los valores de la Revolución, al igual que sus progenitores, con una madurez poco común a su edad.

Así pues es consecuente que mostrara gran coraje cuando fue capturado por los asesinos en casa del campesino Pedro Lantigua, donde, además, residía.
Allí admitió con convicción y firmeza que él era el maestro, sin arredrarse por la catadura de los sujetos que ya tenían un prontuario criminal en la zona.

Su discípulo y hospedero era un revolucionario buscado por las bandas operantes en Palmarito, Limones Cantero, Escambray, paraje del asesinato, ya que se le conocía como un miliciano activo en el combate de la contrarrevolución.

Según testimonios, Manolito solo hacía una semana que radicaba allí, pues generosamente había cambiado su lugar con una compañera de las brigadas, voluntariamente, con el fin de aliviarla de la lejanía y el aislamiento del sitio de Pedro.
Iniciaba su jornada al amanecer con diligencia, ayudando en las faenas del campo y de noche impartía las clases a la luz del farol.

Los autores del crimen que enardeció a los cubanos e hizo más fuerte la convicción patriótica, fueron apresados y juzgados.

Cuando el Comandante en Jefe Fidel Castro al mes siguiente declarara al mundo la grandiosa nueva de la culminación de la Campaña de Alfabetización, de manera exitosa, los jóvenes reunidos en la Plaza de la Revolución pidieron al líder les señalara cuál nueva tarea ellos debían cumplir.

Héroes y mártires, como Manolito y Lantigua, de aquella gloriosa contienda, no solo vivieron honrosamente su presente con su entrega y sacrificio, también sembraron el porvenir de la Patria.

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