A cinco años de la partida física de Fidel

 

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Nos separan cinco años de aquella dramática fecha del 25 de noviembre de 2016, día en que nuestro pueblo y el mundo conocieron la noticia que parecía nunca ocurriría: Fidel había muerto y para entonces su despedida fue de obligada reflexión sobre su legado, fundado en la inmensidad de los desafíos históricos que venció para lograr la gran obra de emancipación de su Patria, destino que parecía vedado para una pequeña Isla que a la vera del imperio más poderoso de la historia lograba imponerse y alcanzar sus sueños.

No fue su caso el de grandes personalidades de la historia, guiadas en sus primeros años por algún preceptor. Fidel fue su propio guía y sus cualidades no escaparon del presagio exacto del sacerdote jesuíta y profesor del Colegio de Belén, el español Armando Llorente, quien lo consideró su mejor alumno y escribió en su valoración: “Siempre vi en Fidel Castro madera de héroe y estaba convencido de que la historia de su patria algún día tendría que hablar de él.”

No se equivocó el noble jesuíta, aunque no imaginó realmente el destino de su alumno a quien le bastó su primera juventud para imponerse a aquella frustración del proyecto independentista cubano por el naciente imperialismo y a los dogmas que paralizaban al movimiento revolucionario sobre la imposibilidad de hacer una revolución contra el ejército represivo.

Él encabezó la Juventud del Centenario e intentó tomar el cielo oriental por asalto aquel 26 de julio de 1953, con los ataques a los Cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba; y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.

Fue derrotado militarmente y casi la mitad de sus compañeros asesinados salvajemente ante los muros de los cuarteles, en los campos y en las cunetas de los caminos, pero se sobrepuso a lo que para cualquier otro sería una lección de por vida de atemperarse y no tentar nuevamente el destino por los inciertos rumbos de la Revolución en ciernes.

El pueblo reconoció a Fidel como el valiente joven rebelde que le contó en un folleto de título que ya anticipaba su victoria: La Historia Me Absolverá. En ese documento, que fue su defensa en el juicio por los hechos del Moncada, denunciaba los asesinatos sin iguales de sus compañeros, los derechos mancillados, la injusticia gobernante y sobre todo se refirió al proyecto revolucionario que garantizaba con la derrota de la dictadura.

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Después vendría la prisión fecunda del líder revolucionario y sus compañeros, la liberación por presión popular, el exilio en México, la preparación de la nueva etapa y el desembarco del yate Granma el dos de diciembre de 1956, y nuevamente otro duro golpe, con la dispersión de los combatientes en Alegría de Pío y el reencuentro de solo 12 sobrevivientes, días después, en Cuatro Palmas.

En aquel encuentro aseguró la victoria y aquella profecía, casi locura, se hizo realidad poco más de dos años después de encarnizados combates, reveses y finalmente victorias definitivas que hicieron posible el Primero de Enero de 1959, pero a su entrada en La Habana supo adelantarse a su tiempo y así en la alegría del triunfo advirtió que en lo adelante todo sería más difícil, y no se equivocó.

Tuvo que dirigir a un pueblo durante más de 50 años, enfrentando todas las modalidades de agresiones militares, terrorismo, bloqueo, campañas mediáticas que no impidieron la consolidación de la Revolución cubana y del socialismo en el traspatio de EE.UU., que no se resigna a su derrota después de 62 años y que hoy, teniendo como aliada de sus planes genocidas a una terrible pandemia, estrecha su bloqueo y aplica las más novedosas estrategias subversivas del mundo digital y real, para cosechar una y otra vez iguales derrotas a manos del pueblo de Fidel.

Su vida estuvo regida por la máxima martiana de que “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz” y como deseo postrero pidió que su culto no se concretara en monumentos, ni su nombre honrara obra alguna.

Aunque sería un acto de justicia, él no necesita para seguir viviendo esos tributos, ni que se le recuerde solamente en actos de rememoración en sus fechas de vida, basta que sus enseñanzas y ejemplo de Comandante invicto sigan vivas en nuestro pueblo que no deja de asaltar el cielo, como él lo enseñó y de hacer frente a los renovados retos y peligros que enfrenta la nación cubana.

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