En Guantánamo, precaución contra inundaciones ante proximidad de noviembre

 

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Muchas de las inundaciones acontecidas en Cuba están asociadas a la acción de los ciclones tropicales durante gran parte del año, debido a su localización en el Mar Caribe, cuyas características resultan ideales para la formación de eventos hidrometeorológicos extremos.

Sin embargo, la preparación para combatir los efectos de esas fuerzas ciegas de la Naturaleza, es permanente y se agudiza durante la temporada más activa de huracanes, inaugurada el primero de junio y prevista para concluirse el 30 de noviembre.

Imposibles de domeñar, algunos fenómenos hidrometeorológicos visitan a la mayor de las Antillas anticipadamente, como el que con el nombre de Ana irrumpió el pasado 22 de mayo.

Otros se impacientaron menos, como Sam que dilató su presencia hasta principios del mes en curso.

En medio de ambos, la depresión tropical Fred, el sexto organismo de la actual temporada ciclónica, dejó en el Alto Oriente escasa agua embalsada y grandes lluvias que no provocaron daños, antes de proseguir su trayectoria hacia el centro y occidente de la ínsula caribeña, donde se hizo sentir.

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La poca profundidad y relativa corta longitud de los numerosos ríos y arroyos que conforman la red fluvial de Cuba estimula grandes anegaciones, al contar con una capacidad de evacuación de las aguas, muy por debajo de las torrenciales cantidades de precipitaciones que acompañan a los organismos tropicales.

Ante la inminencia de noviembre, colofón de la etapa, no tiene cabida descuidar precauciones, particularmente en Guantánamo, en cuya capital provincial tuvieron lugar en mayo y noviembre de 1993 y 1994, los cuatro golpes de agua más demoledores en la historia de la ciudad.

Ellos fueron causados por las avenidas del río Guaso, y su afluente el Bano, que confluye con el primero al norte de la demarcación, y en las referidas fechas provocaron cuantiosos daños al anegar el Consejo Popular San Justo y otros rincones de la sexta urbe cubana con más habitantes.

La creación del embalse regulador Faustino Pérez, dotado de compuertas para facilitar el trasiego de la primera de las corrientes fluviales, constituyó un paliativo, pero no la solución puesto que el Bano sigue subordinado a la corriente principal, aunque su caudal se afecte por la derivadora hacia la presa Jaibo.

Casi tres décadas después, las autoridades municipales no pasan inadvertidas las estadísticas de los pasados años 90, durante las reuniones del Grupo Temporal de Trabajo, en las que se discute aun con celo el combate contra la COVID 19, y también todas las encrucijadas meteorológicas.

Puesto que es posible que estén pendientes algunas visitas ciclónicas acompañadas de abundantes lluvias, se insiste en la conducta previsora de la población durante las inundaciones, fenómeno que en el siglo XX cobró la vida a tres millones 200 mil personas en el mundo, más de la mitad del total de fallecidas por catástrofes en ese período.

Entre las precauciones fundamentales figuran no cruzar ríos crecidos, zonas inundadas o puentes peligrosos; evitar tocar cables del tendido eléctrico en el suelo, y no pescar ni bañarse en embalses crecidos, cauces fluviales ni zanjas.

También se preconiza el alejamiento de lugares donde exista alguna probabilidad de derrumbe, desconectar en el hogar el interruptor eléctrico principal y cerrar las válvulas del gas y del agua, sobre todo en un territorio cuyo nombre significa Tierra de Ríos o Río de la Tierra, alguno de los cuales durante 1993 y 1994 fueron causa de desasosiego en la capital provincia más al Este de La Habana.

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