Rescate de Sanguily, la carga al machete que todavía relampaguea

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Sólo 35 de sus mejores jinetes acompañaron al Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz el ocho de octubre de 1871, en el rescate al brigadier Julio Sanguily, la fulgurante y exitosa acción de la caballería camagüeyana, que derrotó a una columna española de 120 efectivos mejor equipados –algunos afirmaron que eran 300-, en las sabanas cercanas a Puerto del Príncipe.

Transcurría la Guerra de los 10 Años (1868-1878). Y allí, en los llanos camagüeyanos, no sólo se mostró ese día el poder de convocatoria de un joven gallardo, corajudo y lleno de pundonor, junto a su sobresaliente impronta de jefe mambí y soldado modélico.

Se plasmó la superioridad moral, esa que lleva a logros reales y materiales, de las ideas y los sentimientos, cuando responden a una voluntad imparable, a principios justos y valores acendrados.

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En la víspera de su rescate, el brigadier Julio Sanguily fue hecho prisionero por una columna enemiga mientras pernoctaba, con permiso del mando, en el rancho de una campesina de la zona, donde se lavaba su ropa e intentaba reponerse de algunas heridas.

Uno de sus ayudantes logró escapar y llegar hasta el campamento de Agramonte y así informarle del percance.

De inmediato, el Mayor concibió un plan para rescatar, vivo o muerto, al oficial mambí, con una trama muy arriesgada. En lenguaje moderno, diríase que Agramonte formó una tropa élite para ejecutar la audaz acometida, con la selección de la mitad de los soldados que lo acompañaban en ese momento, los cuales eran unos 70.

Y no era un secreto para los mambises del lugar y los españoles de los alrededores que el gimnasta y aficionado al tiro deportivo y de caza que fue Ignacio Agramonte había formado filas de combatientes disciplinados y arrojados al mismo tiempo, con un avance y una fuerza de choque demoledora. Así lo ratificó poco después el enemigo, muy a su pesar.

Aquí aparece, con el hacer destacado que siempre tuvo, el capitán de origen estadounidense Henry Reeve, apodado El inglesito. Un joven de mucha marcha y pericia, en medio de obstáculos increíbles.

Este sirvió antes de la acción para investigar con rapidez el lugar donde tenían al prisionero mambí, las características de la columna enemiga y las vías de acceso. Todo ello a un ritmo vertiginoso.

Con los resultados averiguados por Reeve y con él también al lado, Agramonte se dirigió al lugar para entrar en acción de manera relampagueante. Una carga auténtica que hoy se consideraría “de película”. No hay dudas.

Visualicen esto: Cuentan que el Mayor y sus hombres entraron trepidando por el frente a la fuerte columna hispana y salieron por el fondo con Sanguily montado en un caballo.

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El prisionero iba a pie, vestido de soldado español y siguiendo amarrado la grupa de un cabo. Gritó “Viva Cuba libre” para que los suyos lo identificaran y así fue alzado a una montura amiga, en medio de la dura refriega.

En el trayecto habían causado 11 bajas mortales al enemigo, varios heridos, la total estupefacción de los ibéricos, sorprendidos en lo más profundo y también habían plantado el germen de un sentimiento de desmoralización que los minó por algún tiempo, frente a las tropas de aquel casi homérico Mayor.

Algunos también creyeron que de esos sucesos emanó el comienzo del odio sin tregua que el Ejército español tuvo por el Mayor General Ignacio Agramonte, algo que lo llevó posteriormente a tratar con sadismo, quemar y desaparecer su cadáver tras su muerte el 11 de mayo de 1873.

“¡Corneta, toque a degüello!” Fue el grito del Mayor tras una breve arenga a su tropa, pues al brigadier se le conducía a toda prisa hacia Puerto Príncipe donde seguramente le esperaba un Consejo de Guerra urgente y el fusilamiento, como era de rigor en aquel tiempo.

Los cubanos siguieron a Agramonte a todo galope, rescataron al oficial, diezmaron la tropa española y capturaron decenas de caballos, monturas, una tienda de campaña y una buena cantidad de proyectiles, revólveres y sables.

Entre los hombres del mambisado hubo alegría indescriptible, abrazos al brigadier y cuentan que Agramonte repetía contento, sin cesar, que sus soldados no habían peleado como hombres, sino como fieras, tal fue el voltaje de la entrega.

Desde luego que los hispanos no se dispusieron a hablar de tamaña vergüenza. Pero esa victoria grata a los cubanos pasó a la historia muy a su pesar con el nombre de Rescate de Sanguily, primero divulgado de boca en boca por los protagonistas criollos.

Era un momento en que los males internos de nuestro primer proceso emancipador todavía no eran tan ostensibles y dañinos, como sucedió al cabo de los años. Un hecho como el realizado por Agramonte, junto a su historial destacado, daba por entonces mucha fe en la futura victoria.

No fue una batalla de combate en sí misma, tal vez una verdadera escaramuza militar, poco importa. Sin embargo tiene hasta hoy un precioso mensaje. Cuba siempre la recuerda.

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