Aniversario 125 de la victoria de Maceo en Ceja del Negro

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Durante casi todo el año 1896, el destino más común de las tropas colonialistas españolas recién llegadas a Cuba era la provincia de Pinar del Río con el fin de cumplir el plan estratégico del Capitán General Valeriano Weyler de cercar y destruir al contingente invasor dirigido por el Lugarteniente General Antonio Maceo, que había atravesado la Isla desde la región oriental y a su paso derrotó a todas fuerzas que se le opusieron.

El prócer mambí había llegado el 22 de enero de 1896 al lugar más occidental de la Isla, el pueblo de Mantua, tras atravesar más de mil kilómetros en una isla larga y estrecha ocupada por más de 300 mil soldados españoles, lo cual fue calificado como la hazaña del siglo por prestigiosos especialistas militares de la época que seguían la guerra en Cuba.

Mientras se despachaban los trenes atestados de los imberbes quintos del ejército español, reclutados dentro de la clase más pobre del campesinado de ese país, Maceo se hacía más fuerte en las serranías pinareñas de las que descendía para hostigar y derrotar a las columnas enemigas, que solo dominaban los pueblos fortificados y de donde salían de operaciones a campo traviesa únicamente en grandes concentraciones de tropas.

En la región de Viñales, en Pinar del Río, a inicios de octubre de 1896 varias columnas hispanas de las tres armas se dispusieron a cerrar el camino a las tropas del Titán de Bronce y desalojarlas de sus posiciones en las elevaciones.

Las fuerzas independentistas ocuparon un macizo elevado llamado Ceja del Negro, contra el cual avanzaban las fuerzas colonialistas que superaban ampliamente a las huestes insurrectas.

El plan español era simple: cercar e impedir el movimiento a los cubanos, batir sus posiciones con la artillería y con los más de 2000 soldados liquidar la resistencia mambisa. Los jefes hispanos comunicaban a diario su avance por la vía del telégrafo al Palacio de los Capitanes Generales, donde Weyler debió redoblar la guardia de telegrafistas para seguir de cerca las operaciones que parecían garantizar una segura victoria.

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Una circunstancia sería aciaga para los españoles en la batalla de Ceja del Negro, porque fue esa una de las escasas ocasiones durante toda la guerra en que el Ejército Libertador tuvo sus cananas llenas de parque y nuevas armas, incluyendo una pieza de artillería al llegarle por la Península de Guanahacabibes el 18 de septiembre de 1896 una expedición al mando del patriota puertorriqueño Juan Rius Rivera.

En el contingente venía José Ramón Villalón Sánchez, ingeniero de 32 años de edad, quien perfeccionó la pieza de artillería que trajo consigo: un novísimo cañón neumático Simms-Dudley, de 100 milímetros, en cuyo diseño, fabricación y prueba había intervenido en EE.UU para adaptarlo a las acciones de campaña en Cuba y su estreno fue letal para el enemigo.

Al amanecer del 4 de octubre un destacamento de soldados peninsulares de forma despreocupada se dedicaba a su rutina diaria en una fortificación ubicada en la elevación, cerca del camino entre Viñales y Pinar del Río, donde debían cerrar el avance a los insurrectos, sin imaginarse que estaban bajo la mira del cañón neumático mambí.

Solo pudieron percatarse de lo que les venía encima cuando un largo proyectil cargado con un kilogramo de dinamita terminó su lenta parábola para detonar en el centro de la tropa, convirtiendo la posición en un amasijo de cadáveres y de restos ensangrentados. Se había generalizado la batalla.

La posición del cañón mambí resultó duramente castigada, cayeron la mayoría de sus guardianes, los mulos para su traslado fueron muertos y la pieza solo se pudo salvar por la intervención personal de Villalón Sánchez, quien por sus desempeños en este enfrentamiento y en otros alcanzaría los grados de Teniente Coronel y sobrevivió a la guerra.

Las fuerzas independentistas resistieron en sus posiciones de Ceja del Negro, contra la cual avanzaban columnas españolas de las tres armas, que las superaban ampliamente, y amenazaban con irrumpir en las formaciones mambisas y hacer realidad los planes de cerco y aniquilación de los defensores.

Pero en los momentos más comprometidos de la batalla, Maceo reinstauró el orden cuando parecía que las vanguardias hispanas tendrían éxito, lo que hizo a los colonialistas retirarse y atacar a la impedimenta mambisa refugiada en una cañada cercana, con alto saldo de muertos y heridos, la mayoría mujeres y niños.

La infantería de los insurrectos les hizo pagar caro esas bajas y fulminó a los atacantes desde posiciones camufladas en la espesa vegetación de Ceja del Negro.
Las bajas españolas fueron de alrededor de 500, prácticamente un batallón completo, entre muertos y heridos, en una sola batalla, de los aproximados 25 de que podía disponer el mando ibérico en la región y las pérdidas cubanas fueron mucho menos.

Fue una de las últimas hazañas militares del Titán de Bronce, con la que derrotó definitivamente la ofensivas de Weyler en Pinar del Río y acercó su fracaso como Capitán General en la Isla, a pesar del genocidio que aplicó durante la llamada reconcentración en la que más de cien mil campesinos murieron de hambre, malos tratos y enfermedades, la mayoría mujeres, niños y ancianos, para evitar que apoyaran a los insurrectos en el campo.

El 7 de diciembre del propio año, cayó Maceo en San Pedro, cuando se proponía regresar al centro y oriente del país por orden del Generalísimo Máximo Gómez para restaurar el ímpetu combativo y hacer frente a expresiones de división e indisciplinas en las filas insurrectas, cuando ya España era incapaz de resistir la guerra de desgaste impuesta por el Ejército Libertador.

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