Segunda intervención yanqui o la consolidación del dominio imperialista

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El 29 de septiembre de 1906, se inició la segunda intervención estadounidense en Cuba, a tenor de la Enmienda Platt solicitada por el presidente Tomás Estrada Palma ante la sublevación armada de sus adversarios del Partido Liberal, iniciada en agosto por el rechazo a su reelección fraudulenta y contraria a lo estipulado por la Constitución cubana.

Bajo la presidencia de Teodoro Roosevelt el gobierno de Estados Unidos, después de algunos intentos fracasados de mediar entre los contendientes, aceptó la solicitud y se nombró al Secretario de la Guerra de su administración, William H. Taft como Gobernador Provisional de Cuba y posteriormente se designó a Charles E. Magoon en ese cargo mientras durara la intervención.

En 1905 Estrada Palma, próximo a terminar su mandato, proclamó su decisión de postularse para un segundo período, apoyado por el Partido Moderado, que integraban los sectores más reaccionarios de la época, entre ellos los ex miembros del Partido Autonomista, organización que felicitó al Capitán General español Valeriano Weyler cuando la muerte de Antonio Maceo en 1896.

Para lograr sus fines no se detuvieron ante el crimen y fue el autor intelectual de la muerte del General de las tres guerras del Ejército Libertador Quintín Banderas, ultimado a traición por miembros del ejército en el mes de agosto en Arroyo Arenas, cerca de la capital, donde estaba alzado pero esperaba ese día un salvoconducto del presidente para rendirse y que debían entregarle esos militares.

También un año antes, en septiembre de 1905, fue asesinado en Cienfuegos por la policía en extrañas circunstancias, el joven coronel del Ejército Libertador Enrique Villuenda, destacado político liberal y duro oponente a los planes del mandatario.

José Antonio Frías, del partido gobernante se ufanó públicamente de ordenar el asesinato de Villuenda y pocos días después era recibido con honores por el presidente Estrada Palma.

Tras su apariencia de patriota desinteresado, Estrada Palma había realizado una activa labor ante el Congreso de EE.UU para que el ejército estadounidense interviniera en Cuba, y les aseguró a las grandes corporaciones yanquis seguridades para sus intereses en la nueva república.

Lea aquí: Segunda intervención yanqui: fortalecimiento del sistema neocolonial en Cuba

Con ese aval representaba el hombre providencial del naciente imperialismo para presidir la república mediatizada, inaugurada el 20 de mayo de 1902, apoyado por muchos cubanos por su conocido pasado e ignorantes de su callada traición.

Después de consumado el fraude electoral en diciembre de 1905, Estrada Palma no pudo contener la situación y solicitó la intervención estadounidense y renunció, al igual que sus principales colaboradores, a fin de que ocurriera un vacío de poderes que obligara a EE.UU a intervenir.

Durante la segunda intervención las autoridades estadounidenses repartieron por igual a los políticos corruptos de ambos bandos dinero y dádivas a costa del presupuesto nacional, fortalecieron el ejército y la penetración de los intereses de la Unión acabaron de controlar gran parte de la economía cubana.

La ocupación se extendió hasta el 28 de enero de 1909, cuando asumió la presidencia después de unas elecciones organizadas por las autoridades interventoras el general José Miguel Gómez, figura central del Partido Liberal opuesto a Estrada Palma, a quien el pueblo describiría años después por su escandaloso robo de las riquezas de la nación junto con su camarilla con la frase de: “Tiburón que se moja, pero salpica.”

Durante la intervención el imperio fortaleció las fuerzas armadas, la policía, e instituciones de control político y penetración cultural y sobre todo perfeccionó las bases de la corrupción desenfrenada de la clase politiquera pro yanqui que dirigían los partidos tradicionales, que robaban alternados en el poder gracias al sistema de la llamada “democracia representativa”.

Así se garantizó aún más el control de la Isla por Estados Unidos y se condenó al pueblo a una etapa de profunda frustración del ideal independentista del que solo saldrían las fuerzas progresistas a inicios de la década de 1920, lideradas por una nueva generación de revolucionarios encabezados por Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y otros que protagonizarían el llamado despertar de la conciencia nacional.

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