Cinco de septiembre de 1957: fin del mito de apoyo a la tiranía por las fuerzas armadas

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El combatiente Julio Camacho Aguilera, del Movimiento Revolucionario 26 de julio, estaba en diciembre de 1957 con el cuerpo quebrado, no se podía valer después de un mes de torturas en la 5ta Estación de la policía, y cuando prefiguraba el final al tener a un esbirro apuntándole con una pistola, la orden del sanguinario Esteban Ventura le salvó de ser ejecutado al informar que el coronel Fernández Rey, Jefe de Regimiento de Santa Clara, lo reclamaba por su participación en los hechos del cinco de septiembre en Cienfuegos .

Constituía una costumbre entre la cúpula de asesinos que la vida y la muerte de los prisioneros era prerrogativa indiscutible de los diversos mandos y como el alzamiento del cinco de septiembre de 1957 involucró a miembros de la marina de guerra y la aviación, junto con el movimiento 26 de julio, se sembró la duda sobre la lealtad de los cuerpos armados a la dictadura, lo cual provocó una minuciosa investigación por las fuerzas represivas de la región central en la que participaba el mencionado coronel.

Los antecedentes más inmediatos de esa conspiración de militares y revolucionarios se remontan a los contactos que sostuvo el ex alferez de 26 años, Dionisio San Román, separado de la marina por su actitud revolucionaria, con Frank País en 1956 para organizar una conspiración a la que se sumaran otros militares.

El oficial había servido en varios puestos de la marina, entre ellos en el Distrito Sur en La Perla del Sur donde le aseguró al dirigente revolucionario que tendría muchos seguidores para el alzamiento.

En La Habana, el movimiento insurreccional también se alió con miembros disconformes de la fuerza aérea y el ejército, de la sección radio motorizada, lo cual conllevó a que se planificara una acción conjunta para atacar el Palacio Presidencial y el Estado Mayor de la Marina en la capital, apoyados con levantamientos en Cienfuegos y Santiago de Cuba con el fin de generalizar una insurrección para derrotar a la tiranía de Fulgencio Batista.

Julio Camacho Aguilera, veterano opositor de la dictadura desde el propio golpe de estado del 10 de marzo de 1952 y compañero de lucha de Frank País, asumió la responsabilidad por el Movimiento 26 de julio y partió junto con Dionisio San Román para Cienfuegos para comandar las acciones en esa localidad horas antes del cinco de septiembre, sin conocer que el día tres oficiales de mayor graduación de la marina, sumados a última hora y de manera unilateral, decidieron posponer el alzamiento.

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Los complotados eran cerca de 100 e iniciaron las acciones alrededor de las cinco de mañana del cinco de septiembre y tomaron rápidamente Cayo Loco (sede del Distrito Naval del Sur de la Marina de Guerra), la Policía Marítima, la Estación de la Policía Nacional contigua al Ayuntamiento, y la subplanta eléctrica, con lo que el centro de la ciudad se convierte en el foco de la insurrección.

De inmediato, el pueblo pasó a ser el principal protagonista de la gesta y hombres, mujeres, jóvenes y adolescentes pidieron armas para el combate. Pero al no ser secundado el alzamiento en el resto de la nación, la dictadura movilizó rápidamente sus fuerzas y al avanzar el día envió a los pilotos más comprometidos con el régimen, que atacaron con virulencia a los revolucionarios.

Dionisio San Román, al conocer que no ocurrirían otras acciones similares, decidió unilateralmente dirigirse solo a la fragata “Máximo Gómez”, frente al litoral, con la seguridad de que convencería a la tripulación a sumarse al alzamiento, pero fue detenido y enviado en un avión anfibio para La Habana, donde días después de ser torturado salvajemente, lo asesinaron y su cuerpo lo lanzaron al mar desde una lancha de la marina.

No obstante, en las primeras horas del cinco de septiembre de 1957, el capitán de aviación Enrique Carrera, junto a un reducido grupo de pilotos conspiradores de la base de Columbia, se enfrentaron a la más difícil alternativa de sus vidas, pues volaban hacia Cienfuegos en cazabombarderos F 47 con la misión de atacar la ciudad tomada por sus cercados compañeros del Movimiento 26 de julio y militares revolucionarios que desconocían que la fecha del levantamiento se había pospuesto.

Los pilotos no cumplieron la genocida orden y las bombas fueron lanzadas al mar, por lo cual fueron detenidos y condenados a prisión, donde estuvieron hasta el triunfo de la Revolución.

A pesar de la difícil situación, la carencia de municiones y la superioridad del enemigo, los revolucionarios junto al pueblo resistieron en el centro de la ciudad, principalmente en el colegio San Lorenzo, uno de los últimos focos que mantuvo a Cienfuegos por 24 horas libre de la dictadura.

En los combates y en las horas siguientes a la entrada del ejército a la ciudad fueron asesinados 34 combatientes, a los que se les rinde tributo cada cinco de septiembre.

Camacho Aguilera trató infructuosamente de llegar junto a otros combatientes a la región del Escambray para abrir un frente guerrillero y continuar en la lucha clandestina, y tras romper el cerco partió para La Habana.

Esteban Ventura Novo lo apresó el 18 de noviembre de 1957, durante una reunión en el reparto habanero de Buenavista junto a combatientes clandestinos de Pinar del Río. Pero gracias a la valentía de su compañero Dionisio San Román, quien resistió hasta la muerte y no lo delató, se desconocía su verdadero rol en las acciones.

Posteriormente, al ser incluido en los procesos por el alzamiento del cinco de septiembre después de ser trasladado por Ventura, no se le comprobó su participación en el alzamiento, aunque lo condenaron por los hechos del 30 de Noviembre de 1956, y sufrió prisión en la Cárcel de Boniato, en Oriente, en una misma celda con Armando Hart hasta que se incorporó al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra y le fue ratificado el grado de Comandante por Fidel.

El levantamiento de Cienfuegos fue un golpe rotundo a la falsa imagen de unidad inquebrantable de las fuerzas armada, que preconizaba el tirano como factor de disuasión a la insurrección y mostró al pueblo que a pesar del revés militar del alzamiento del 5 de septiembre, la lucha armada en la Sierra y el Llano, con la participación de militares patriotas y de todos los sectores opuestos a la dictadura, era el camino correcto de unidad que haría posible posteriormente el triunfo revolucionario del primero de enero de 1959.

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