Primera Declaración de La Habana: la voluntad irrenunciable de un pueblo

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Volver hoy a la Primera Declaración de La Habana, a 61 años de su proclamación el dos de septiembre de 1960 por el líder de la Revolución Fidel Castro, además de homenaje, es también un ejercicio de aprendizaje de una historia, actualmente escrita bajo el fogueo de amenazas y agresiones tan brutales como aquellas, con la sal del uso invasivo de tecnologías al servicio de la guerra simbólica.

Más de un millón de capitalinos, en nombre de todo el pueblo de Cuba, se reunieron en aquel septiembre ardiente ante el monumento al Apóstol de la independencia cubana y Héroe Nacional para dar un rotundo sí al documento leído por el Comandante en Jefe, en un acto que se llamó Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba.

Cuba vibraba de moral y coraje en tales días. Y la Primera Declaración de La Habana fue una respuesta contundente y apropiada a la Declaración de San José de Costa Rica, con la cual la Organización de Estados Americanos (OEA) pocos días antes, y siguiendo un programa dictado a pie juntillas por el Imperio, se entrometía en las acciones libres y soberanas de los isleños.

Todo estaba tan claro entonces como lo está ahora, a pesar del torrente ciberespacial manipulador y el mercenarismo disfrazados de libertad de expresión y democracia: la finalidad era crear condiciones para una agresión militar pergeñada por EE.UU., encaminada a la posterior ocupación del país, si sus planes tenían éxito.

Derribar a la Revolución Cubana estaba en los planes inmediatos y directos. Tuvieron que ser derrotados en abril del año siguiente en Playa Girón, y un millón de veces más en otros campos, para que conocieran de la capacidad de combate y de plantar batalla victoriosa de un pueblo decidido a todo por defender la soberanía y su proceso justiciero.

Se han esmerado desde entonces en el empeño de intentar rendir a los cubanos con los métodos más bárbaros y también con los sofisticados, usando últimamente lo más granado de los manuales creados en laboratorios científicos y tecnológicos rectorados por la CIA y el Pentágono, probados en distintos confines del mundo.

Contra Cuba se ha empleado de todo desde el mismo 1959, se han utilizado en los últimos días varias técnicas bien perfiladas sin rubor en sus manuales: golpe blando, guerra de cuarta generación, intento de intervención humanitaria… son algunas de las etiquetas de su selecto repertorio que horripila, y cuya puesta en práctica ha causado sufrimiento en varios enclaves del orbe clasificados por el imperio como lugares oscuros.

En los comienzos de septiembre de 1960, la multitud que acompañó a Fidel Castro y aclamó la Primera Declaración de La Habana, de su boca escuchó, como siempre, la verdad, y conoció de principios e ideales justos, de términos impensables hasta ese momento como el de la solidaridad, entre los congéneres y las naciones, y de compromiso político y social a favor de los pobres de la Tierra.

Es cierto, cuando se repasa esos sucesos hay circunstancias que parecieran repetirse, aunque hoy se manifiesten con otros hechos y protagonistas. Algunas están expresadas en el histórico texto y son las que reflejan la política voraz, expoliadora e injerencista de la potencia que siempre ha despreciado a Latinoamérica. Algo muy presente todavía.

Y se mantiene la persistencia imperial de imponerse mediante la fuerza, las presiones económicas y políticas, las amenazas, la criminalización, la mentira, la manipulación y una desbocada profusión de las noticias falsas manejadas ahora desde las redes sociales que atizan con el odio y la violencia, como verdaderas jaurías humanas. Toda perversidad y bajeza valen para esos paladines de la libertad Made in USA.

Ese dos de septiembre el Jefe de la revolución Cubana denunció los intentos de conservar y poner en práctica la irrespetuosa Doctrina Monroe –América para los “americanos”, los de EE.UU.-, como el basamento político y casi que hasta divino inspirador de la actuación de los dirigentes de La Unión. Pretensión revitalizada en estos tiempos.

La Primera Declaración de La Habana denunció que la de San José, bajo las órdenes del gobierno imperial, era un vejamen a la soberanía y la independencia de los pueblos de América Latina.

En cuanto al tema de la hermandad y solidaridad entre pueblos del continente y el mundo ratificó que Cuba no solo marcharía con una parte del mundo, sino con todo el planeta. Y estaría del lado de los desposeídos en todos los rincones de la Tierra.

Afirmó la proclamación que la verdadera democracia no era compatible con las oligarquías financieras sumisas de las naciones latinoamericanas que acusaban a la ínsula, ni con la discriminación de los negros, la explotación de los obreros, la persecución de los intelectuales y científicos, el maltrato a las mujeres, la indefensión de los niños y de los habitantes de los entornos rurales.

Manifestó que el concepto de democracia no se circunscribiría a un voto presidencial, manipulado y que por lo general respondía a los intereses de los latifundistas. Expuso que en países como Cuba el latifundismo era una de las fuentes principales de las desgracias de los trabajadores y oprimidos, del analfabetismo, de los bajos salarios, de la extrema pobreza.

Fue categórica y ese era un punto esencial, en torno a la solidaridad mostrada por la Unión Soviética y la República Popular China pues esclareció que esas naciones no perseguían minar la unidad ni penetrar estratégicamente en el hemisferio. Ofrecieron ayuda para garantizar la soberanía y seguridad de este territorio amenazado de forma creciente dentro de su entorno geográfico.

La mayor de las Antillas aceptaba ese respaldo solidario en pleno ejercicio de su autodeterminación e independencia, conquistadas a partir de 1959. En todo caso los gobernantes de Estados Unidos, incapaces de gestos generosos de tal índole, en contraste, debieran sentirse avergonzados.

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