Agosto de 1957: Cuba marcha por dos de sus más fieles hijos

 

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El 31 de julio de 1957, el pueblo heroico de la oriental ciudad de Santiago de Cuba iniciaba en el país intensas jornadas de reclamo y combate por la libertad con el multitudinario sepelio del joven revolucionario Frank País García, abatido la víspera por esbirros de la tiranía batistiana, junto a su compañero de lucha Raúl Pujol.

Frank País, 22 años y jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, y Raúl Pujol fueron asesinados a mansalva en el Callejón del Muro, cercano a la vivienda del último, por sicarios al mando del sanguinario José María Salas Cañizares, famoso entonces por su despiadada y criminal trayectoria.

Herido en lo profundo y enardecido, el pueblo santiaguero se movilizó con singular valentía y desafiando la feroz represión que llenaba a Cuba de cadáveres de sus mejores hijos, y acudió al entierro en una jornada triste, enarbolando las mejores banderas de combate, en nombre de toda la Patria, en especial las madres, estremecidas por los crímenes.

Diversos sectores de la sociedad santiaguera habían acordado previamente movilizarse en protesta por la visita del nuevo embajador estadounidense, Earl Smith, a la ciudad. Al ocurrir los infaustos sucesos del día anterior, ya el pueblo había engrasado los resortes de la lucha por la libertad, solo que no había esperado una mayor inspiración con la muerte tan temprana e injusta de su héroe más querido, Frank.

Bajo la orientación de Vilma Espín y con la anuencia de la madre de Frank, Doña Rosario, sus compañeros lo vistieron con el uniforme verde olivo, se le colocó el brazalete del 26 de julio y una escarapela roja y negra con las tres estrellas de Comandante en Jefe del Ejército Revolucionario, igual grado militar que Fidel.

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El Frente Cívico de Mujeres Martianas jugó un papel decisivo a la vanguardia de aquel recorrido de combate que llenó de pueblo indetenible unas 20 cuadras, al atravesar con el sepelio las principales arterias de la urbe santiaguera. No en vano el poeta Manuel Navarro Luna creyó ver e invocó a la Madre de la Patria, Mariana Grajales, arengando entonces a sus hijos para la lucha por la justicia y la libertad.

Junto a las corajudas Gloria Cuadra y Pura Amador dirigiéndolas, las santiagueras prácticamente libraron una verdadera batalla contra los agentes temibles de Salas Cañizares y sus esbirros, en la que resultaron golpeadas de manera severa unas 20, conducidas a calabozos de la Policía Nacional.

Alrededor de las dos de la tarde el cortejo de Frank País enfiló por la calle rumbo al Parque Céspedes, con miras a encontrarse con el de Pujol en la intersección de San Pedro y Heredia y así sucesivamente recorrer el Paseo Martí, luego San Pedrito y el cementerio de Santa Ifigenia.

La gigantesca ola de pueblo enardecido que acompañó a los revolucionarios masacrados hasta su última morada era una compacta muestra formada por todos los sectores , estudiantes, obreros, religiosos, madres y la militancia revolucionaria y política.

Esa potente manifestación de duelo y lucha popular, en la cual flotaron sin cesar banderas cubanas y del 26 de Julio, y se esparcieron miles de
flores, fue el detonante, si se quiere, de un clamor nacional al que se despertó Cuba, desafiando aún más a la dictadura y dando vivas a la Revolución.

Testimonios de la época refieren que los sicarios se replegaron en sus cuarteles, en tanto en el Estado Mayor batistiano se recibieron partes informativos acerca de que en otros pueblos y ciudades de la provincia de Oriente se estaban registrando acciones populares de apoyo a la marcha-cortejo de Santiago de Cuba.

Aquel día en que casi todo Santiago salió a las calles, también comenzó una huelga que paralizó comercios, fábricas y empresas. Todos los centros laborales de la segunda ciudad más importante del país cerraron a cal y canto sus puertas.

Y ese poderoso movimiento no solo se explayó, tal y como referían los primeros partes militares, a otros pueblos y ciudades de la provincia oriental, pues enseguida llegó a los demás territorios y hasta las cercanías de La Habana.

El grito de ¡Huelga General! se escuchó alto y muy claro en todo el país durante las primicias de aquel agosto candente de 1957. Una de las localidades más estremecidas y en la que las movilizaciones duraron más fue en Bayamo, que extendió su paro por ocho días.

A 64 años de esos heroicos sucesos, vale resaltar la pureza y autenticidad genuina de los ideales, convicciones y principios que animaron a los jóvenes combatientes de entonces. Algo muy distante del mezquino mercenarismo que hoy intenta utilizar contra la nación cubana una potencia extranjera. A los entes vendidos y sin ideales no les espera otra cosa que la derrota.

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