Treinta y uno de julio de 2006: la Proclama de la continuidad

 

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El 31 de julio de 2006 el Comandante en Jefe Fidel Castro emitió la Proclama al pueblo de Cuba, que facultaba la transferencia provisional de sus funciones en los altos cargos al frente del Partido Comunista de Cuba y el Estado debido a una súbita y grave dolencia del líder, y sobre todo patentizaba la continuidad del proceso revolucionario iniciado en la nación el primero de enero de 1959.

Han pasado 15 años de ese acto jurídico, previsto en la Constitución de la República, con el cual el primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y presidente de la República delegaba de manera provisional sus funciones a Raúl Castro Ruz, quien ocupaba los cargos inmediatos correspondientes.

Igualmente, el mandatario cubano delegó en otros dirigentes, con el mismo carácter temporal, sus funciones de principal promotor de los programas de salud, educativos y energéticos que dirigía por entonces con un despliegue nacional e incluso internacional en múltiples tareas.

El propio Fidel apuntaba en el texto de la Proclama que un intenso estrés de trabajo catapultó la aparición de los síntomas de su enfermedad, una crisis intestinal aguda con hemorragia sostenida, que lo llevó de emergencia al salón de operaciones, situación que conllevaba un necesario alejamiento de sus funciones activas.

Fidel había viajado días antes a Argentina, asistido a un cónclave internacional de Mercosur y ya en Cuba participó en las vísperas del suceso en la celebración del aniversario 53 de los hechos heroicos del 26 de julio y realizó una visita de trabajo de Estado a la provincia de Holguín.

Llama hoy la atención que tanto en la Proclama, en el pasado reciente, como en el presente, la Revolución cubana en la voz de su líder principal reafirmaba el afán por mantener la unidad del pueblo y el espíritu de lucha frente al enemigo visceral del proceso incluso desde antes del triunfo, el Gobierno de Estados Unidos encabezado en esos tiempos por George Bush.

Muestra de que los desafíos y los embates siempre han fortalecido y unido más en la lucha a un pueblo mayoritariamente revolucionario y educado en principios patrióticos raigales.

Fidel dijo aquella vez: “Nadie se haga la menor ilusión de que el imperio, que lleva en sí los genes de su propia destrucción, negociará con Cuba”, al tiempo que también señalaba que el pueblo de ese país no estaba en condiciones de frenar el espíritu apocalíptico de su gobierno y la turbia y maniática idea de lo que llamaban una Cuba democrática.

Palabras más que nunca vigentes y aleccionadoras en los días que los cubanos y su país viven hoy, bajo fuertes vientos de agresión mediática y planes injerencistas flagrantes en plena marcha brutal en su contra.

Fiel a sus valores y en condiciones de salud extremas, el líder siguió empero confiando y contando con el desempeño de la dirigencia de la Revolución, y la fuerza de un pueblo combativo y patriótico para preservar la soberanía conquistada, y la continuidad de la obra.

El pueblo cubano, en su gran mayoría preocupado por él, siguió por aquellos días su estado de salud hasta su recuperación gradual y paulatina.

En 2008, el dirigente cubano informó que no se reincorporaría nuevamente a sus cargos, por lo cual el General de Ejército Raúl Castro ocupó oficialmente tales responsabilidades desde el 24 de febrero de ese año.

Considerado por millones de sus compatriotas un líder extraordinario e insustituible, pasó por voluntad propia a escribir comentarios en la prensa, con el nombre de Reflexiones, y a ocuparse de estudios e investigaciones políticas y al frente de programas de desarrollo agrícola.

Fue un tiempo en que nuevos y recrudecidos planes pergeñados por los enemigos fueron conjurados, con la participación decisiva de las organizaciones, instituciones revolucionarias y todo el pueblo, como esperaba Fidel desde su nueva posición de combate.

Exactamente al año de la primera Proclama, el 31 de julio de 2007, escribió una reflexión política publicada en la prensa, que calificó también de proclama, en la que se refiriera a la firmeza de su ideario: “La vida sin ideas de nada vale. No hay felicidad mayor que la de luchar por ellas”, dijo entonces cuando algunos esperaban verlo doblegado por los años y estado de salud.

Esa misma nobleza, entrega y felicidad de luchar por sus ideas y valores, supo comunicarlas, transmitirlas como nadie y cultivarlas en un pueblo que no solo ha sido patriota, sino también durante años muy solidario e internacionalista, y muy consciente de lo que defiende a cualquier precio.

Un pueblo que, con esas armas, siempre vencerá. Algo que lo distancia de manera raigal de los grupos de mercenarios vendidos al oro imperial.

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