Alejandro de Humboldt en el pensamiento fundador cubano

 

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El nombre del sobresaliente investigador alemán Alejandro de Humboldt (Berlín,1769-1859), bautizado por José de la Luz y Caballero con el epíteto de segundo descubridor de la Isla, ha salido y saldrá nuevamente a la palestra en Cuba, por estos días, debido a distintas razones de peso.

La primera es el gran incendio forestal cuyos últimos rescoldos se apagan, tras un abnegado esfuerzo de autoridades, guardabosques y pueblo en general de las provincias de Guantánamo y Holguín.

El siniestro amenazó muy seriamente la integralidad del Parque Nacional que lleva su nombre, formidable laboratorio de la vida silvestre insular y reinado de la biodiversidad no nacional y antillana, según especialistas.

Y mientras llegan valoraciones definitivas sobre causas y saldos de los temibles fuegos, dobla la esquina la conmemoración, que nunca falta en el país, del deceso del incansable y hasta prodigioso viajero de la ciencia y el tiempo que fue el Barón de Humboldt, ocurrido el 6 de mayo de 1859, en su ciudad natal.

Había nacido el 14 de septiembre de 1769 en la prusiana Berlín y se dio el lujo de vivir casi 90 años –por pocos meses no los cumplió-, a pesar de su vida intensa, azarosa, no exenta de aventuras increíbles, por Europa, Asia Central y Las Américas, en un siglo cuyas expectativas de vida no lo hacía común, incluso para seres de vida apacible y timorata.

Naturalista, investigador de flora y fauna, suelos, fue también astrónomo, geógrafo, meteorólogo versado especialmente en climatología, y se afirma que fue el primero en hablar del cambio climático. Un científico, en el sentido lato de ese término.

Y más. También era filósofo, literato, un humanista que realizó experimentaciones abundantes y profundas en la búsqueda de la verdad y los conocimientos en ámbitos tan amplios como física, química, mineralogía, vulcanología, corrientes oceánicas…

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Una suerte de síntesis entre un intelecto renacentista, también aristotélica, con el refinamiento del enciclopedismo y el Iluminismo del Siglo de las Luces. Una mente forjadora del futuro.

Maravilló a la ciencia de su tiempo, y aún hoy brilla su mérito innegable, por los viajes que realizara fundamentalmente desde 1799 a 1804 por América del Sur y Central, recogidos en su relato histórico Viaje a las regiones equinoccioles de la América Continental, del cual formaron parte las investigaciones realizadas en Cuba.

Duraron unos cinco años, en los que recorrió mares, cordilleras como Los Andes y ascendió al volcán Chimborazo, y usó sus propios pies, navíos de vela, canoas, caballos, globos, en carromatos, en pelea contra el viento, fieros oleajes, o bajo el sol, la lluvia o el frío acentuado. Un lustro en las Américas que le permitió acopiar el tesoro de un conocimiento inestimable para los pueblos equinocciales. Se hizo presente por México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba y Estados Unidos.

Lo acompañaron regularmente en sus expediciones el investigador francés Aimé Bonpland y el ecuatoriado Carlos de Montúfar, a partir de 1802, quien lo siguió por otros puntos del planeta hasta 1818.

En las regiones visitadas generalmente interactuó con lo más granado de la intelectualidad y el pensamiento, e incluso recibió colaboración científica, no siempre reconocida, según opiniones locales.

Alejandro de Humboldt llegó a La Habana por vez primera el 19 de diciembre de 1800. Se hospedó en la ciudad y viajó a la emergente villa y región de Trinidad y además visitó Batabanó, puerto de la zona suroccidental, más cercana a Suramérica.

Del ya afamado puerto de La Habana partió a EE.UU. el día 15 de marzo del siguiente año. Hizo otro viaje a la Antilla Mayor todavía más breve, del 19 de marzo al 29 de abril de 1804, por lo que la suma de sus días en la ínsula solo alcanzó unos cuatro meses, pero fueron suficientes para hacer aportes invaluables.

A pesar de que sus estancias en Cuba son reconocidas por muchos como una suerte de tránsitos ocasionales, en realidad para el eminente científico resultaron puntos de un imperioso enlace entre mundos, cosmovisiones y culturas diferentes.

No se trató únicamente de una confluencia de origen geográfico o físico, sino también de flujos de su conciencia que lo ayudaron a desarrollar muchas de sus teorías y nuevos enfoques, así como encontrar una polisemia no vista antes en su obra, gracias a los fenómenos observados.

Para los criollos vino el regalo de un pensamiento de punta, impreso en el Ensayo político sobre la Isla de Cuba (París, 1826), traducido al español al año siguiente del original en lengua francesa.

Un valiente alegato, con una condena ético moral contra la trata de esclavos y la esclavitud, habría de colocar certeramente Humboldt como apéndice o capítulo necesario al texto trascendente.

Por lo demás, la geografía, los suelos, el clima, la producción de la caña de azúcar y su cultivo, el entramado económico- social cubano, pasó por su lupa escudriñadora e hizo propuestas que reflejó en su momento y escritos posteriores.

Hay expertos que apuntan que su tajante declaración sobre la suciedad y la falta de higiene de La Habana, además de criticar a la policía ineficiente de la colonia, tal y como escribió, nacía de su repugnancia por el crimen de la oprobiosa esclavitud, repudiada tempranamente por el célebre científico.

No es de extrañar entonces la enorme admiración que todavía tiene la estela del paso de Humboldt, tan fugaz en el tiempo, por la antigua colonia española de la Isla de Cuba.

Sus declaraciones también nutrieron el acervo del pensamiento nacionalista y patriótico que vendría después. No es exagerado decir que Humboldt podría estar en las simientes, junto a otros pensadores del patio en las raíces del pensamiento identitario, más adelante independentista y libertario.

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