Las cosas que nos dejará para siempre la Covid-19

Cuando despedimos el primer trimestre del 2020 se entronizó de pronto en nuestras vidas un nuevo azote, la Covid-19, un virus muy contagioso y letal que 13 meses después sigue haciendo a su antojo en Cuba y el mundo, pese a esfuerzos supremos en contra.

Cuando despedimos el primer trimestre del 2020 se entronizó de pronto en nuestras vidas un nuevo azote, la Covid-19, un virus muy contagioso y letal que 13 meses después sigue haciendo a su antojo en Cuba y el mundo, pese a esfuerzos supremos en contra.

Éramos felices entonces, con las carencias de siempre, encabezadas por el bloqueo imperial, y no lo sabíamos. Teníamos los afectos a la mano, movilidad, el trabajo cotidiano in situ y disfrutábamos de salud en el sentido más amplio de la frase…hasta que una pandemia nos ha tocado hasta la médula.

Vienen las comparaciones con etapas anteriores duras como los años 90 del pasado siglo con el Periodo Especial, muy dura también, pero que a diferencia de la actual coyuntura no incluía la incidencia y secuelas posteriores del SARS-Cov-2, el virus del nuevo coronavirus que solo en Cuba ha provocado más de 600 muertes.

La ciencia y la tecnología, en unión del Gobierno, han alistado sus fuerzas para impedir en la Isla su potenciación, pero aun así sus rebrotes
--que desde un inicio se alertaron-- son una dura realidad y pese a los protocolos médicos y las medidas de protección, recién trascendieron pronósticos matemáticos, certeros siempre, que anuncian la tendencia al ascenso de las cifras de contagiados, con virus cuyo patrón se nos ha revelado más agresivo y letal.

Frente a tales verdades y el tiempo transcurrido no es difícil concluir que este Estado de Cosas se mantendrá en el tiempo, aunque a largo plazo el control se impondrá, pero aun así esta dura experiencia nos deja modos de vida y hábitos de conducta que deberán perdurar.

Ello es lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad, que prevé el desarrollo de las actividades de la vida cotidiana e incluso las laborales, con el debido respeto a la situación epidémica y la reclamada percepción del riesgo, que no es únicamente ni en modo alguno solo el miedo a contagiarnos y morir, sino también la conciencia real de que hay que cuidarse y cuidar a quienes nos rodean, ya sea en los entornos familiares, la vecindad, la comunidad o los centros laborables.

A propósito se ha impuesto e igual para siempre el teletrabajo, que permite a las personas mantener el vínculo laboral, la vitalidad de su intelecto y por ende su salario. Mi experiencia en la materia antecede a la aparición del nuevo coronavirus, pues problemas personales, en mi condición de cuidadora de mi amada madre, ya fallecida, me permitieron mantenerme activa, aunque a la distancia. Gracias a esa modalidad pude autosustentarnos a ambas y asirme a mi profesión, cual tabla de salvación espiritual y económica en medio de tan delicada situación.

Considero esa una opción muy válida para el presente y el futuro, y aunque muchos no la valoren en su justa medida, en el hogar también se labora- y muchas veces más horas, incluidos los fines de semana y los feriados-, se cumplen los planes, se sobrecumplen y se hacen aportes a los colectivos.

Llegaron para quedarse, además, el nasobuco, el distanciamiento físico y social, ambos incluidos; la restricción de la movilidad, el respeto IRRESTRICTO de las medidas higiénicas y ser siempre conscientes que de su accionar depende de su vida misma y la de otros.

Estos son tiempos de pandemia y por ello el modo de vivir, pensar y actuar no pueden ser los habituales. Hay cosas como estas que nos ha legado la Covid-19 por siempre.

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