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El extraordinario sabio Don Tomás Romay y Chacón

 

Don Tomás Romay y Chacón

Bastaría mencionar su aporte principal, según expertos: el papel como iniciador de la vacunación en la Cuba colonial, en la lucha contra una epidemia anti variólica a comienzos del siglo XIX, para hacer los honores que merece al extraordinario sabio cubano Don Tomás Romay y Chacón.

Pero muchas veces se ha escuchado hablar de él con frialdad o estilo escueto, cuando su obra emula en vastedad e integralidad con la de algunos íconos renacentistas, por su carácter de médico, humanista y sabio versátil, profundo y brillante.

Tomás Romay nació en la calle Empedrado No. 71, entre Compostela y Habana, en la hoy Habana Vieja, en el Centro Histórico de la capital cubana, el 21 de diciembre de 1764. Murió el 30 de marzo de 1849, a la edad de 84 años, en la ciudad de su vida fecunda.

Recibió la primera educación de parte de su tío paterno Fray Pedro de Santa María Romay, y luego, ya Bachiller, en 1783 comenzó los estudios de Jurisprudencia en el Seminario de San Carlos, los cuales abandonaría para estudiar medicina, una profesión no muy estimada en esa etapa de la colonia.

Obtuvo el título de Bachiller en Medicina en 1789, y se dice fue el primer criollo graduado en instrucción de esa profesión. El diploma no lo autorizaba a ejercer dicho oficio, pues debía hacer un postgrado de dos años de práctica con un médico experimentado.

Tomás Romay logró convertirse en el trigésimo tercer graduado de Medicina en Cuba y a su vez en una de las principales figuras intelectuales del movimiento progresista impulsado por la gran burguesía (primera corriente reformista) criolla de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

Fue cofundador del Papel Periódico de la Habana, primera publicación de su tipo en la ínsula, en la cual fungió de redactor pionero y director hasta 1848.

Muy activa fue su impronta por espacio de largos años dentro de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, de la que resultó uno de sus fundadores principales.

Pero se considera que su gestión brilló excepcionalmente por haber introducido y propagado la vacuna moderna en Cuba a partir de febrero de 1804.

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Su consagración y pericia no tuvieron límites en el combate a una epidemia de viruela, iniciada en diciembre de 1803 y considerada devastadora a principios de 1804.

Eran tiempos en que en Cuba se practicaban formas de vacunación obsoletas, conocidas de manera simple como inoculación, con énfasis en los resultados comerciales, cuyos practicantes se oponían a los avances de la ciencia promovidos por el doctor Tomás Romay.

Este honorable científico comenzó en 1803 su ingente campaña por imponer los nuevos métodos vigentes en otras partes del mundo y extenderlos a toda la nación.

Abandonó las comodidades de su hogar y familia para recorrer la Isla con ese noble fin. Y dio muestras de una generosidad sin precedentes cuando puso en peligro la vida de dos de sus hijos para probar sus aciertos, en definitiva estimulados por su fe en la ciencia.

Cuando finalmente pudo llegar a La Habana una retrasada expedición enviada por la Corona española para combatir la epidemia, en mayo de 1804, sus miembros se llevaron una enorme sorpresa al ver que la novedosa y nueva forma de vacunación ya era conocida en la colonia gracias a los titánicos esfuerzos de Romay.

Ello posibilitó la apertura de la Junta Central de Vacuna el 13 de julio de 1804, con Tomás Romay en los cargos de Presidente y de Secretario Facultativo. Él era partidario desde época tan temprana de la vacunación masiva, que debía incluir varias etapas de inoculación para un mismo individuo, pero no pudo alcanzar el apoyo de las autoridades, como era de esperar, para que esto se cumpliera.

No obstante, pudo lograr una sensible reducción de la viruela, que pasó a ser desde fines del siglo XIX una enfermedad poco común en Cuba, al dedicarse por más de tres décadas a la vacunación antivariólica en la nación.

Entre los múltiples reconocimientos y honores recibidos en vida fue miembro de la Comisión de Vacuna de París y de las Sociedades Médicas de Burdeos y Nueva Orleáns y también Caballero Comendador de Isabel la Católica. 

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