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La senda que señaló José Antonio Echeverría

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El miércoles 13 de marzo de 1957 en horas de la tarde, Fulgencio Batista junto a su Ministro de la Presidencia, Andrés Morales del Castillo, tomaban el café en el despacho del mandatario en el segundo piso del Palacio Presidencial, cuando las ensordecedoras ráfagas de subametralladoras inundaron el ambiente e instintivamente ambos huyeron a los pisos superiores por la puerta privada situada en el local, minutos antes de que un comando de asaltantes irrumpiera a balazos en el lugar.

Mientras, otro grupo de combatientes dirigidos por José Antonio Echeverría, secretario general del Directorio Revolucionario y presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), tomaron Radio Reloj y desde la cabina central el dirigente anunció el ajusticiamiento del tirano, lo que debía ocurrir de acuerdo con la sincronización de ambas acciones.

Nada auguraba que el centro de la capital se convirtiera en un campo de batalla en momentos que la propaganda oficial proclamaba la supuesta dispersión y liquidación de los expedicionarios del yate Granma, dirigidos por Fidel Castro, quienes habían desembarcado el 2 de diciembre de 1956 y precisamente el propio 13 de marzo se hacía público el decreto presidencial que autorizaba a la Cuban Telephone Company subir los precios del servicio casi sin pagar impuestos.

Este gesto de sumisión fue reciprocado por Washington con más apoyo político y militar a Batista y así el año de 1957 parecía presentarse con los mejores augurios para la dictadura.

Pero más allá de esas apariencias de normalidad, el movimiento revolucionario alcanzó un hito determinante a finales de agosto de 1956, cuando José Antonio, en nombre de la FEU, firmó en el país azteca con Fidel la Carta de México, en la cual el Movimiento 26 de julio y la FEU coincidían y se apoyarían mutuamente en la lucha armada para enfrentar la tiranía por medio de la guerra de guerrilla y la lucha en la calle, así como con levantamientos populares, respectivamente.

De acuerdo con esa estrategia, José Antonio Echeverría concibió el ataque a la propia madriguera del tirano para liquidarlo en una acción para "golpear arriba", que se conjugaría con el llamado al pueblo por medio de Radio Reloj para tomar otros puntos de la ciudad como el Cuartel Maestre de la Policía y ocupar sus armas, y así sucesivamente otras estaciones policiales y cuarteles hasta dominar la capital y generalizar la sublevación general en apoyo a la guerrilla en la Sierra Maestra.

El Directorio Revolucionario logró hacerse con un alijo importante de armas que originalmente tenían organizaciones tradicionales no implicadas en la lucha armada y se prepararon tres comandos en lugares de la barriada de El Vedado para atacar Radio Reloj, el Palacio Presidencial y un tercero de más de cien hombres para apoyar la acción al ocupar los edificios altos que rodean el Palacio y desde sus azoteas atacarían con ametralladoras calibre 30 la cubierta donde radicaba la guarnición del dictador.

Este importante grupo, por causas inexplicables, no acudió a la cita con el deber, lo que tuvo consecuencias funestas para que no se lograran los objetivos.

Cincuenta hombres bajo la jefatura de Carlos Gutiérrez Menoyo, combatiente con experiencia en acciones de comando, asaltó al Palacio Presidencial y pudieron llegar hasta el mismo piso del mandatario, enfrentar en las escaleras y pasillos un desigual combate con la guarnición que se pudo reponer del factor sorpresa y que desde los pisos superiores y de sus cuarteles en la azotea diezmaron a los atacantes, incluyendo al propio jefe y mantuvieron un mortífero fuego contra las calles por las que se movían los revolucionarios.

Como se conoce, José Antonio y su grupo ocupó la referida emisora y se divulgó parte de la alocución antes de que fuera sacada del aire, tras lo cual se retiraron del inmueble y ante los muros de la Universidad, a donde se dirigía el bravo líder en un auto junto a otros compañeros cayó combatiendo frente a la tripulación de una perseguidora.

De esa forma se hicieron proféticas sus palabras escritas ese mismo día en lo que resultó su testamento político en el que planteo (…) “Confiamos en que la pureza de nuestra intención nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en nuestra patria.

Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad. Porque, tenga o no, nuestra acción el éxito que esperamos, la conmoción que originará nos hará adelantar la senda del triunfo.”

Y aquella senda culminó el primero de enero de 1959 y su gesto fue también reverenciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro el 13 de marzo de 1960, cuando dijo: “Fue el más alto exponente del estudiantado universitario y el joven más brillante en la Universidad en los últimos años… sobre todo, un ejemplo que es orgullo de nuestra generación, que se gestó aquí como líder, no solo estudiantil, sino como líder revolucionario de todo el pueblo en la Universidad de La Habana”.

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