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Lázara Herrera: Este país sigue necesitando a Santiago Álvarez

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Un “fuera de liga”, alguien incapaz de hacer café porque una vez lo intentó y se quemó la mano; pero muy pendiente a todas las preocupaciones y necesidades intelectuales y espirituales de su eterna compañera Lázara Herrera.

Hoy la Agencia Cubana de Noticias revela testimonios que mueven el pensamiento en torno al Santiago Álvarez íntimo y hogareño, aunque nunca ajeno a su pasión vital: el ICAIC.

- Tanto se ha hablado del cineasta que a veces nos olvidamos del ser humano, del hombre, incluso del esposo. ¿Cómo era ese otro –o quizás el mismo- Santiago?

"Cuando regresaba de la oficina yo le decía, “el ICAIC se quedó de la parte de afuera”. De las 24 horas del día, él estaba 18 volcado en el cine, y con la situación en el mundo. Incluso le gustaba mucho la radio y se ponía a rastrear las noticias. Yo le decía, “tú crees que yo pueda dormir”. Le compré un audífono, pero qué va. Yo sentía aquel sonido como si estuvieran friendo.

"Él no se preocupaba solo por nosotros, su familia. También estaba pendiente de cada uno de sus compañeros y de los problemas que pudieran tener. Era inmensamente humano, modesto. Para mí fue muy difícil enfrentar algunas cosas, pero de él aprendí que al toro hay que cogerlo por los cuernos.

"Cuando se le detecta la enfermedad de Parkinson, del tipo que no te provoca temblores, sino rigidez, le dije que ese era un problema que teníamos que afrontar los dos. En esa época yo trabajaba –fui miembro fundadora- en el Equipo de Servicios de Traductores e Intérpretes, y decidí que me tenía que volcar profundamente en él".

- Engorrosa situación porque él era muy emprendedor e independiente, ¿verdad?

0-08-lazara-y-santiago-2.jpg"Me senté y le comenté: “no voy a ser consorte acompañante ni voy a permitir que a mí nadie me pague por cuidar lo que yo quiero; así que cómo resolvemos este problema”. Lo pensó: “te enseño a hacer documentales”. En seguida le respondí, “mira Santiago, vamos a suponer que yo sea tan genial como tú. Nadie me lo va a creer. Siempre van a decir que lo hiciste tú”. “¿Y si te enseño el trabajo de la producción?”, me dijo. “Y eso qué es” –yo, intrigada le pedí que me explicara-. “Eso, hacer documentales sin dinero”. “Ese trabajo no me gusta”, contesté al instante.

"A Santiago no lo detenían las escaseces. Fue genial siempre trabajando con muchas dificultades, pero disfrutaba mucho estar en la casa, y oía mucha música.

Tenía gran capacidad para escuchar un sonido y decidir a qué imagen se la podía poner. También le gustaba leer. Era capaz de leer hasta tres libros a la vez. Los ponía en el piso, del lado donde dormía. Y cuando yo limpiaba el cuarto tenía que recogerlos, y volverlos a poner exactamente como los había dejado.

"Me ayudó muchísimo cuando estudié en la Universidad. Yo hice Licenciatura en Francés. Y, además, muy preocupado por Osaín. Siempre lo enseñó a ser él, por ser él, no por ser el hijo de Santiago Álvarez. Le gustaba conversar con él, con sus amigos, a qué se dedicaban.

"Recuerdo que, en el año 1979, cuando realizó el Primer Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, yo estaba al frente del equipo de intérpretes simultáneos que iban a traducir las películas, y coincidió la fecha con la semana de receso escolar. No hubo manera de que se fuera para el Plan de la Calle. Me lo tuve que llevar y esconderlo en una de las cabinas sin que su padre lo viera. Era muy celoso y exigente".

- Me cuentan que era muy ocurrente y creativo no solo para hacer cine, sino en su vida cotidiana.

"Le gustaba hacer maldades. Tenía un gran sentido del humor. Un día estábamos en Santiago de Cuba en un Festival del Caribe. Fuimos a la inauguración, y cuando íbamos bajando, delante de nosotros venía una hermosa mujer negra. Le dije “no vayas a hacer lo que estás pensando”.

Con nosotros iba el presidente del Festival, y también el cineasta brasileño Orlando Senna. Me miraron extrañados. ¡Y Santiago le ha metido una clase de nalgada a aquella mujer! Corrió para donde yo estaba como si fuera un niñito, y ella se viró sin saber qué hacer.

Orlando me preguntó al rato que cómo yo sabía lo que él iba a hacer.

Le respondí “si yo lo hubiese parido no lo conocería tanto. Llevo muchos años con él para saber lo que es capaz de hacer”.

- ¿Cómo manejó usted el agravamiento de su enfermedad? ¿Cómo se lo tomó él hasta el momento final?

"Para mí fue terrible su partida. Lo conversamos mucho. Nos sentábamos mucho en la terraza a conversar, y un día me dijo “figúrate tú, ahora uno se muere y todo lo que uno hizo se queda ahí”. Lo repitió en varias ocasiones hasta que le dije “fíjate, Santiago, desgraciadamente, por ley de la vida, yo no sé si me voy a ir primero, pero si tú te mueres primero, yo me comprometo a que de ti en este país no se va a dejar de hablar”.

"Santiago muere el 19 de mayo, y como el 25 programan un homenaje en París. Yo me sentía incapaz. Me llamó Alfredo Guevara y me emplazó: “o te vas en la fecha prevista para París, o te monto a la fuerza en el avión”. No sabía qué hacer. Llevaba muchos años, desde que surgió la enfermedad, acompañándolo a todas partes, organizando sus cosas. Le agradezco eternamente a Alfredo porque eso me ayudó a sobreponerme, y también siempre tengo presente las barbaridades que hacía Santiago, sus trastadas.

"Hay tantas cosas que decir de él como ser humano: “si me llama fulano pregúntale si resolvió la medicina para el hijo, pregúntale cómo está su mamá”, cosas así que me hacían sorprenderme todo el tiempo. Incluso me decía “no solamente hay que ocuparse de la gente para que trabaje. Hay que ocuparse de la gente para todo. La gente tiene que saber que tú los quieres, que los extrañas, que los necesitas”.

- ¿Pudo conocer algo de su infancia, le contaba cosas?

"Sí. Cuando conversábamos de su estancia en los Estados Unidos me decía “los culpables de que yo sea comunista son los yanquis. Las cosas que yo viví allí fueron muchas”. Nosotros una vez al mes íbamos al solar de La Habana vieja- donde él nació- a ver a sus antiguos vecinos, a conversar con ellos. Nunca se despegó. Y se ponían a recordar cosas. Por ejemplo, un día recordó que, como era tan maldito, la madre le ponía vasos de agua debajo de la cama para tranquilizar su espíritu, y él esperaba a que ella diera la espalda, y se tomaba el agua".

- ¿Irreverencia o tenacidad?

"Él no se dejaba apabullar por ninguna dificultad. Si iba a hacer algo, y le faltaba un detalle, inventaba otra cosa. En el documental L.B.J, cuando habla Luther King, hay una parte donde solo se escucha su voz. La gente pensó que era una genialidad suya, pero no, en realidad era que no tenía manera de rellenar, y como le gustaba y no quería cortarlo, pues lo llevó a negro, y puso la traducción".

- Una de las dedicatorias del Festival de Documentales de este año, corresponden al pueblo vietnamita. Esa temática a él le apasionaba.
Supe que el hijo de ambos se interesó también por eso.

"Él es ingeniero industrial y vive en España. Y hace dos años, cuando el centenario de su padre, me sorprendió con la noticia: iba a Vietnam a hacer una serie documental que se llamaría Los Ojos de Santiago. Filmó en todos los lugares donde lo hizo Santiago, y vino a Cuba a entrevistar a algunos compañeros que también trabajaron en aquellos materiales, incluido el desaparecido Raúl Pérez Ureta. Cuando Osaín vino a verme me dijo “yo solo te puedo decir que mi concepto de la vida cambió. Yo soy un Osaín antes de ir a Vietnam y fue otro el que regresó”. Le impresionó mucho ver, estando un día en un museo, que allí conocían a Santiago Álvarez".

- El Noticiero ICAIC cumplió su cometido, y su obra es patrimonio y documento histórico de Cuba. Y como sé que no te gusta que le llamen “la viuda”, sino “la esposa –en presente-” de Santiago Álvarez, ¿cómo es vivir para cumplir aquello de que nadie deje de hablar de él?

"Este país sigue necesitando a Santiago Álvarez. Yo, Lázara Herrera González, sigo necesitando, enormemente, la presencia de Santiago Álvarez. Y por él, voy a luchar hasta el último aliento de mi vida".

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