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La abolición de la esclavitud en la raíz del patriotismo cubano

 

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El 26 de febrero de 1869, la Asamblea de Representantes del Centro, institución que aglutinaba a la insurrección mambisa de esa región de la Isla, ratificó en un decreto la abolición de la esclavitud como una decisión esencial de la beligerancia revolucionaria, bajo la asesoría de Ignacio Agramonte y Loynaz, joven abogado y abnegado combatiente que protagonizó brillantes batallas en los llanos del Camagüey.

Fue Sibanicú, un enclave declarado territorio libre, donde se produjo el histórico pronunciamiento que reafirmaba la proclama emitida por Carlos Manuel de Céspedes el 27 de diciembre de 1868, desde su puesto como presidente de la primera República en Armas, en Bayamo, que enunciaba: “Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista”.

Los camagüeyanos se habían incorporados a la Guerra de los 10 años, iniciada el 10 de octubre de 1868, el cuatro de noviembre de ese mismo año en la zona de Las Clavellinas y coincidían con el Iniciador en el espíritu general de que todos los hombres eran iguales y que la libertad anhelada no debería ser patrimonio solo de un sector de la población cubana.

La proclama de Sibanicú fue contundente en su presente, si bien en el manifiesto del 10 de Octubre y en la proclama del 27 Céspedes se inclinaba por la eliminación gradual, bajo indemnización de los propietarios y hasta sufragio para sancionar su carácter general en una patria ya liberada, extendiéndose a cuestiones de futuro.

El enunciado de Sibanicú se resumía en el dictado de la abolición tajante de la esclavitud, sin condicionamientos aunque recogía que oportunamente se indemnizaría a los propietarios de esclavos afectados.

Los padres fundadores y próceres coincidían con razón en que era necesaria la contribución que estaban dispuestos a hacer a la causa de la independencia muchos poderosos hacendados, de gran caudal, que también eran dueños de dotaciones de esclavos, sobre todo en el Oriente, más azucarero que ganadero.

Las condiciones socio-económicas influían decisivamente, aunque los pensamientos elevados los desafiaban y combatían. No por gusto Céspedes había dicho en diciembre: “(…) la abolición de las instituciones españolas debe comprender y comprende por necesidad y por razón de la más alta justicia la de la esclavitud como la más inicua de todas”.

Los revolucionarios del Camagüey, Ignacio Agramonte y Loynaz, Eduardo Agramonte Piña, Antonio Zambrana, Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía, y Francisco Sánchez Betancourt, quienes participaron, además, en la Asamblea y Constitución de Guáimaro, el 10 de abril de 1869, expresaron en el pronunciamiento de Sibanicú: “La institución de la esclavitud traída a Cuba por la dominación española, debe extinguirse con ella”.

Tanto en la proclama, como en las disposiciones del Padre de la Patria, ratificado en la Asamblea gloriosa de Guáimaro, existía una llamativa convergencia. En ambos idearios o pensamientos se estimulaba la creación de un nuevo ciudadano en el cual los deberes debían acompañar, como justa retribución, a la patria que los liberaba y daba derechos.

No se trataba de cobrar el precio por la libertad, puesto que solo se invitaba al esclavo recién liberado a luchar, se inducía a crear una conciencia del deber social o colectivo, algo avanzado para la época donde era ostensible la conducta en extremo individualista, sin conciencia social.

Los avanzados enunciados, reclamos y sueños de los patriotas cubanos no pudieron cumplirse hasta casi finales del siglo XIX, pues la dependencia a España se sostuvo más de lo esperado, y con ello se mantuvieron vigentes las instituciones e injusticias, todavía más acrecentadas del colonialismo.

No se pudo triunfar entonces sobre la abominable institución esclavista, pero la propia existencia de los ejércitos libertadores en el 68, la Guerra Chiquita y el 95, dio muestras fehacientes de la democratización y espíritu de igualdad que traían el ideario y accionar de los fundadores, pues sus filas se inundaron de hombres y mujeres negros y mestizos que combatieron de igual a igual con los blancos y algunos fueron connotados jefes militares.

Todo ese pensamiento humanista, justiciero y de vanguardia contribuyó a la forja de la nación cubana. En lo cultural y social es muy ostensible todo lo alcanzado. El esfuerzo antiesclavista nunca fue en vano, desde el primer día.

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