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Sucesos del Villanueva: la sangre criolla en la tierra que produce la caña

 

 

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Cuando el 22 de enero de 1869 se presentó en el teatro Villanueva, de La Habana, la obra “Perro huevero, aunque le quemen el hocico”, los simpatizantes de la supremacía absolutista peninsular estaban más que excitados y deseosos de ver correr la sangre.

Así las cosas, las criollas asistieron con cintas azules y rojas sobre prendas blancas, como la bandera de la estrella solitaria. Los Voluntarios, en la cantina, intentaban aumentar su arrojo con largos sorbos de alcohol.

Mientras uno de los personajes de la obra representada por los Bufos habaneros, el guarapeta –nombre común dado a los amantes de empinar el codo, antaño- se acercó a proscenio para decir: “¡Que viva la tierra que produce la caña!” algunos aseguran que alguien desde el público gritó loas a Carlos Manuel de Céspedes.

Enseguida los represores encontraron el trozo de carne, el pretexto para cometer sus desatinos. El patriotismo ensanchó corazones y mediante el choteo criollo se entonaron las verdades en la célebre y adversa noche de aquel enero.

Diez días antes, en la capital de la República en Armas, Bayamo, había ardido la ciudad como recordatorio a España de que la libertad para Cuba no era una disensión local ni temporal. Claro está, el incendio había prendido la mecha nacional, y en La Habana, los recalcitrantes Voluntarios vieron su oportunidad de oro para darles un escarmiento a los sediciosos.

Curiosamente, aunque muchos piensen que el adolescente José Martí estaba presenciando la obra en el Villanueva, ya muchos historiadores lo han desdicho, argumentando razones más que definitivas: en esa época no era costumbre que un joven de solo quince años fuese al teatro sin la compañía de su familia.

Además, está comprobado que esa noche José Julián se encontraba en el colegio de Mendive (Prado 88) revisando y dando los últimos toques a La Patria Libre.

Otros estudiosos aclaran la imposibilidad de que estuviera en el teatro, ya que cuando Leonor fue a buscarlo, supo por medio del hijo que la esposa del maestro estaba de parto y se quedó a apoyarlo y presenciar la enhorabuena.

Eso sí, años más tarde Martí se encargó de referenciar los sucesos por medio de su obra, ya que en su juvenil mente quedó grabado el largo y peligroso trayecto de su madre desde Guanabacoa. El Apóstol escribiría tiempo más tarde: “…atravesó para buscarme, y pasando a su lado las balas y cayendo a su lado los muertos”.

Incluso, en el poema XXVII de los Versos Sencillos, describiría: “A la boca de la muerte, /los valientes habaneros/ se quitaron los sombreros/ ante la matrona fuerte.// Y después que nos besamos /como dos locos, me dijo: /‘Vamos pronto, vamos hijo, /la niña está sola, vamos’”.

De cualquier manera, la nefasta recordación de lo acaecido en el coliseo, conmovió a la sociedad entera. Casi tres años después, los Voluntarios protagonizaron otro hecho detestable contra los inocentes estudiantes de Medicina en el conocido incidente del Cementerio de Espada.
Pero nada pudo acallar, sin embargo, la infatigable lucha de los criollos independentistas y sus gritos de ¡Viva Cuba libre!.

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