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Sin consuelos de tontos

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Resulta casi imposible no pensar hoy en primera persona; ante los recientes intentos extranjeros de desestabilizar el orden y los ánimos en mi país no puedo hacer otra cosa que remitirme a mí misma, a mi experiencia vital como joven cubana.

Ahora que las palabras democracia, libertad y autodeterminación parecen proyectar grandes sombras sobre el escenario del debate nacional, me seduce volver a decirme, pues presiento que de esa forma, como tantos otros de aquí, será más fácil poner en fila los argumentos que se atropellan en mi pecho cuando un sí por Cuba se adelanta a la lógica de mis discursos.

Nací en la Isla de los 90, un país que parecía un barco herido justo en su centro con tripulantes divididos en dos tierras. Era la época de los balseros y los apagones. De aquellos días conservo recuerdos de todos los vecinos reunidos alrededor de un radio de pilas escuchando la novela brasileña, a mi madre y mi abuela turnándose para abanicarme las madrugadas enteras...

Tengo fotos guardadas de las fiestas de fin de curso, aquellas que eran posibles de celebrar porque todos los padres aportaban un huevo y una lata de azúcar para mandar a hacer un cake, guardo con celo la imagen donde luzco la insignia que anunciaba que ya sabía leer... pero no conservo ni un solo recibo de pago de la escuela.

Claro, no llegó nunca porque nací en un país donde abordar un medio de transporte público podía ser la aventura más desgastante del día y de paso lucir como la portada perfecta para cualquier medio internacional empeñado en el descrédito del proceso revolucionario; sin embargo, jamás le cobraron un centavo a mi familia por los medicamentos que me salvaron la vida, ni por mi estancia de meses en las salas de terapia intensiva en un hospital habanero.

Por suerte, mi familia cuenta con más de 11 millones de habitantes, de gente renuente a la renuncia, un pueblo que supo dar la batalla contra las carencias, donde la claridad y el plante de los líderes no dejaban –ni lo hacen todavía– resquicio a la duda.

Al crecer vi a muchos de mis más cercanos afectos irse a otras tierras, fundar familias lejos de Cuba y no dejar por eso de ser cubanos. Fui testigo de las transformaciones, las pruebas, los ensayos y los comienzos…

He visto alzarse al pueblo sobre la tribuna de la hermandad y los lazos para continuar defendiendo un sueño de más 60 años que nos ha hecho destacar en el panorama internacional como una nación segura, donde el respeto a los más inalienables derechos humanos es una garantía incuestionable, tan natural e intrínseca que muchas veces pasa inadvertida ante nuestros ojos.

Y hoy que la libertad parece más que un sagrado concepto una lanza de punta envenenada, pienso en todo cuanto he querido y realizado: estudié lo que deseé, trabajé y trabajo donde quiero, practico la religión que escogí, frecuento los sitios que me interesan, me reúno con quienes comparto afinidades y nunca he tenido problemas por ello… digo lo que pienso y soy consecuente con ello.

Si mis pensamientos coinciden con lo que muchos se empeñarían en llamar “la oficialidad”… razones tengo, y no por ello soy indiferente a todo lo que es perfectible y requiere del concurso colectivo de quienes quieren seguir viviendo en la Cuba libre con la tasa de analfabetismo más baja de América, con la industria biotecnológica humanista que en solo ocho meses ha aportado cuatro candidatos vacunales contra la pandemia de la COVID-19.

Soy libre y no tengo miedo a perder mi casa embargada por un banco, ni a no poder pagar una operación, pero tampoco quiero consuelos de tontos, hay mucho por hacer y para ello trabajaré el doble, codo con codo con los de aquí, los que no reciben dinero para acusar a sus hermanos.

No quiero una Cuba de un solo color, y por eso también reclamo mi derecho a estar de acuerdo.

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