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Armando Robaina González, un enamorado del camino de hierro (+Fotos)

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De pequeño, el pinareño Armando Robaina González, de la mano de su papá, un consagrado trabajador ferroviario, solía visitar la estación de Paso Real de San Diego, fascinado por locomotoras, y todo el “ritual” que acompañaba la salida de cada tren a lugares para él desconocidos.


En la medida que crecía, su entusiasmo y conocimiento sobre el mundo del ferrocarril aumentaba y en cuanto tuvo la edad suficiente, se presentó en la estación de Paso Real, donde comenzó a practicarse en cuanto a documentación, cargando paquetes, despachando mercancías, labores por las cuales no percibía ni un céntimo.


Cuando el jefe de estación lo solicitó, pasó un examen evaluado por un inspector de operaciones y contaduría, le pareció interminable el tiempo tardado para anunciar la respuesta, pero cuando supo que ya era un trabajador de los Ferrocarriles de Cuba, sintió que había tocado el cielo, al cumplirse el mayor anhelo de su vida.

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Así que comenzó como telegrafista en la propia estación de Paso Real, para después trabajar en casi todas como La Salud, Güira de Melena, Artemisa, Candelaria, San Cristóbal, Taco Taco, Bacunagua, Herradura, Consolación del Sur, Pinar del Río, Isabel Rio y Los Palacios, donde fue jefe de esa unidad por nueve años.


Durante los 45 años de su vida, también se desempeñó como conductor y según comentó a la ACN, guarda con orgullo la oportunidad de trasladar durante uno de sus itinerarios a Lina Ruz, madre de Fidel, quien abordó el tren en un día de febrero de 1960 en la estación de Pinar del Río, en el primer tramo de su viaje, cuyo destino final era Cacocún.


En ese sector, tuvo contactos con personas del movimiento 26 de Julio, y tras su ingreso, cumplió tareas solicitadas de cara a ponerle fin a la dictadura batistiana.


“Cuando escucho el pitazo de una locomotora, no puedo evitar que se me acelere el corazón, mientras vienen a mi mente pasajes vividos y aun cuando me jubilé el primero de septiembre del año 2000, los trenes siguen siendo mi vida, comentó.


“Y cuando alguien me comenta que prefiere el tren a cualquier otro medio de transporte, siento una satisfacción muy íntima que me aporta felicidad”.


Expresó que familiares residentes en Estados Unidos, le invitaron a visitar ese país y le pidió a un sobrino que lo llevara por estaciones de varios estados, entre ellas la de Indiana, que fue la que más le gustó, porque se presentó, le contó de su trayectoria en el ferrocarril cubano y le dieron tratamiento de visitante ilustre.


Sonriente, confesó que ese es su mundo, su vida y a fuerza de tenerlo siempre presente, posee casi un museo, en la sala de su casa, cuyas paredes y muebles, exhiben equipos muy usados en la época, como teléfonos de magneto, uno conjunto que se usaba en los andenes para cuando llegara el tren comunicárselo a las terminales venideras, el viejo telégrafo, aun funcionando, grandes relojes antiguos, entre otros objetos, devenidos tesoros para Robaina González.

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Al dedillo se conoce cada particularidad de la historia ferrocarril en Cuba y al despedirnos nos recordó que en la isla se introdujo en la década de 1837, convirtiéndose de esa manera en el primer país en Hispanoamérica en poseerlo, el segundo de América y el séptimo del mundo en utilizarlo.


De acuerdo con el sitio digital de Ferrocarriles de Cuba, el 19 de noviembre de 1837, en ocasión del santo de la Reina Isabel II, la Real Junta de Fomento inauguró solemnemente el Ferrocarril en la isla y a pesar de las inclemencias del tiempo, toda una multitud contempló los ruidosos movimientos de la locomotora.


A las ocho de la mañana salió desde La Habana el primer tren en dirección a Bejucal con 70 pasajeros, aventajándose en más de una década a la propia metrópoli Española.

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