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Breve reflexión sobre el adelanto de las mujeres

 

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La palabra adelanto nunca me ha dado buena espina cuando se utiliza en alusión a cuestiones humanas, pues era común –y aún lo es–, escuchar expresiones de corte marcadamente racista que sugieren procrearse con personas de raza blanca para que la descendencia “salga adelantada”.

Así las cosas, creé un rechazo casi involuntario a la consabida frase, cargada de representaciones discriminantes, incompletas y de odio; y no fue diferente cuando leí por primera vez algo relacionado al Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres en Cuba, aprobado en fecha reciente por el Consejo de Ministros.

Mis preconcebidas ideas necesitaron una segunda lectura para bajar los puños y atisbar, detrás del título, la esencia de un texto que hoy resulta imprescindible.
Un documento como ese, pragmático, integrador, con un enfoque científico desde su propia concepción, viene entonces a calzar con procedimientos el masivo y espontáneo quehacer de este tiempo.

No quiero decir con ello que haya sido festinada ni errática la labor de la Federación de Mujeres Cubanas y de la Revolución en estos años a favor de la emancipación femenina, reflejada con creces en todas las esferas de la vida en el país y respaldada por robustas cifras, casi imposibles de rebatir.

Sin embargo, aún falta mucho por garantizar sobre todo en materia de violencia simbólica contra las “ellas”, no obstante las numerosas victorias.

El acceso universal a la educación y la equitativa posibilidad de ocupar responsabilidades en los sectores públicos hicieron que las formas de maltrato también mutaran y se hicieran más difíciles de detectar, incluso para las propias víctimas.

Aún así, vale destacar que persisten las manifestaciones físicas de la violencia y la necesidad de denunciarlas a través de todos los canales y espacios creados para ello, aunque todavía se perfilen como perfectibles.

Culturalmente, han sido aceptados ciertos estereotipos que asumen a una mujer violentada como ignorante, de bajo nivel cultural, pobre y a menudo de características morales “cuestionables”.

Derribar ese tipo de creencia nos hará comprender que todas estamos en tal peligro y que defendernos de la violencia, además de partir de la autodeterminación, debe ser respaldada por un sistema social atento, preocupado y ocupado del bienestar de todos sus ciudadanos, sin diferencias de ninguna índole.

Muchas de las mujeres profesionales, directivas con altas responsabilidades están sometidas de maltrato psicológico en sus hogares o en sus propios centros laborales, sin la capacidad si quiera de advertirlo.

La evolución social, el desarrollo o el adelanto femenino no termina al recibir un título universitario, al salir del enclaustro doméstico o al percibir un salario que nos haga independientes, sino que pasa por sutilezas sistémicas casi siempre inadvertidas por su cualidad de transversales a casi todos los procesos de la vida.

De esa manera, el Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres en Cuba perfila las regulaciones necesarias que trascienden los ámbitos formales de la justicia, en su sentido más amplio y traza el camino para la reconfiguración colectiva sobre la violencia y su efecto ponzoñoso sobre la salud de la nación.

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